El Mar de Jesús de Nazaret

febrero 2018 – Espiritualidad digital

Mientras subimos

No pierdas de vista el comienzo del evangelio de hoy: En aquellos días, subiendo Jesús Jerusalén… Con Él subimos, en estos días, porque son días de ascensión, y la ascensión requiere esfuerzo. Descender por una pendiente es fácil. Subir, sin embargo, es doloroso. Bendito dolor, el de la penitencia, que es amor.

Subimos a Jerusalén, al Gólgota, donde llegaremos el Viernes Santo. Y, durante el ascenso, la Cruz nos sirve de brújula. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Lo beberemos; todos sufrimos. Pero un ladrón, crucificado junto a Jesús, nos hará ver la diferencia entre los dolores del Señor y los nuestros. Él, que nada malo ha hecho, padecerá los pecados de todos los hombres; nosotros apenas sufriremos las consecuencias de nuestras culpas.

Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. ¿Quién podrá soñar con sentarse a su derecha? En el trono de la Cruz, ese lugar estuvo reservado para el buen ladrón; en el del Cielo, para la Virgen. A nosotros, que caminamos con Él, nos bastará con estar cerca, contemplar sus llagas, y prestar más atención a su dolor que al nuestro.

(TC02X)

De actor a discípulo

Aprended a hacer el bien (Is 1, 17), dice el profeta Isaías. Y añado yo: no seas autodidacta. No puedes aprender a hacer el bien si no escuchas a un maestro. Date la vuelta, mira al Crucifijo, guarda silencio, póstrate, contempla y aprende.

De los fariseos dice Jesús: Todo lo que hacen es para que los vea la gente. Puedes vivir así, como ellos, de cara al mundo, como si el mundo fuera tu público y tú un actor sediento de aplausos. Te venderás, entonces, a los hombres, y ya no podrás hacer nada que los desagrade. Dependerás de sus miradas, mendigarás sus sonrisas y entregarás cuanto tienes por unas migas de afecto…

O puedes darte la vuelta, y vivir cara a Dios. Bájate del escenario y deja de aparentar, que ya no eres actor, sino discípulo. Reconoce tu ignorancia; mira que el que se humilla será enaltecido. Ansía, más que nada, la sabiduría, y desprecia la opinión y la complacencia de los hombres. Deja que la Cruz te eduque, y aprende allí la mansedumbre, la paciencia, la misericordia, la obediencia y la confianza en Dios. Entonces serás libre, y en adelante no querrás agradar a nadie sino a Él.

(TC02M)

Cuando los malos son los demás

«Éste es el tiempo de la misericordia», reza un himno español de la Liturgia de las Horas durante la Cuaresma. Ahora bien: sin penitencia, no puede haber misericordia.

Sed misericordiosos, como vuestro padre es misericordioso. Si no has conocido la ternura y el perdón de Dios para contigo, no podrás perdonar a tus hermanos. Si no confiesas con frecuencia, y experimentas ese Amor con que Dios te acoge en tu pecado, ¿cómo podrás dar a otros lo que no recibes tú?

Si la causa de todos tus males es que tu familia no te comprende, tus amigos no te respetan, tus compañeros de trabajo te tienen envidia, tu marido no quiere hablar contigo, tu mujer está siempre de mal humor, y, por si fuera poco, Dios no te escucha…  Entonces, amigo, lo siento por ti. Porque la única solución a tus problemas es que se convierta el mundo entero –Dios incluido– menos tú. Tú no tienes pecados, eres una pobre víctima; no tienes que pedir perdón ni a Dios ni a los hombres, son ellos quienes deberían pedirte perdón a ti… Por eso te has vuelto un tirano intransigente; porque nunca has hecho penitencia, y nunca has experimentado la misericordia.

(TC02L)

Escuchadlo

Hace tres semanas estuve en el Tabor. Ahí sigue, después de dos mil años, majestuoso y divino. Nos atardeció por detrás de las nubes, y el cielo se coloreó de plomo y oro a la vez. Sigue siendo un lugar maravilloso, en el que el aire huele a Cristo.

Se transfiguró delante de ellos. Lo que vieron aquellos apóstoles no podemos verlo nosotros. Apenas lo recordamos en la preciosa iglesia de Barluzzi que corona el monte. Pero, desde que una nube ocultó el rostro de Jesús, esa divina faz está oculta a nuestros ojos.

Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo. Se retiró la voz, y allí quedó la palabra: Escuchadlo. No puedes esquivarla si subes al Tabor. Todo te invita al silencio y al recogimiento interior. Allí, en ese santuario que se esconde en lo profundo del alma, quienes no podemos ver a Cristo lo escuchamos embelesados en medio de la noche.

He vuelto a subir allí. No quiero olvidar que la Cuaresma, en definitiva, se reduce a eso: a acallar los ruidos con el ayuno, a vaciarnos por la limosna, y a escuchar así, en la oración, su Palabra, dejando que ella llene el silencio y el vacío.

(TOB02)

¿Quién podrá cumplirlo?

Románticas y hermosas de lejos; insoportables y piedra de escándalo cuando están cerca. Así son las palabras más revolucionarias del Sermón de la Montaña: Amad a vuestros enemigos.

Esculpidas en piedra, y subidas a lo alto del frontón de una basílica, las contemplarás extasiado como un poema al amor más puro… Hasta que alguien te rompa el corazón. En ese momento, cuando esas mismas palabras estén a un centímetro de tus narices, como un reto, las vomitarás y renegarás de ellas. «¿Cómo voy a amar a quien me ha roto el corazón, si mi corazón, a causa de la ofensa, está hecho trizas?». Entonces te darás la vuelta.

Acabas de palpar la pobreza del corazón humano. Tienes razón: el corazón de un pecador, cuando se rompe, no puede amar a quien lo rompió. Pero el mismo que te entregó aquellas palabras de las que reniegas te regaló algo más: sobre la Cruz, te entregó su propio corazón, el mismo con el que amó a quienes lo crucificaban, para que pudieras cumplir lo que te pidió.

Sube a la Cruz, entra en la abertura del Costado, recibe todo el Amor que allí se esconde, y ama desde allí a tu enemigo.

(TC01S)