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14 febrero, 2018 – Espiritualidad digital

Tiempo de llorar, tiempo de reír

Hay sacerdotes que, cuando te acercas a recibir la ceniza, te cascan una cruz negra en la frente, y quedas marcado como los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos del Apocalipsis. Luego sales, y la gente se te queda mirando en el Mercadona como si hubieras prolongado el carnaval en lugar de haber comenzado la Cuaresma.

Otros sacerdotes te imponen la ceniza en el pelo, justo en la raya. Yo soy de ésos. Me gusta, porque así despeino a las señoras, y las voy guiando por caminos de penitencia. Tan sólo siento un poco de grima con los calvos. Parece como si la ceniza les arañase la azotea.

¿Tendré que confesarme porque lo paso bien mientras impongo la ceniza? Creo que no. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste. Es el propio Jesús quien nos lo dice.

La Cuaresma conlleva tristeza, pero no es triste; es muy alegre. Junto al dolor de nuestras culpas, y a la austeridad de nuestras penitencias, reina la misericordia de Dios.

Porque, por encima de todo, Cuaresma es soledad con Jesús. Nos apartamos de lo que nos aparta de Él, y, en esa soledad del desierto, alcanzamos intimidad con el Amor. Y eso es muy alegre.

(TC0X)