Evangelio 2018

noviembre 2017 – Espiritualidad digital

Dos contradicciones

Son dos perplejidades, dos extrañezas, que me asaltan ante la lectura del evangelio de hoy:

Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Dios promete no dar largas a los suyos, y, sin embargo, a nosotros siempre nos parece que Dios llega tarde, que está «demasiado tranquilo» o –dicho en cañí– que tiene «una pachorra de muchísimo cuidado». ¿Por qué? ¿No será que el verdadero problema consiste en que nosotros tenemos demasiada prisa? ¿No será que queremos verlo todo resuelto de inmediato? Sin embargo, Dios no nos da largas. Todo llega exactamente a su hora: a la de Dios, no a la nuestra.

Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? ¿A qué fe se refiere? ¿No será, precisamente, a eso, a la fe, pura y dura? Es decir, a la contemplación de lo que no ven los ojos: el cielo, la eternidad, el rostro del propio Dios. ¿Temerá el Señor –y con razón– que el día en que venga desde lo alto de los cielos a traer vida eterna no nos interese lo más mínimo, porque estemos muy ocupados pidiendo bienes terrenales? ¡Pues vaya chasco!

(TOI32S)

Mejor «encielado» que «enterrado»

Es lo malo de estar tan «enterrado»: que llega el terremoto y te sepulta del todo.

Comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; (…) llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos.

No estás enterrado porque tus pies pisen fuertemente en la tierra. Lo estás cuando tu cabeza se encuentra también sepultada en los bienes de este mundo. Echa un vistazo dentro de tu cráneo, y mira lo que hay: problemas, hijos, nietos, pisos, dinero, televisión, dolores… Estás lleno de tierra. Incluso tu oración, si te descuidas, parece un saco de arena: «¡Señor, este problema! ¡Señor, esta enfermedad! ¡Señor, este sufrimiento!» … ¿Piensas alguna vez en el cielo? Porque todo lo que llena tu cabeza va a terminarse. Si tan aferrado estás a esos bienes, perecerás.

¿Por qué no te «encielas»? No hace falta que levites, no levantes los pies del suelo, que allí están bien. Pero alza la cabeza y llévala al cielo: piensa en la eternidad, sueña con la gloria de Dios, ilusiónate con la dicha de los santos, aspira decididamente a la santidad. Así, cuando todo lo terreno se destruya, será como si se rompiera un grillete, y saldrás al encuentro del Señor en el cielo.

(TOI32V)

Tres reinados, tres llegadas

Le preguntan a Jesús ¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?, y Jesús marca tres reinados, y ninguna fecha.

La primera llegada del reino de Dios tiene lugar en lo profundo del alma, visitada por la gracia divina: El reino de Dios no viene aparatosamente (…) porque el reino de Dios está en medio de vosotros. No hace ruido el Espíritu cuando desciende a ti al recibir la absolución sacramental. Pero, en ese silencio, se convierte en cielo tu alma.

En la segunda llegada, reina desde la Cruz, y extiende su reinado completando en los suyos su Pasión: Primero es necesario que padezca mucho, y sea reprobado por esta generación. No rehúyas la contrariedad, la enfermedad ni el oprobio. Recuerda que son reinado de Jesús crucificado en tu vida, y que, desde la Cruz, reinas con Él.

La tercera llegada tendrá lugar al final de los tiempos: Como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, para que, cuando ese día llegue, puedas reinar con Él, antes debes haber acogido su reinado en tu alma por la gracia, y en tu cuerpo por la Cruz.

(TOI32J)

Los beneficios del examen de conciencia

diez leprososNo es anecdótico, ni casual, el que, de entre aquellos diez leprosos que fueron curados por el Señor, el único que se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias, fuera un samaritano.

No es anecdótico, porque los samaritanos eran tenidos por malditos entre los judíos. Quizá por eso, aquel hombre se sintió indigno del favor recibido, mientras los otros nueve, que se tenían por hijos de Abraham, ni siquiera pensaron en dar gracias. ¡Cómo resuenan, tras su ingratitud, las palabras del Bautista: No os hagáis ilusiones, pensando: «Tenemos por padre a Abrahán», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras (Mt 3, 9)!

Nunca tengas miedo a conocer tu pecado, ni a examinar tu conciencia con sencillez. Tampoco está de más que, de cuando en cuando (quizá, los viernes), recuerdes, aunque sea someramente, la historia de tus infidelidades delante del sagrario, o del crucifijo. Ese piadoso ejercicio te ayudará a ser humilde, a conocer la misericordia de Dios contigo, y a no olvidar nunca lo agradecido que debes estar a Dios por tantos dones con los que te ha bendecido.

(TOI32X)

Después comerás y beberás

Tengo sed (Jn 19, 28), gritó Jesús desde la Cruz. Dos mil años después, ni su grito se ha apagado, ni su sed de almas se ha extinguido. Cristo sigue muriendo de sed en el Calvario.

¿Quién de vosotros, si tiene un siervo labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: «Enseguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis más bien: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»?

Un día volverás del campo de este mundo, y te presentarás ante el Señor. Quizá sueñas con sentarte a la mesa en el banquete eterno, y allí degustar para siempre las dulzuras reservadas a los bienaventurados. Pero, antes, vuelve a leer la parábola, y dime: ¿Crees que Dios te sentará a su mesa para que comas, si antes no has dado tú de beber a su Hijo?

Cristo tiene sed. Y tú aún estás a tiempo. Anda, cíñete, sal al encuentro de quienes no creen, y tráele a Jesús crucificado almas con que saciar su sed. Si no te hacen caso, tráele al Señor tu oprobio, tu propia sed, para que Él la beba. Y, después, comerás y beberás tú.

(TOI32M)

Tibieza y escándalo

No sólo los sacerdotes somos pastores. También lo sois los padres y las madres, los maestros, los catequistas… y todos vosotros, si quienes os rodean conocen vuestro amor a Dios. Para muchos, sois el ejemplo de lo que es un cristiano. Vuestras virtudes harán a otros desear la santidad. Vuestros pecados –si ven vuestra lucha y vuestro arrepentimiento– incluso pueden hacerles entender que la santidad está al alcance del pecador. Vuestra tibieza, sin embargo, apartará de Dios a muchos. Lo peor no es que os vean pecar; lo peor es que parezca que «no pasa nada».

Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Mejor morir la más dolorosa de las muertes y ser ejemplo de fortaleza, que vivir la más regalada de las vidas y apartar a otros de Dios. A los mártires los han matado con una crueldad aterradora, y su muerte ha sido semilla de cristianos. Pero el tibio, el que da a entender a los demás que se puede ser cristiano sin necesidad de tomárselo demasiado en serio, se pierde a él y pierde a otros. ¡Dios nos libre!

(TOI32L)

Un empate preocupante

La parábola de las diez vírgenes no divide a los hombres entre justos y pecadores. Las diez vírgenes se duermen, y caen en el pecado capital de la pereza. La diferencia que provoca que unas vean perdonada su falta y otras no radica en que cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. La parábola trata, por tanto, de listos y tontos, no de buenos y malos.

Asusta la proporción: cinco a cinco. Empate. De cada diez pecadores, cinco son tontos. Pienso ahora en los lectores de estas líneas, y en quien las escribe. Probablemente, somos todos pecadores. Pero… ¿en qué cincuenta por ciento nos contamos?

Espero que la meditación de la Palabra nos haga contarnos entre los listos. Pero no basta. Además, debemos ser buenos. Y buenas hubieran sido las vírgenes prudentes si, en lugar de negar el aceite a las necias cuando ya no había remedio, les hubieran advertido antes de que cayera la noche y les hubieran aconsejado que tomaran alcuzas junto con las lámparas.

No te conformes con ser listo. Sé bueno, sé apóstol. Aunque seas apóstol entre los tontos, harás una labor maravillosa si, por tus advertencias, llegan a ser tan listos como tú.

(TOA32)

Epitafios

«Pasó toda la vida trabajando». Se lo dicen al sacerdote, para que el sacerdote lo repita, y lo amplifique, en el funeral. Cuando el presbítero pregunta si recibió los sacramentos antes de morir, la respuesta viene a ser la misma: «No tuvo tiempo para la religión, porque pasó toda la vida trabajando» … Es cierto. Y ganó enormes cantidades de dinero, pero no tuvo tiempo de disfrutar de un solo céntimo, porque «pasó toda la vida trabajando».

Tú aún no has muerto. Tu funeral todavía no tiene fecha. Te queda tiempo. Por eso te repetiré las palabras del Señor: Ninguno puede servir a dos señores. No podéis servir a Dios y al dinero.

Servir se dice de manera distinta, según quién sea el señor. Sólo Dios libera; servirlo a Él es amarlo, y quedar libre de todas las ataduras terrenas. Todo lo que no es Dios esclaviza, ata al hombre, lo humilla y convierte su vida en sacrificio inútil.

Trabaja con paz; trabaja para Dios. Pero, ¿de verdad te gustaría que, al morir, tus deudos no tuvieran otra alabanza que hacer de ti, sino que pasaste la vida trabajando? ¿No preferirías que dijeran al sacerdote que amabas locamente a Dios?

(TOI31S)

Administradores injustos con alzacuellos

Cada vez que leo la parábola del administrador injusto, doy gracias a Dios por ser sacerdote. Me parece que somos lo más parecido al personaje que protagoniza la narración. Somos administradores injustos con alzacuellos.

Porque Cristo nos ha confiado el tesoro de su divina sangre para que lo administremos y lo distribuyamos entre sus deudores. Y nosotros… En fin, lo que hacemos nosotros lo sabéis muy bien.

– ¿Cuánto debes a mi amo? – Cien barriles de aceite. – Toma tu recibo: aprisa, siéntate y escribe cincuenta.

«– ¿Cuánto debes a mi amo? – Por mis pecados debería ir al infierno por toda la eternidad. – Aprisa, pide perdón y reza un avemaría. “Yo te absuelvo de tus pecados…”».

Es impresionante. Para colmo, el Señor lo ve, y se complace. Y esa aparente «injusticia», que realmente no lo es, porque está bañada en la justicia de Cristo, nos llevará al cielo a nosotros y a vosotros.

Queridos pecadores, deudores de mi Amo: yo que vosotros me aprovecharía de que los confesonarios están llenos de una horda de administradores injustos que desean llegar al cielo, y que rebajan deudas descaradamente. Con semejantes elementos dentro de los alzacuellos, el que no se salve… es porque no quiere.

(TOI31V)

En la tienda nada es gratis

Entró Jesús en el templo, encontró a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados, y les dijo: Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Quitad esto de aquí… Dime, ¿qué es, para ti, esto? Tu alma es templo de Dios. ¿Qué la está convirtiendo en un mercado?

Sabes lo que es un mercado, ¿verdad? Ese lugar donde nada es gratis, y, lo que parece gratis, también cuesta dinero. «Si compra dos botellas, le regalamos la tercera». ¿Habrá algún incauto que piense que al dueño de la bodega le ha entrado un hervor filantrópico, y ha decidido que quienes le compren dos botellas son personas tan maravillosas que merecen que él pierda por ellos el importe de la tercera? Nadie lo piensa. Sabemos cómo funciona. Lo gratis, en el mercado, también se paga. Porque el que vende busca un beneficio. Y, además, está en su derecho.

Dios no vende. Dios regala. No busca su beneficio, sino el nuestro. Aunque decidas no colaborar económicamente con tu parroquia, seguirás recibiendo la comunión y la absolución. La casa de Dios no es un mercado.

¿Y tu alma? ¿A qué se parece más?

(0911)