El Mar de Jesús de Nazaret

diciembre 2017 – Espiritualidad digital

Papá y mamá suman «hogar»

Es sólo una frase del Evangelio. Pero, tras ella, se esconde un universo lleno de calor, dolor, gozo y amor: El niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría.

El Niño Dios creció en un hogar. Y «hogar», en español, viene de «hoguera», lo cual no supone, necesariamente, una caldera ultramoderna de condensación. El fuego del hogar lo encienden vínculos humanos preciosos que transfiguran incluso el nombre de quienes los crean. Si san José es «papá» y la Virgen María es «mamá», la humanidad de Cristo estuvo bien protegida a pesar de persecuciones, exilio y pobreza.

Papás y mamás: Vuestros hijos no necesitan tantas cosas; las cosas son frías. Vuestros hijos os necesitan a vosotros, y os necesitan juntos. Cuando cruzan la puerta de vuestra casa, sólo si pueden decir «papá» o «mamá» habrán entrado en un hogar. Tenéis que estar allí, y dedicar tiempo a vuestros pequeños, aunque eso conlleve trabajar menos y poseer menos cosas. No tengáis miedo a cambiar cosas por calor humano, y a rebajar el nivel de vida para aumentar el nivel de humanidad. Formad familias como la de Nazaret, para que el mundo se llene de «niños Jesús» que le devuelvan el calor perdido.

(SDAFAMB)

“Evangelio

Niños y ancianos

Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, habiendo vivido siete años casada, y tras permanecer viuda hasta los ochenta y cuatro, es una de las vírgenes prudentes que supo esperar al Señor con la lámpara encendida. Aunque los años transcurrían, y el Esposo parecía no llegar nunca, ella, como el también anciano Simeón, no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones, noche y día.

La Navidad es de los niños, quienes, en su sencillez, están a la altura (a la «bajura», más bien) del Niño Dios. Pero es, también, de los ancianos, los sabios que han aprendido a distinguir lo caduco de lo eterno, y son capaces de despreciar los bienes de este mundo con tal de alcanzar a Dios. Entre unos y otros se encuentran las zonas peligrosas de la juventud y la edad adulta. El joven se deja fascinar fácilmente por las luces de este mundo, y el adulto, cargado de responsabilidades, sufre la tentación de creerse Dios.

Líbranos, ¡Oh Santo Espíritu!, de la fascinación de la juventud y la prepotencia de la madurez. Concédenos sencillez de niños y sabiduría de ancianos, para que podamos adorar a un Dios niño y sabio.

(3012)

“Evangelio

Para que muchos caigan y se levanten

La profecía del anciano Simeón taladra la Historia, y, dos mil años después, sigue alumbrando todos los belenes y todos los crucifijos de la tierra:

Éste ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten

Dime si no es verdad: quienes se acercan a Él en pie acaban derribados. Los Magos, que buscaron su rastro siguiendo una estrella, al encontrarlo, cayeron de rodillas. Los pastores, que acudieron corriendo a Belén, al ver a María, a José y al Niño se postraron y alabaron a Dios. Pero también Herodes, que acudió en pie con la soberbia del rey tirano, acabó derribado de su trono y postrado en la muerte más infame.

Otros, sin embargo, acuden caídos, y son levantados. Los pobres, los humildes, los fatigados, los sencillos, los enfermos… ¡los pecadores! Somos muchos quienes acudimos a Belén caídos, derribados por la vida y por nuestra propia miseria. Y allí encontramos apoyo y somos elevados. Somos alzados, como los niños, por los brazos maternales de María, y somos aupados a ese trono que es el regazo virginal donde reposa el pequeño Jesús. Ambos, Él y yo, cabemos en los brazos de esa Madre. y ¡qué bien se está allí!

(2912)

“Evangelio

De luces y sombras

A algunos les hubiera gustado que la venida de Dios a la tierra hubiese tenido el efecto de quien enciende la luz en una habitación: en un instante, las sombras desaparecen, y todo queda iluminado. Pero la venida de Dios a la tierra se asemeja más al amanecer: mientras montes y valles se llenan de claridad, el interior de las casas no recibe el brillo del día si sus moradores no abren las ventanas. Y no todos quieren. Muchos prefieren seguir durmiendo el sueño de la muerte.

Herodes montó en cólera, y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores.

Raquel lloró a sus hijos, y hoy la Iglesia los festeja. Las lágrimas de la Iglesia se derraman, más bien, por los verdugos. Los niños han sido hechos inocentes al bañarse en la sangre del Cordero. Pero los verdugos se hicieron culpables a sí mismos. Por ellos lloramos.

No eres desgraciado cuando sufres; el Niño Dios, luz hoy desde el pesebre, y desde la cruz mañana, ilumina tu dolor y lo convierte en gloria. Eres desgraciado cuando pecas, porque cierras tus ventanas a la luz y te conviertes en morada de tinieblas.

(2812)

“Evangelio

Todo un baile en la quietud

La Navidad es saltarina. Nos congregamos el 25 en torno al pesebre, y el 26 asistimos al martirio de Esteban. Cerramos los ojos, los abrimos de nuevo, y la festividad de san Juan nos lleva al día de la resurrección de Cristo, a quien hemos visto nacer hace 48 horas. Cuando nos queramos dar cuenta –es decir, mañana– habremos vuelto a los primeros años de Jesús para contemplar el martirio de los Inocentes. Todo un baile, entre nervioso y juguetón, alrededor de la Historia.

Y, sin embargo, aunque estemos bailando (¿cuándo bailaremos, si no bailamos en Navidad?), no nos hemos movido. Los ojos han permanecido fijos en el Niño Dios, porque en Él, cuando lo miramos con fe, se encuentra agrupada la Historia entera. Él es el alfa y la omega, el principio y el fin. Es Señor del tiempo, y también de la eternidad.

Vio, y creyó. Esos ojos de Juan, que son ojos de fe, abren la humanidad santísima de Cristo a la gloria de su divinidad. En el pesebre están Adán y Eva, allí están los santos y los mártires, allí estamos tú y yo…

En Navidad se reza con los ojos. Tú mira. Mira, y verás.

(2712)

“Evangelio