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16 abril, 2018 – Espiritualidad digital

Prosit!

Un martes por la tarde, a la hora de la misa, hay más gente en el supermercado que en la iglesia. Si es verano, los feligreses de la terraza del bar de enfrente multiplican por cuatro a los de la parroquia.

Al fin y al cabo, tanto en el supermercado como en el bar, a cambio de un precio, te solucionan un problema: te dan de comer y beber. En la parroquia, en cambio, no solucionamos problemas, sino que mostramos misterios.

Me diréis que la caridad cristiana debe llevarnos a socorrer a los necesitados. Es cierto. Pero si ese socorro se limita a saciar vientres y no despliega ante los hombres el misterio del amor de Dios, habremos fracasado.

Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. ¿De qué le aprovecha el pan al vientre, si el alma queda vacía?

Cuando concluimos la misa, los sacerdotes decimos: «Prosit!» –«¡Que aproveche!»–. Es lo mismo que dicen los hombres durante un buen banquete. Pero lo que ha entrado por los labios, durante la misa, no sacia el hambre del cuerpo. Por eso, al «Prosit!» respondemos: «In vitam aeternam!» –«¡Para la vida eterna!»–. Hemos visto signos.

(TP03L)