Evangelio 2018

diciembre 2017 – Espiritualidad digital

Un disgusto litúrgico

«¿Por qué tanto color morado, Padre? ¡Si se nos está anunciando la llegada del Señor! ¿Qué sentido tiene un color tan triste durante este tiempo?». Me lo preguntaba hace poco una feligresa mientras miraba, en la sacristía, la casulla del sacerdote preparada junto al cubrecáliz, todo del mismo color. Evité la tentación de pensar que su disgusto era «político», porque, en España, el morado ha adquirido últimamente connotaciones muy extrañas. Pero el disgusto de mi feligresa era litúrgico, y por eso accedí a aclararle las cosas.

Elías vendrá y lo renovará todo… Se refería a Juan el Bautista. Las alegrías, en la Iglesia, se preparan siempre con tristezas, igual que las fiestas se preparan con ayunos. Nos entristecemos para tomar carrerilla, como el muelle se prensa para expandirse más después. Durante el Adviento, Juan Bautista nos recuerda nuestro pecado, nos llama a la penitencia y a la conversión, y nos invita a llorar nuestra pobreza para así preparar el camino a quien viene a liberarnos.

No hay nada malo en ello, señora. En la Iglesia nos gusta estar tristes, porque nuestra tristeza siempre acaba convertida en alegría. No tenga miedo al morado, que llegará el blanco.

Y, entretanto, mañana… Rosa.

(TA02S)

“Evangelio

De todas formas, no callaremos

Durante mis primeros años de sacerdocio, me preocupaba más de la cuenta por la predicación. No paraba de pensar en si se me habría entendido bien, si habría dicho todo lo necesario, si me habría alargado excesivamente… Todos esos males desaparecieron de repente cuando mi confesor, más experimentado que yo, me dijo: «¿Por qué te preocupas? ¡Si nadie te escucha! Y los pocos que te escuchan van a hacer lo que les dé la gana». Comprendí entonces que el valor de la predicación es, sobre todo, sacrificial. Pasados los años, he podido comprobar la razón que tenía mi confesor: Todo el mundo hace lo que le da la gana. Y quienes vienen a felicitarte por la homilía son, muchas veces, quienes menos dispuestos están a obedecer.

¿A quién compararé esta generación? Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: «Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado». Si el Señor sufrió la impotencia de quien habla y no es escuchado, ¿qué tiene de extraño que la suframos los sacerdotes?

Pero eso no cambia las cosas. Si las almas fueran dóciles, si escuchasen y obedecieran… ¡Cuántos santos llenarían el mundo!

(TA02V)

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El ascensor de Teresa

Santa Teresa del Niño Jesús, en su alegoría del ascensor, se imaginaba como una niña al pie de una escalera, sobre la cual se encontraba su Padre. Trataba de subir el primer peldaño, y caía al suelo. Lo intentaba de nuevo, y volvía a caer. Tras centenares de intentos, el Padre se compadecía, descendía los peldaños, la tomaba en brazos, y la subía hasta la cima. Sus esfuerzos, por tanto, habían servido: con ellos demostró a su Padre el deseo de estar junto a Él, y excitó su compasión. Tuvo que intentar ser grande, para poder ascender como pequeña.

No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. La penitencia y el esfuerzo de conversión proclamado por Juan es la forma en que el niño quiere hacerse grande para llegar a Dios. Ese esfuerzo es necesario. Sin Juan, no hay Cristo. Y, sin Adviento, no hay Navidad. Pero, aunque llegues a la Navidad cargado de fracasos, no temas: tu lucha habrá servido para que Dios descienda, se haga niño y pastor, y te tome en sus pequeños brazos para llevarte al cielo.

(TA02J)

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Descanso para el alma

Cuando san Juan de la Cruz dijo que «el alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa», no se refería al cansancio físico de quien ha caminado todo el día, ni al cansancio mental de quien escribe un libro. De ambos cansancios andaba sobrado el santo. Pero el señalaba al peor y más cruel de los cansancios: a la fatiga de los espíritus, que convierte a la vida en una carga pesada e insufrible. Un alma cansada experimenta hastío aunque no haya movido un músculo ni leído una letra.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. La vida puede hacerse muy pesada cuando estás solo. Y, si buscas apoyo en los demás, y no lo encuentras, creerás que no vale la pena seguir viviendo. Llega un momento en que todo te aburre, todo te fatiga…

¿Por qué no unces tu alma al yugo de Cristo, y así la conviertes en cónyuge del Redentor? Se encenderá en amor tu corazón de tal manera, será tal tu ilusión por servirle, que cualquier trabajo se te hará pequeño. Un alma en brazos de Dios descansa siempre.

(TA02X)

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La oveja borracha

El Adviento está lleno de promesas. Deberíamos recorrerlo entre consuelos, paladeando la esperanza que alumbra cada una. Pero, por desgracia, no todas las promesas de Dios alegran a todos los hombres.

Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida?

Pero si la oveja perdida se ha cobijado en el bar «La oveja loca», ha consumido ya catorce cervezas, y se ha olvidado hasta de su madre, la noticia de que el pastor viene a por ella quizá provoque que se esconda aún más. Así son muchos: se han rendido al pecado de tal forma que no conciben su vida fuera de él. El nombre de Dios se les hace extraño, y huyen de Él porque, en el fondo, no están dispuestos a dejarse amar. Temen que el Amor de Dios los vuelva niños, y ellos no quieren ser niños. Será que quieren seguir siendo viejos y borrachos.

¿Qué hará el Señor con esas ovejas ebrias de pecado, que olvidaron quién es su pastor y dónde está su patria?

Te lo diré: los amará entrañablemente. Sólo un amor infatigable puede redimirlos.

(TA02M)

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Nieve en los caminos

Ayer aparecía en escena Juan Bautista, y, en adelante, escucharemos con frecuencia, durante el Adviento, su exhortación a preparar el camino al Señor que viene. A su vez, Él viene a abrir caminos que permitan al hombre acercarse a Dios. Él mismo es el camino.

Ya lo ves: a causa del pecado, las vías de comunicación están cortadas. Pero el Señor, en su infinita misericordia, ha anunciado que vendrá a salvarnos, y nosotros le preparamos el camino confesando nuestras culpas y permaneciendo en vela.

Hombre, tus pecados están perdonados. Como esas máquinas quitanieves que ahora, en diciembre, despejan las carreteras para permitir el paso, Él, con su cuerpo entregado y su sangre derramada, derretirá nuestras culpas, romperá nuestras cadenas, y se tenderá ante nosotros en la Cruz formado la vía segura que conduce al cielo.

Dirás que ya te has confesado muchas veces, y quizá tenga que responderte que de poco te ha aprovechado. Tus confesiones eran tan superficiales, tan «epidérmicas», como tu correspondencia a la gracia. Prepara ahora, con verdadera contrición, los caminos de tu espíritu; deja que, cuando Cristo llegue, pueda entrar hasta el centro del alma, y, desde allí, Él te abrirá el camino hacia el cielo.

(TA02L)

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Yo sí me quiero salvar

¿Quién se alegrará de la venida del Salvador, sino aquél que se sabe perdido? En 1983, Víctor Manuel llenó las emisoras de radio con una canción que «rezaba»: «Déjame en paz, que no me quiero salvar». A alguien que profiere semejante grito le dices que viene el Salvador y, en lugar de alegrarlo, le provocas un infarto de miocardio.

He ahí la misión de Juan Bautista: abrir los ojos de quienes están perdidos para que reconozcan que necesitan ser salvados. Él los bautizaba en el río Jordán, y confesaban sus pecados. Quien confiesa sus pecados demuestra gran sabiduría. Porque aquel Víctor Manuel de 1983 estaba feliz con sus culpas y no quería que nadie le librase de ellas… Otros creen poder salvarse a sí mismos, y piensan que no necesitan confesar sus pecados a nadie. Pero quien confiesa sus pecados es como quien expone sus dolores al médico: lo hace porque sabe que necesita ayuda. A alguien así, le dices que viene su salvador, y le alegras la vida.

Haz como el Bautista. Si quieres se apóstol del Adviento, sé apóstol de la confesión. Acerca a tus amigos al confesonario, y así le prepararás al Señor un pueblo bien dispuesto.

(TABO2)

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Salvación eterna y jamón de jabugo

Quienes estáis leyendo estas líneas escuchasteis hace seis días un anuncio extraordinario: «¡Viene el Señor!» Y os estáis preparando para recibirlo en vuestras vidas.

Pensad ahora en la multitud de hombres y mujeres que nunca pisa una iglesia, que nunca recalará en una página como ésta, o que ni siquiera guardan en sus casas una biblia. ¿Qué noticia tendrán? ¿Acaso el Señor no viene también para ellos? ¿Cómo lo recibirán, si el único anuncio que han escuchado es el de un servicio de venta de jamones online para las fiestas? Nadie les ha hablado de Cristo, y no esperan más que al repartidor de Amazon y a Papá Noel, el santo pagano de las navidades comerciales.

Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. El anuncio que recibimos debería convertirnos en pregoneros. Tienes a tu alrededor muchas personas que necesitan escucharlo; no les prives de ello.

Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos… La palabra sobre Cristo que deslizarás en los oídos de cada uno obrará milagros, sanará sus heridas, y les hará saber que quien viene no es el repartidor de jamones, sino Aquél que entrega al hombre vida eterna.

(TA01S)

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De Nazaret a Lourdes

guapísimaCuando, ante la embajada de Gabriel, María se llama a sí misma la esclava del Señor, no está improvisando una fórmula de cortesía, sino que está manifestando en palabras el modo en que ella se veía a sí misma. Poco después, ante Isabel, volverá a emplear la misma expresión: Dios –dirá– ha mirado la humildad de su esclava (Lc 1, 48).

En 1858, cuando María se aparezca, en Lourdes, a Bernadette Soubirous, se presentará a sí misma con estas palabras: «Yo soy la Inmaculada concepción».

¿Sabía María, cuando, en Nazaret, se vio ante Gabriel, lo que sabía de sí misma en 1858, cuando se apareció en Lourdes y ya tenía su morada permanente en los cielos?

Desde muy niña, la Virgen experimentó una sensibilidad especial para todo lo divino. Sabía que su alma era un cristal limpísimo, que se dejaba herir por los rayos de un Sol amante. Entre aquel momento y su Asunción a los cielos, ella fue entendiendo el misterio de su limpieza interior. Y supo que Dios le había dado un corazón totalmente puro, ajeno por completo al pecado. Pero conservarlo así fue mérito suyo.

¡Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a ti!

(0812)

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Para ser feliz eternamente…

¿De qué depende tu felicidad? ¿A quién le has encargado la delicada tarea de hacerte feliz?

Si esperas que tu cónyuge te haga feliz, no podrás perdonarle el día que te falle. Y te fallará, porque todos fallamos. No te enfades si te digo que eres como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Las criaturas somos arena, y arena movediza. Ama a tu cónyuge con todo tu corazón, pero no cometas la injusticia de pedirte que te haga feliz. No puede.

Si tu felicidad depende de tu trabajo… Lo siento por ti. Muy frágil me parece esa felicidad. Los trabajos vienen y van…

Si tu felicidad depende de tu salud, mejor no llegues a los cincuenta. O, mejor aún, conviértete antes de que sea tarde.

Pero si tu felicidad depende sólo de Dios, si puedes mirar al sagrario y decirle al Señor, con el corazón en la mano: «¡Qué feliz me haces, Jesús!», entonces dichoso tú. Porque eres como aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Eres libre, porque amas a los demás sin necesitarlos para ser feliz, y, por tanto, nada les pedirás a cambio de tu amor. Pero, sobre todo, serás feliz eternamente.

(TA01J)

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