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9 marzo, 2018 – Espiritualidad digital

Los celos de Dios

Hace pocos días escuchábamos las palabras del Deuteronomio: El Señor, tu Dios, es un dios celoso (Dt 6, 14). Y hoy nos recuerda Jesús hasta qué extremo llegan los celos de Dios, al pronunciar el primer mandamiento de la Ley: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Y es que los celos de Dios son terribles: no quiere ser el primero, sino el único. No quiere compartir con nadie el corazón humano. Decirle a un dios así: «Te quiero más que a mi familia» supone ofenderle, porque significa que hay espacio en tu corazón para otras personas fuera de Él.

Hasta tal punto quiere Dios tu corazón por entero, que debes amarlo a Él cuando amas a tu familia, a tus amigos y a tu cónyuge. Todos tus amores deben estar en Él. Y si algún amor terreno te separa de Él, deberás arrancarlo de cuajo.

No te asustes. Los celos de Dios no son como los del hombre. Los celos del hombre esclavizan; los celos de Dios liberan, porque rompen las cadenas de amores forjados en el pecado, que subyugan y matan el corazón humano.

(TC03V)