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30 marzo, 2018 – Espiritualidad digital

Besando los pies de Dios muerto

Hace unos meses hacíamos fila en la iglesia, al finalizar la misa, para besar los pies de un Chiquitín. Llegábamos a la presencia del sacerdote emocionados y llenos de ternura. Las manos del presbítero sostenían la imagen del Niño Dios. Lo imaginábamos llorando, riendo, moviendo sus bracitos y sus piernas… Por eso, sosteníamos con la mano el talón del pequeño para depositar nuestro beso.

Hoy, de nuevo, hacemos fila en la iglesia. Pero, hoy, no hay misa. Nos reunimos para escuchar un relato terrible; la crueldad del pecado de los hombres se abalanza contra el Verbo encarnado y lo mata en una cruz. Vamos, también, a depositar nuestro beso. Pero hoy besamos los pies de un muerto. Y lloramos. Quisiéramos llorar lágrimas de fuego que abrasaran nuestros corazones, y depositarlas allí, con nuestro beso, como suprema muestra de compunción.

Pero esos pies, los pies de Dios muerto, guardan nuestro beso y nuestras lágrimas. Allí quedan, cubiertos por el sudario y enterrados en el jardín de José.

Y allí, también, quedamos nosotros. Junto a ese sepulcro, donde duerme Dios con nuestros besos, queremos permanecer, junto a María, con la esperanza de que ese cuerpo y esos besos, después de dormir, despierten…

(VSTO)