Evangelio 2018

noviembre 2017 – Espiritualidad digital

Una oración de mentira

Hay una oración «de mentira». Dirás que, si es de mentira, entonces no es oración. Y tienes razón: no es oración, pero se le parece. He ahí su mayor peligro.

Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. La verdadera oración –bien lo supo san Andrés, a quien hoy celebramos–, a la vez que te retira a un lugar apartado con Cristo, te acerca a los hombres y te une a ellos cada día más. Necesitas retirarte todos los días durante un tiempo, en silencio, para alcanzar intimidad con el Señor. Dichoso tú si puedes pasar esos minutos ante un sagrario. Pero, mientras estás a solas con Él, sientes esa llamada urgente que te envía hacia tus hermanos. Es como si te dijese: «¡Tráemelos, muéstrales mi Amor y atráelos hacia mí!». Por eso, cuando vuelves a tus tareas, estás más cerca de quienes te rodean y los amas más. Ese amor te convierte en apóstol.

En la oración «de mentira», uno cree escuchar: «Ven conmigo, y te libraré de los hombres». «¡Qué bien se está rezando, aquí, a solas y en silencio, sin tener que soportar al prójimo!». Eso, ni es oración, ni lleva al cielo. Es aburguesamiento espiritual.

(3011)

Lo que perdemos cuando perdemos la paciencia

Quienes buscan el Paraíso en la tierra aún no han entendido que nos quedan pecados por purgar. Habrá Paraíso, y allí no existirá la muerte, ni el dolor, ni el pecado ni la tentación. Pero todo ello sucederá cuando Cristo vuelva a instaurar su reino; cuando su triunfo esté, al fin consumado, y Dios ponga a sus enemigos por estrado de sus pies. Hasta que ese día llegue, la muerte y la adversidad van ser compañeros de camino cada día.

Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Nos hace bien. Nos duele, pero nos hace bien. No debemos olvidar que «testimonio» y «martirio» son la misma palabra en su origen. La adversidad, sufrida con paciencia, nos acerca mucho a Dios y nos convierte en testigos de su Amor. Quien ve a un cristiano sufrir con paciencia entiende que hay algo muy grande detrás de la muerte, y que por ese «algo» vale la pena padecer con alegría.

Sin necesidad de esperar al Paraíso celeste, ya en esta vida, reinamos con Cristo si nos abrazamos a la cruz y somos pacientes en la contrariedad.

Pero, si perdemos la paciencia, es mucho lo que perdemos. Y de nada nos aprovecha padecer.

(TOI34X)

El resplandor de lo caduco

A los Corintios les dice san Pablo: Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente (2Co 3, 11).

En esta vida, lo caduco resplandece en ocasiones de tal forma, que parece cielo lo que no es sino polvo y ceniza. Y así se engañan muchos. Una pieza musical de calidad, los aplausos con que adornan al artista, un edificio colosal… El mismo cuerpo humano, cuando es aún joven y hermoso, brilla de tal forma que hemos de cubrirlo para que no deslumbre. Poco después, sin embargo, hiede, se corrompe y es pasto de gusanos. ¡Que se lo digan a san Francisco de Borja! En cierta ocasión, llevaba yo la comunión a una anciana inválida, sobre cuyo lecho pendía el retrato en carboncillo de una hermosa joven. «¿Es tu nieta?», le pregunté. «No. Soy yo», me dijo. Miré al retrato, la miré a ella… Y después miré embelesado el crucifijo de la mesa sobre la que deposité el portaviático.

Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. No nos engañe el resplandor de lo caduco. Las criaturas nos recuerdan a Él. Pero ellas pasan… Y sólo Él permanece.

(TOI34M)

Así se trata a un Rey

viuda pobre¡Qué paradoja! Quien menos tenía resultó ser quien más sabía. Y no había estudiado; su ciencia era la ciencia que no han perdido quienes han conservado limpio el corazón.

Vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del temploHan contribuido a los donativos –dijo Jesús– con lo que les sobra. Trataron a Dios como tratan los soberbios a los mendigos: le dieron, en limosna, las sobras de cuanto tenían. Pero Dios no necesita nuestras limosnas, y es insulto a su Majestad arrojarle las sobras. ¿No serás tú de los que echan en el cestillo de la misa las vueltas de la compra, o de los que rezan «si les queda algo de tiempo» al final del día? Porque aquellos ricos no trataron a Dios como a un rey.

Vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas… Ella, que pasa necesidad –dijo Jesús– ha echado todo lo que tenía para vivir. ¡Así se hace! Esta buena mujer, quizá pobre en sus bienes, pero rica, riquísima en su alma, supo desde el principio que Dios es rey. Y a un le da uno todo cuanto tiene. Después de hacerlo, se pone incondicionalmente en sus manos.

¡Qué gran mujer!

(TOI34L)

Un rey dormido

Cristo es un rey dormido.

El sagrario, la custodia, las manos del sacerdote, y tu propio cuerpo cuando comulgas son lechos donde descansa el Rey. Por eso muchos piensan que Dios ha muerto.

El mal avanza, gana terreno y la tierra se puebla de injusticias. Tú quisieras un signo, un gran milagro que arreglase definitivamente las cosas… y ese signo no llega. Comulgas, y no sientes nada. Te postras frente al sagrario, y te parece que estás ante una caja vacía. Rezas, y tienes la impresión de que nadie escucha.

Pero, no te engañes, Cristo está allí. Duerme para que aprendas a esperar, a confiar, y a descansar también tú.

Un día –así lo prometió, y lo cumplirá– se levantará del sueño, y entonces se rasgarán los cielos y gritarán los sagrarios. Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en su trono de gloria.

Entonces hará justicia. Tendrás el signo que esperabas. Pero el Juicio será muy sencillo. A unos les dirá: Venid. A otros les dirá: Apartaos. Nadie se sorprenderá. Porque dirá venid a quienes siempre quisieron ir a Él. Y dirá apartaos a quienes vivieron huyendo de Él.

(XTOREYA)