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1 abril, 2018 – Espiritualidad digital

¡Corred al sepulcro!

No hace ni dos meses, un 8 de febrero, a las cinco de la mañana, recorría las calles de Jerusalén, acompañado de cinco amigos. Caminamos en silencio hasta el sepulcro de José. Llegamos allí sobrecogidos, y, una vez más, la cavidad de ese sepulcro nos anunció la más jubilosa de las noticias: Allí no había nadie. Estaba vacío. Javier no pudo evitar decir lo que todos sentíamos: «Aquí huele a vida».

Entramos; allí solo pudimos pasar Ángel, su hija y yo. Otros quedaron a la puerta. Ofrecí el pan y el vino. Y, cuando pronuncié las palabras de la consagración, Aquél que allí fue enterrado apareció, glorioso, en medio de nosotros. La chiquilla rompió a llorar. Yo también, pero por dentro. Lo abrazamos en una comunión fervorosa, nos llenamos de esa vida que perfumaba todo, y salimos nuevos, resucitados. Ella seguía llorando. Yo también, pero por dentro.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Ni fuimos los primeros, ni seremos los últimos. Cualquiera que se acerque a ese sepulcro con una sola gota de amor y de deseo dará testimonio de que Cristo vive, y vive para siempre.

¡Feliz Pascua, amigos!

(TPB01)