El Mar de Jesús de Nazaret

enero 2018 – Espiritualidad digital

Un respeto

¡Qué terrible contraste! Ayer contemplábamos cómo la fe de personas como Jairo o la hemorroísa permitieron al Señor obrar milagros admirables. Hoy, en Nazaret, entre los suyos, Jesús experimentará el fracaso más rotundo. No pudo hacer allí ningún milagro (…). Y se admiraba de su falta de fe.

¿Por qué quienes más cerca habían vivido del Señor, quienes habían crecido con Él, fueron quienes menos creyeron en su divinidad? Le habían perdido el respeto. La cercanía que con ellos tuvo durante años, en lugar de ser vivida y agradecida como un don, se les convirtió en motivo de desprecio. Y, así, la vida de familia degeneró en «familiaridades». Por desgracia, sucede muchas veces, y no sólo en la familia del Señor.

Apréndelo: cuando se pierde el respeto a Jesús, lo siguiente en perderse es la fe. Si te acostumbras a pasar ante un sagrario sin arrodillarte, si vives la santa Misa con superficialidad, si tus comuniones se llenan de rutina… Mejor tiembla, porque tu fe muere.

Pero si cuidas los detalles de respeto y adoración ante el Santísimo, si comulgas cada día como si fuera el primero, tu fe se robustecerá, y con ella abundarán en ti esperanza y caridad.

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Mejor, no dudes

Para calmar tormentas, Jesús no necesitaba más que su poder de Dios. Para sanar, sin embargo, a un hombre, todo el poder de Dios no basta.

Pon tu mano sobre ella y vivirá… «Con solo tocarle el manto, curaré»… Hija, tu fe te ha salvado.

Sanar a un hombre no es calmar una tormenta. Porque la salvación con que quiere Dios salvar al hombre pasa por una relación de amor. Y esa relación no puede entablarse si el hombre no abre su alma al Espíritu. Sólo la fe puede abrir el alma así.

Si te das por perdido, si te convences a ti mismo de que no hay remedio a tus males, si permites que te venza el desaliento, nada puede Dios hacer contigo. Es necesario que creas que Jesús puede sanarte, liberarte de tus cadenas y santificarte.

Dios hará en ti según tu fe. Si crees que poderoso es Él para hacerte tan santo como a Francisco, a Teresa o a Ignacio, pídelo con esa fe, lucha con todas tus pobres fuerzas, y Él las multiplicará para ensalzarte, como ensalza un Padre a su niño alzándolo hasta sus labios para darle un beso.

Pero, si dudas… Mejor, no dudes.

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La respuesta está en los cerdos (sin perdón, que así se llaman)

¿Te has preguntado alguna vez por qué los gerasenos, después de haber contemplado cómo Jesús arrojaba a una legión de demonios del cuerpo de un hombre, le rogaban que se marchase de su comarca? ¡Qué contradicción! Mientras multitudes, en Cafarnaúm, recorrían enormes distancias para apiñarse en torno al Maestro, los gerasenos le pedían que se marchase. ¿Acaso eran de peor natural que los cafarnaítas, o estaban menos dotados para lo espiritual?

Por desagradable que parezca, la respuesta está en los cerdos. Ellos guardan el misterio de la condición humana.

Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el mar.

Si Jesús hubiera multiplicado panes y peces en Gerasa, como hizo en Cafarnaúm, los gerasenos se habrían rendido a sus pies, y no lo dejarían marchar. Pero, en lugar de darles de comer, el Señor dejó que se perdiera una piara entera por salvar un alma. Para aquellos hombres, semejante precio era inasumible.

Muchos hay dispuestos a ganar lo que puedan con Jesús. Pocos hay dispuestos a perderlo todo por Él. Ahí tienes, también, el secreto de ese: «¡Crucifícalo!», que tanto te escandaliza.

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No sé quién eres, pero sabes quién soy

Puede que sea la forma más clara de dominio sobre otra persona, y por eso los demonios quisieron ejercerla sobre Jesús:

Sé quién eres: el Santo de Dios.

A menudo lo decimos: «Te conozco; a mí no me engañas». Desvelar el misterio de otra persona equivale a poseerla, del mismo modo que uno se apodera de un artefacto cuando conoce su funcionamiento.

Pero los demonios se equivocaban. La pregunta: «Jesús, ¿quién eres?», esa misma pregunta que Jesús formuló a sus apóstoles, es un pozo sin fondo; no tiene respuesta humana posible. Cualquiera que ame a Jesucristo sabe que su misterio es inescrutable. Siempre podemos conocer algo más de Él, y, cuanto más conocemos, más conscientes somos de lo que se nos oculta. ¡Qué aventura, dedicar la vida sólo a conocer a Jesucristo! Uno podría morir sin haber llegado más allá de un apasionado aprendiz.

¡Es tan poco lo que conocemos, incluso de nosotros mismos!

Sin embargo, Señor, mi misterio es un libro abierto ante Ti. Tú me conoces mejor de lo que yo me conozco a mí mismo. Y, al conocerme, me posees sin dominarme. Soy yo quien me rindo ante tu Amor. Porque sólo por Ti me siento comprendido.

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Un duermevela

Por supuesto, no estuve allí. Y, si hubiera estado, lo más probable es que hubiese reaccionado como lo hicieron los Apóstoles.

Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Pero, leído dos mil años después, y desde la distancia que marca la oración, creo que, ante esa imagen, me hubiera quedado embelesado, y hubiese olvidado la tormenta. Al menos, me hubiese gustado reaccionar así.

Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal.

Al verlo dormido, me habría quedado mirándolo, y ya no me importaría nada más que su sueño. Si duerme Jesús, ¿por qué alterarse? Más nos valdría dormir también a nosotros. Aunque, si durmiéramos, lo perderíamos de vista. Mejor velar su sueño, y contemplarlo. Nada tenemos que temer de la tormenta, si Jesús duerme.

Míralo en el sagrario. ¿No ves que está dormido? Y no quieras despertar al Amor. Déjalo dormir, y mantente junto a Él, de rodillas, en un duermevela. Sé que tu vida está agitada; la mía, también. El mundo está agitado. Pero, si Jesús duerme, las cosas no serán tan graves como parecen. Descansa en Él…

Mira: un día, ese Jesús que duerme en los sagrarios se despertará. Ojalá, cuando lo haga, estés en vela.

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