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24 diciembre, 2017 – Espiritualidad digital

Un puente levadizo

Supongo que no quedan puentes levadizos. Los he visto, como tú, en las películas. Y siempre me pareció más romántico un puente levadizo que todas las puertas de todos los castillos. Porque una puerta se abre como quien se echa a un lado con cierta molestia para dejarte pasar, y después se cierra y recupera su espacio. Pero un puente levadizo es la elegancia suprema: se agacha, se postra ante ti, y te invita a pasar por encima de él haciendo de alfombra para tus pasos. Después, cuando los has cruzado, se levanta de nuevo para que te sientas protegido en el interior del castillo. ¿Por qué no quedarán puentes levadizos?

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Dios entró en la Historia por un puente levadizo. El inmaculado corazón de María se postró ante Él lleno de amor, y con sus virginales palabras, dijo: «Entra, soy tuya, haz lo que quieras de mí». Después, cuando el Verbo hubo entrado en aquellas purísimas entrañas, el puente se levantó y el vientre de María fue huerto sellado para siempre.

No seas puerta para el Dios que viene. Ten buen gusto. Sé puente levadizo. Ríndete ante Él.

(TAB04)

“Evangelio