Evangelio 2018

octubre 2017 – Espiritualidad digital

No quieras ser grande

Si el Señor te tomara suavemente en sus manos, te elevara sobre la superficie de la tierra, y te mostrase todos los reinos del mundo con sus habitantes mientras te dijera: «Tráelos a mí» … ¿Qué responderías?

Quizá te sintieras incapaz. Pensarías que es preciso ser muy grande para abarcar tanto, que necesitarías muchos medios, mucho dinero, y un caudal de fuerzas que jamás has tenido. ¿Por dónde empezar? ¡Si no eres nadie!

Te equivocarías. Porque para responder fielmente a esa llamada no necesitas ser más grande de lo que eres, sino más pequeño. ¡Qué paradoja!

Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto. La esterilidad de tu apostolado no está causada por tu falta de medios, sino por tu falta de humildad. Si fueras tan pequeño que nada pudieras hacer sin rezar; si fueras tan diminuto que no tuvieras más remedio que confiar ciegamente en Dios; si, en lugar de tratar de expandirte por todas partes, te recogieras silenciosa y humildemente en Él… ¡Cuánto fruto daría tu vida!

No quieras ser grande. Los grandes lo rompen todo. Más bien, sé obediente y piadoso. Así serás omnipotente, con la omnipotencia de Dios.

(TOI30M)

¡Glorifica a Dios!

Cuando aquella mujer que llevaba dieciocho años encorvada, sin poderse enderezar, al recibir en su pobre cuerpo las manos de Jesús se puso derecha, san Lucas nos dice que glorificaba a Dios.

¡Cómo no glorificarlo! ¿Lo glorificas tú?

Tú has recibido mucho más que aquella mujer. Desde que naciste, estabas encorvado, porque le pertenecías al pecado, y tus ojos sólo se fijaban en los bienes de este mundo. ¿Cuántos años has estado así, sin pensar más que en las cosas de la tierra, y atado por tus miserias al barro de tu propia carne? Un día el Señor se cruzó en tu vida, impuso sobre ti las manos del sacerdote en el sacramento del Perdón, y, cuando saliste del confesonario, eras hijo de Dios, tenías la mirada en el cielo, y has sido alimentado con el pan que ansían los ángeles.

¿No estás agradecido? ¿O aún te quejas de todo? Deberías cantar por dentro.

Glorifica a Dios. Glorifícalo con tus palabras, llenándolas de luz y de alegría. Glorifícalo con tus obras, impregnándolas con el perfume de la caridad. Glorifícalo con tus pensamientos, teniendo tu conversación interior en los cielos. Glorifícalo con tus afectos, purificándolos con la castidad.

¡Glorifica a Dios!

(TOI30L)

¡Es tan fácil!

La Ley fue entregada por Dios a Moisés y a los antiguos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Pero, según palabras de Jesús, ninguno de vosotros cumple la ley (Jn 7, 19).

¿Cómo cumplirla? Ellos eran hombres, y Dios gloria y majestad suprema. La distancia entre el Altísimo y un ser formado del barro de la tierra era inmensa. Además, ellos, al igual que nosotros, no sabían amar sin que ese amor se manifestase a través de la carne. ¿Cómo amar a quien no ves, a quien no puedes besar, a quien no te dirige una sonrisa? ¿Cómo amar con todo el corazón al «Ipsum esse subsistens»?

No he venido a abolir la ley –dirá también el Señor–, sino a darle plenitud (Mt 5, 17). Mira a un crucifijo. ¡Es tan fácil enamorarse ahora! Mira la sagrada Hostia. ¡Si casi lloras ante su pureza y su humildad! Mira un Belén. ¡Cómo no amar!

Dios se ha encarnado. Y quienes tenemos corazón de carne podemos amarlo con todo el corazón. Lo único extraño, ahora, es que haya hombres que no lo amen, porque no quieren conocerlo. ¡Si lo conocieran!

(TOA30)

En tres palabras…

Tres grandes acontecimientos jalonan la vida de un apóstol:

– La llamada: Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce. Simón y Judas, entonces, se supieron invitados por el propio Cristo a una mayor intimidad con Él. Es lo mismo que te sucedió a ti en aquellos ejercicios espirituales, o en aquel encuentro de oración, o… Tú sabes.

– El envío: A los que también nombró apóstoles. Jesús les muestra el gran campo del mundo, y los envía a recoger lo que ellos no sembraron. Sucedió después de tres años de intimidad con el Señor, cuando, antes de ascender al Cielo, les mandó recorrer la tierra anunciando el Evangelio. Lo mismo te ocurrió a ti cuando comenzaste a sentir en tu alma ese fuego del celo apostólico. De repente, las almas te dolían, y hubieras querido entregar la vida por salvar una sola.

– La fidelidad: Simón y Judas, hombres limitados y pecadores como tú y como yo, animados por ese celo y ayudados por la divina gracia, entregaron sus vidas hasta el final y cumplieron su misión… ¿Como tú y como yo? A ellos, y a la Reina de los apóstoles, pediremos que así sea.

(2810)

Adversario, compañero, juez y abogado

Acostúmbrate, cada viernes, a clavar tus ojos en la Cruz. No me refiero a los ojos del cuerpo, que tienen que fijarse en mil cosas durante la jornada, aunque les hará bien, durante tu tiempo de oración, posarse amorosamente en un crucifijo. Pero, sobre todo, me refiero a tu alma, que puede encontrar ese crucifijo en todo lo que hoy te salga al paso.

Mientras vas con tu adversario al magistrado, haz lo posible en el camino por llegar a un acuerdo con él, no sea que te lleve a la fuerza ante el juez.

El crucifijo es adversario, es compañero de camino, es juez, y es, también, si tú lo quieres, abogado. Es adversario, porque son tus pecados los que lo han llevado a la Cruz. Es compañero de camino, porque recorre junto a ti la senda de tu vida. Es juez, porque su mansedumbre salva al buen ladrón y deja en evidencia al malo.

Pero también, si durante tu vida te abrazas a Él, si llegas con Él a ese acuerdo amoroso, es tu abogado, y desde la Cruz pide al Padre que perdone tus culpas y te convierta en hijo suyo.

Ya lo ves. Depende de ti…

(TOI29V)

La conversión de un padre de familia

«¡Por fin! Les pedí que me dejaran en paz, y se han marchado todos al cine, mi mujer y mis tres hijos. Ahora tengo la casa para mi solito, y, como lo vecinos tampoco están, no se oye ni un ruido. Voy a abrirme una cerveza y a sentarme ante el televisor… ¡Qué paz!».

Si por paz entiendes «eso», Jesús habla para ti: ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? ¡No, sino división!

Quieres reconciliarte con todos tus caprichos, aunque sea a costa de quitarte a los demás de encima. Pero la paz de Cristo, la verdadera paz (no «eso» que te han montado en el piso), no viene sin desgarro ni violencia. Es preciso que entables una lucha a muerte contra las seducciones de la carne, y te entregues al servicio de Dios y del prójimo. Fruto de esa lucha será la verdadera paz de Cristo.

Estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos, y dos contra tres… Pero no será porque los has enviado al cine para beberte una cerveza en «paz». Quizá, cuando te entregues a Dios, Él permita que sufras persecución, incluso dentro de tu casa. Así los redimirás también a ellos.

(TOI29J)

Al que mucho se le dio…

Supongo que muchos de quienes ahora leéis estas líneas rezáis todos los días. Quizá, un buen número de entre vosotros comulga a diario, y escucha la Palabra de Dios. También creo que seréis unos cuantos quienes recéis habitualmente el santo rosario, y quienes asistáis a algún medio de formación cristiana.

Todo ello son auténticos privilegios, y quisiera que no lo olvidarais nunca. Esas prácticas, por sí solas, no nos hacen mejores que los demás, pero es cierto que nos lo ponen mucho más fácil. Tenemos –digámoslo así– todas las «herramientas» a nuestro alcance para gozar mucho de Dios, y para pregustar, en esta tierra, las delicias celestiales. Deberíamos sentirnos abrumados por tantas caricias del cielo como recibimos. Y también deberíamos sentir esa dulce exigencia del Amor: ¡Hay que estar a la altura!

Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará. Debéis recordar que Dios espera más de nosotros que de aquéllos que no han recibido tanto. Y que nuestros pecados ofenden más a Dios que los de quienes apenas saben lo que hacen.

Una persona que ha recibido tanto como nosotros no puede conformarse con menos de la santidad. ¡Ay de mí, si dejara de aspirar a ella!

(TOI29X)

¿Cómo quieres escuchar, con tanto ruido?

No te quejes, diciendo que Dios te ha abandonado, o que no te escucha. Él ha llamado a tu puerta muchas veces, y has sido tú quien no ha prestado atención.

No eres quién para obligarle a Dios a gritar. Su llamada es suave y silenciosa. Pero tú tienes la aspiradora funcionando, la lavadora centrifugando, la televisión a todo volumen, y, por si fuera poco, no paras de cantar a gritos… ¿Cómo quieres escucharlo?

Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. No pareces alguien que esté esperando a Alguien. Más bien, pareces uno que está muy ocupado en vivir a todo tren. ¿Cómo vas a escuchar a Dios así? ¿Y aún te quejarás de que no te escucha Él?

Anda, apaga todos esos artilugios, deja de gritar, guarda silencio, afina el oído… Y lo escucharás llamar mil veces a tu puerta: en el sol que sale, en el vecino que te saluda, en el fracaso inesperado, en la enfermedad que te impide moverte, en el buen amigo, en tu familia, en el ser querido que ha marchado al cielo… ¿Ves, ahora, cuántas visitas recibes de Dios?

(TOI29M)

La pena del eterno ridículo

Condenarse por tonto debe ser una triste gracia. Imagino que, a la pena del fuego eterno, se añade, para los tontos, la pena del eterno ridículo. Ya comprenderéis que hablo de tontos con culpa. No es lo mismo la falta de luces que la obstinación de cerrar los ojos para no ver.

Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea… Y Dios le dijo: ¡Necio!

Quieres darte la «buena vida», y te anuncia Dios que morirás de mala muerte. Te crees dueño de muchos años, cuando tu propia existencia no está en tus manos. Y la «vidorra» que te prometen los bienes de este mundo –aunque los tengas en abundancia– no es sino una forma de cebarte antes de que la muerte te salga al paso y termine con todo. ¿No quieres darte cuenta de que lo que a ti te parece vida es una estúpida forma de morir?

Ojalá, ante el altar de Dios, donde una pobre porción de trigo es consagrada, pudieras exclamar cuanto dijiste ante tus miserables toneladas de grano: Descansa, como, bebe, banquetea… ¡He ahí el verdadero banquete, la verdadera «buena vida» por la que vale la pena renunciar a tus graneros!

(TOI29L)

Desconfía de quien te halaga

Cuando una persona muestra el camino del cielo, muchos, que no están dispuestos a abandonar sus comodidades terrenas para emprender tan «fatigoso» viaje, se empeñarán en desacreditarlo. ¡Hay que hacerlo bajar! ¡Hay que lanzar redes que lo arrastren a la tierra, que lo traigan a nuestro campo, y allí lo destrozaremos!

Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad.

Gritar que Jesús tenía un demonio no había funcionado. Apestaba a envidia. Era mejor lanzar la red de la zalamería y el halago. Cuando alguien te halaga, ciñe a tu frente una corona que siempre es prestada. Si pierdes el favor de tu adulador, cambiará esa corona de gloria por otra de espinas.

¿Es lícito pagar impuesto al César o no? La segunda red: mezclemos en banderías terrenas a quien habla del Cielo.

Hipócritas, ¿por qué me tentáis?

El pájaro rompió la red, y huyó. No dirá si se debe o no pagar tributo al César; tan sólo dirá que le pertenecemos a Dios. Lo del César, resolvedlo vosotros.

Ten cuidado con quien te halaga: no vayas a entregarle a los hombres la moneda de tu alma, que lleva la imagen de Dios.

(TOA29)