El Mar de Jesús de Nazaret

16 febrero, 2018 – Espiritualidad digital

El ayuno perfecto

Cuando pensamos en el ayuno, contamos con pasar hambre, y con presentar esa hambre como ofrenda que expíe nuestras culpas.

Pero, paradójicamente, el ayuno perfecto es el de quien no tiene hambre.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.

Los amigos del esposo ayunan porque están tristes. Y, cuando a uno le invade la tristeza, el apetito desaparece. ¿Qué te pasa, que estás deprimido y no comes alimento alguno? (1Re 21, 5), le dijo Jezabel a Ajab cuando éste se deprimió al no conseguir la viña de Nabot. Por motivos más nobles que ése, el conocimiento de nuestro pecado debería sumirnos en una tristeza aún mayor: «Por ser Vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido». Ese pesar amoroso nos llenaría por dentro de tal forma que ni siquiera sintiéramos hambre.

Pero nuestra contrición, normalmente, no alcanza esa profundidad. Por eso, al ayunar, pasamos hambre, y esa misma hambre, ofrecida a Dios, es buena manifestación de arrepentimiento. Si no estamos tristes por nuestras culpas, que al menos el hambre entristezca al cuerpo, mientras el alma se goza y se consuela en la divina misericordia.

(TC0V)