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10 febrero, 2018 – Espiritualidad digital

Dos árboles, dos frutos

que nada se desperdicieEs sábado. Como buen cristiano, ayer contemplaste la Pasión de Cristo. Y hoy te encuentras, junto al sepulcro, muy unido a la Virgen, meditando sobre las maravillas del Amor de Dios manifestado en la Cruz.

Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer.

En lugar de tres días, pon «tres años», por los tres años de vida pública del Señor. «Llevan tres años conmigo, escuchando mis palabras, y están hambrientos. Sus almas no tienen qué comer». Y, así, transcurrido ese tiempo, decidió Jesús darse a Sí mismo en alimento, y quiso colgar, como el más precioso fruto, del árbol de la Cruz. De esta forma, si el fruto de aquel árbol de la ciencia del bien y del mal trajo la muerte al hombre, en el fruto de nuevo árbol de la vida –la Cruz– encuentra el hombre vida eterna y alimento que repara sus fuerzas.

Junto al árbol prohibido estuvo Eva, quien ofreció del fruto a Adán. Así comenzó nuestra ruina.

Junto al árbol de la Cruz está María, nueva Eva, y Ella, mediadora de todas las gracias, distribuye el alimento nuevo a todos sus hijos.

Es maravilloso comulgar en sábado.

(TOI05S)