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15 marzo, 2018 – Espiritualidad digital

¡Qué Amor, el de Dios!

La escena es sobrecogedora. Buscad en la historia de las religiones, y decidme si podéis encontrar a un dios humillado y arrodillado ante sus criaturas. No lo encontraréis, porque, en cualquier religión, es el hombre religioso quien debe postrarse ante Dios. Nunca al contrario.

Y, sin embargo… Si digo esto, es para que vosotros os salvéis. Lee despacio el discurso de Jesús, y míralo casi de rodillas ante sus acusadores, buscando salvar sus almas. Desplegará ante ellos todos los motivos por los que deberían creer sus palabras y acoger su salvación: El testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan… Las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo dan testimonio de mí… El Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí...

Nadie imaginaría a un catedrático arrodillado, mostrando sus títulos ante sus alumnos para lograr que le crean y aprendan. Nos parece ridículo. Pero hasta ese ridículo, por Amor, se ha humillado el Hijo de Dios.

Sólo una imagen se le puede comparar: He visto a madres arrodilladas ante sus hijos, pidiéndoles que las escuchen y no arruinen sus vidas. El amor lleva a esas humillaciones.

¡Pero qué Amor, el de Dios!

(TC04J)