Evangelio 2018

febrero 2018 – Espiritualidad digital

A los pies del Señor, en el prójimo

En la Ley antigua estaba escrito que amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Hoy, en nuestros primeros pasos por el desierto cuaresmal, recibimos una ley nueva: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.

Si el mandato antiguo convertía el amor al prójimo en una extensión del amor que cada uno siente por sí mismo, la nueva ley cambia el foco de atención, y nos descentra. Ya no se trata de amar a mi prójimo como me amo a mí, sino de amarlo como al propio Cristo. Y mi lugar junto a Cristo está a sus pies. A partir de ahora, «amar» significa «servir», situarme por debajo de mi prójimo como se postró el Señor para lavar los pies de los apóstoles.

Aquí tienes la mejor de las limosnas, que va más allá de entregar cosas y consiste en entregarse uno mismo: ceder tu sitio, escuchar más que hablar, escoger lo peor para ti, sonreír aunque estés cansado, jamás quejarte, interesarte por los problemas de tus hermanos, y hacerte el último en todo. Conmigo lo hicisteis.

(TC01L)

El lugar de la Cuaresma

desiertoDel mismo modo que la celebración litúrgica del Adviento está marcada por el tiempo –ya sea la inminencia de la segunda venida del Señor, o los días que restan para celebrar su Natividad–, la Cuaresma está marcada por el lugar, y ese lugar es el desierto. Se trata de un escenario espiritual, pero es preciso convertirlo en escenario existencial. Durante cuarenta días, el cristiano vive sometido a las condiciones del desierto:

– La aridez: no buscaremos una oración consoladora ni sentimental. Aprenderemos a amar esa oración recia, en la que Dios parece callar y esperar mientras lo buscamos.

– El ayuno: el desierto es lugar de hambre y sed. Mortificaremos la carne, y la privaremos cariñosamente de satisfacciones, para que, libre de consuelos terrenos, recuerde que padece hambre de Dios.

– La pobreza: A través de la limosna, romperemos las cadenas del egoísmo, y nos vaciaremos de lo nuestro y de nosotros mismos, para que podamos ser llenados con la gracia divina.

– La soledad: Buscaremos el silencio, apagaremos televisores y reproductores de música, a fin de que podamos escuchar a un Dios que habla en voz baja.

El Espíritu empujó a Jesús al desierto… Vamos con Él. La travesía acaba de comenzar.

(TCB01)

De todo un poco

vocaciónCuando Mateo escuchó la llamada de Jesús, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

No sé lo que supone, para ti, dejarlo todo. Quizá «todo» es mucho, o puede que no sea apenas nada. Pero no dudes que a ti, igual que a Mateo, te está llamando el Señor en este comienzo de la Cuaresma. Y también tú, como aquel publicano, tendrás que soltar lastre si quienes seguir a Jesús en esta travesía por el desierto. Con tanto equipaje como llevas por la vida no podrás avanzar en pos del Maestro.

Entregarlo todo no consiste, necesariamente, en despojarse de cuanto uno tiene. En algunas ocasiones, semejante despojo sería una perfecta irresponsabilidad. ¿Cómo va un padre de familia a renunciar al dinero con que alimenta a sus hijos, o un trabajador a las herramientas que le permiten realizar su trabajo? Entregarlo todo significa despegarse de cuanto no sea Dios. Y, para eso, podrías intentar dejar de todo un poco.

Come menos; bebe menos; fuma menos; habla menos; gasta menos; ve menos al cine; mira menos la televisión; consulta menos la pantalla del móvil; chatea menos; quéjate menos…

¿Ves? Si te decidieras a dejar de todo un poco, podrías seguir al Señor.

(TC0S)

El ayuno perfecto

Cuando pensamos en el ayuno, contamos con pasar hambre, y con presentar esa hambre como ofrenda que expíe nuestras culpas.

Pero, paradójicamente, el ayuno perfecto es el de quien no tiene hambre.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.

Los amigos del esposo ayunan porque están tristes. Y, cuando a uno le invade la tristeza, el apetito desaparece. ¿Qué te pasa, que estás deprimido y no comes alimento alguno? (1Re 21, 5), le dijo Jezabel a Ajab cuando éste se deprimió al no conseguir la viña de Nabot. Por motivos más nobles que ése, el conocimiento de nuestro pecado debería sumirnos en una tristeza aún mayor: «Por ser Vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido». Ese pesar amoroso nos llenaría por dentro de tal forma que ni siquiera sintiéramos hambre.

Pero nuestra contrición, normalmente, no alcanza esa profundidad. Por eso, al ayunar, pasamos hambre, y esa misma hambre, ofrecida a Dios, es buena manifestación de arrepentimiento. Si no estamos tristes por nuestras culpas, que al menos el hambre entristezca al cuerpo, mientras el alma se goza y se consuela en la divina misericordia.

(TC0V)

No te dejes engañar

En este camino cuaresmal que ayer iniciamos, conviene andar sobre aviso, porque nada es lo que parece. Lo que parece vida es muerte, y lo que parece muerte es vida. Tan sólo la fe nos puede mostrar la verdad de cada una.

El que quiera salvar su vida la perderá. Crees que, haciendo tu voluntad y sacando tus planes adelante, vivirás. Pero esa forma de tomar tu propia vida bajo tu control termina en la muerte. Podrás salirte con la tuya durante años, pero no puedes darte vida eterna a ti mismo, ni tan siquiera hacerte a ti mismo feliz. Créeme: lo peor que puede sucederte es que tu vida esté en tus propias manos. No tienes cómo salvarla de la muerte.

El que pierda su vida por mi causa la salvará. Crees que, negando tu voluntad y obedeciendo, perecerás. Sientes que, si cargas con esa cruz tuya de cada día en lugar de desembarazarte de ella, te matará. Pero en esa cruz, que es la de Cristo, está la vida. Cuando la abrazas generosamente, pones tu existencia en manos de Dios, y él te dará vida eterna.

Ya ves; nada es lo que parece. No te dejes engañar.

(TC0J)