El Mar de Jesús de Nazaret

abril 2018 – Espiritualidad digital

De dos vidas, hace una

sarmientoComo el sarmiento vive unido a la vid; como los miembros de un cuerpo están unidos a la cabeza, así el santo y Cristo son inseparables. Los dos son uno, de forma que el santo, conservando su identidad, su libertad y sus peculiaridades personales, es otro Cristo.

¿Cuáles son los nervios y tendones que traban esa unidad, de forma que el cristiano vive en Cristo, y Cristo en el cristiano? La comunión eucarística, desde luego, une el cuerpo del discípulo con el del Señor. Y la gracia sacramental une su alma a Jesucristo, quien habita en ella como en un templo. Hay otro vínculo, que une la vida del cristiano a la del Hijo de Dios:

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. La palabra de Cristo, custodiada y meditada en el corazón del hombre como el más preciado de los tesoros, une la vida del bautizado a la del Señor, y transforma desde dentro al santo, para hacer, de él, otro Cristo.

No te conformes con leer los evangelios. Si puedes, memorízalos y saboréalos día y noche. Es el camino más dulce hacia la santidad.

(TP05L)

Fe y artrosis

Alguien podría ver, en estas palabras del Señor, un pasaporte gratuito a la omnipotencia caprichosa: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

«Entonces, si estoy empeñado en pedirle a Dios que me cure la artrosis, ya sé lo que haré: meditaré la palabra de Dios todos los días, procuraré tenerla presente a todas horas, de modo que se cumpla en mí lo que Jesús ha dicho: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros. Una vez que se haya cumplido, rezaré un padrenuestro para que la artrosis desaparezca, y desaparecerá».

Te animo a que consigas lo primero: identifícate de tal manera con las palabras del evangelio, que no se retiren de tu corazón, ni de día, ni de noche. Pero, cuando ese espíritu contemplativo haya calado en tu alma hasta su mismo centro, quizá te sorprendas. Porque, al elevar al cielo tu oración, pedirás el Espíritu Santo, pedirás almas, pedirás fe, y, en último lugar, pedirás salud. La palabra divina te habrá transformado por dentro de tal forma, que pedirás según Cristo, y no según tu capricho. Incluso puede que ofrezcas tu enfermedad para ganar, aún, más almas.

(TPB05)

Muéstranos al Hijo

hostiaMe pregunto qué esperaba Felipe cuando le pidió a Jesús: Muéstranos al Padre y nos basta. Los judíos tenían prohibido hacer representaciones de Dios; por tanto, no creo que quisiera ver una figura humana. Quizá esperase un enorme destello de luz, o una nube terrible y luminosa cubriendo el cenáculo, o un trueno como el que escucharon los hebreos al pie del Sinaí.

En todo caso, nada de eso iba a suceder. Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «muéstranos al Padre»?Dios Padre no puede ser visto directamente, porque no hay en Él materia que sea visible. Dios es Espíritu (Jn 4, 24). En la Encarnación del Hijo, Él se ha hecho visible. Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.

¿Y nosotros? Porque, si se quejaba Felipe de que no podía ver al Padre, bien podríamos nosotros quejarnos de no poder ver al Hijo.

Por eso miramos a la sagrada Hostia, y le decimos: «Muéstranos al Hijo». Y ella responde: «Quien me mira a mí, mira al Hijo. Y quien mira al Hijo, mira al Padre, porque el Espíritu, a través de la fe, ilumina sus ojos».

¡Bendita adoración eucarística!

(TP04S)

Más que un precioso endecasílabo

Fue Miguel de Unamuno quien descubrió, tras la versión latina de las palabras del Señor, un precioso endecasílabo: Ego sum via, et veritas, et vita. Sensibilidad poética.

Pero hay mucho más: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

Yo soy el camino. Lejos de Cristo, ando perdido. Ni sé a dónde voy, ni encuentro puntos de referencia que jalonen mis pasos. Vivo dando tumbos, me desoriento y me abrazo, para no caerme, a troncos secos que encuentro a mi paso. Pero ellos también caen.

Yo soy la verdad. Fuera de Cristo, todo es mentira. Lo que me parece hermoso, se vuelve feo cuando me acerco. Lo que me parece joven, se vuelve viejo cuando intento acariciarlo. Lo que me parece bueno, me muestra su maldad cuando le doy mi confianza.

Yo soy la vida. Fuera de Cristo, todo es muerte. Nada perdura. Lo que me ilusiona cuando no lo tengo, me cansa cuando lo tengo. Las criaturas me prometen darme vida, y me matan cuando me entrego a ellas…

Pero, abrazado a Cristo, todo cuanto veo me lleva a Él, las criaturas proclaman a gritos su verdad, y hasta lo que parece matarme me acaba dando vida.

(TP04V)

Lo menos práctico del mundo

A Dios no parece gustarle en exceso la luz eléctrica. Ha querido iluminar el mundo a través de un sistema de espejos, y esos espejos son los santos.

Vosotros sois la luz del mundo. Desde la entraña de la sociedad, el santo refleja la luz de Cristo, única luz eterna cuya claridad desvela a los hombres la verdadera dimensión de todo lo creado. Si la vida del santo irradia ese brillo celeste, es porque está orientada hacia Dios. Vive contemplado la luz.

San Isidoro no tuvo otro propósito en su vida que contemplar la Verdad. Diréis que es mejor dedicar a la vida a labores prácticas, como la atención de los necesitados, la curación de enfermedades, el incremento del Producto Interior Bruto o la invención de algún chisme que convierta la tos en electricidad. Pero os equivocáis. No hay nadie más útil a la Humanidad que quien vive contemplando la verdad. El contemplativo regala luz celeste a quien se le acerca.

Inventad lo que queráis, y sed todo lo prácticos que podáis ser. Pero no dejéis de contemplar, ni olvidéis el silencio, no vaya a ser que trabajéis a oscuras y vuestro trabajo lo robe el Príncipe de las tinieblas.

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