Evangelio 2018

16 octubre, 2017 – Espiritualidad digital

Signos pequeños, fe grande

Jesús nunca se comparó a sí mismo con Isaías, Jeremías o Ezequiel, que son los llamados «profetas mayores». Curiosamente, se comparó a sí mismo con Jonás, que era un alfeñique, un cobarde, y no tenía ni media bofetada.

Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

Si Jonás hubiese escupido rayos y hubiera hecho bajar fuego del cielo, los ninivitas, temblado, se habrían convertido. Sin embargo, la grandeza de la historia de Jonás consiste en que aquellos hombres creyeron que un pobrecito asustado les hablaba en nombre de Dios. Y se convirtieron.

Los judíos querían un signo; querían que Jesús pareciese Dios para no tener más remedio que creerlo. Pero Jesús, como Jonás, no parece Dios, sino hombre; tal quiso Dios que fuera su apariencia.

Miradlo en la Hostia: tan pequeño, tan manso, tan callado, tan dormido, tan humilde… Es preciso realizar un acto libérrimo de fe para rendirse a Él. Por eso es maravilloso postrarse ante una custodia, o realizar la genuflexión ante un sagrario: nada te obliga, nada te empuja, sólo la fe te mueve.

Pedid fe. La fe vale más que todos los signos juntos.

(TOI28L)