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octubre 2017 – Espiritualidad digital

No quieras ser grande

Si el Señor te tomara suavemente en sus manos, te elevara sobre la superficie de la tierra, y te mostrase todos los reinos del mundo con sus habitantes mientras te dijera: «Tráelos a mí» … ¿Qué responderías?

Quizá te sintieras incapaz. Pensarías que es preciso ser muy grande para abarcar tanto, que necesitarías muchos medios, mucho dinero, y un caudal de fuerzas que jamás has tenido. ¿Por dónde empezar? ¡Si no eres nadie!

Te equivocarías. Porque para responder fielmente a esa llamada no necesitas ser más grande de lo que eres, sino más pequeño. ¡Qué paradoja!

Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto. La esterilidad de tu apostolado no está causada por tu falta de medios, sino por tu falta de humildad. Si fueras tan pequeño que nada pudieras hacer sin rezar; si fueras tan diminuto que no tuvieras más remedio que confiar ciegamente en Dios; si, en lugar de tratar de expandirte por todas partes, te recogieras silenciosa y humildemente en Él… ¡Cuánto fruto daría tu vida!

No quieras ser grande. Los grandes lo rompen todo. Más bien, sé obediente y piadoso. Así serás omnipotente, con la omnipotencia de Dios.

(TOI30M)

¡Glorifica a Dios!

Cuando aquella mujer que llevaba dieciocho años encorvada, sin poderse enderezar, al recibir en su pobre cuerpo las manos de Jesús se puso derecha, san Lucas nos dice que glorificaba a Dios.

¡Cómo no glorificarlo! ¿Lo glorificas tú?

Tú has recibido mucho más que aquella mujer. Desde que naciste, estabas encorvado, porque le pertenecías al pecado, y tus ojos sólo se fijaban en los bienes de este mundo. ¿Cuántos años has estado así, sin pensar más que en las cosas de la tierra, y atado por tus miserias al barro de tu propia carne? Un día el Señor se cruzó en tu vida, impuso sobre ti las manos del sacerdote en el sacramento del Perdón, y, cuando saliste del confesonario, eras hijo de Dios, tenías la mirada en el cielo, y has sido alimentado con el pan que ansían los ángeles.

¿No estás agradecido? ¿O aún te quejas de todo? Deberías cantar por dentro.

Glorifica a Dios. Glorifícalo con tus palabras, llenándolas de luz y de alegría. Glorifícalo con tus obras, impregnándolas con el perfume de la caridad. Glorifícalo con tus pensamientos, teniendo tu conversación interior en los cielos. Glorifícalo con tus afectos, purificándolos con la castidad.

¡Glorifica a Dios!

(TOI30L)

¡Es tan fácil!

La Ley fue entregada por Dios a Moisés y a los antiguos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Pero, según palabras de Jesús, ninguno de vosotros cumple la ley (Jn 7, 19).

¿Cómo cumplirla? Ellos eran hombres, y Dios gloria y majestad suprema. La distancia entre el Altísimo y un ser formado del barro de la tierra era inmensa. Además, ellos, al igual que nosotros, no sabían amar sin que ese amor se manifestase a través de la carne. ¿Cómo amar a quien no ves, a quien no puedes besar, a quien no te dirige una sonrisa? ¿Cómo amar con todo el corazón al «Ipsum esse subsistens»?

No he venido a abolir la ley –dirá también el Señor–, sino a darle plenitud (Mt 5, 17). Mira a un crucifijo. ¡Es tan fácil enamorarse ahora! Mira la sagrada Hostia. ¡Si casi lloras ante su pureza y su humildad! Mira un Belén. ¡Cómo no amar!

Dios se ha encarnado. Y quienes tenemos corazón de carne podemos amarlo con todo el corazón. Lo único extraño, ahora, es que haya hombres que no lo amen, porque no quieren conocerlo. ¡Si lo conocieran!

(TOA30)

En tres palabras…

Tres grandes acontecimientos jalonan la vida de un apóstol:

– La llamada: Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce. Simón y Judas, entonces, se supieron invitados por el propio Cristo a una mayor intimidad con Él. Es lo mismo que te sucedió a ti en aquellos ejercicios espirituales, o en aquel encuentro de oración, o… Tú sabes.

– El envío: A los que también nombró apóstoles. Jesús les muestra el gran campo del mundo, y los envía a recoger lo que ellos no sembraron. Sucedió después de tres años de intimidad con el Señor, cuando, antes de ascender al Cielo, les mandó recorrer la tierra anunciando el Evangelio. Lo mismo te ocurrió a ti cuando comenzaste a sentir en tu alma ese fuego del celo apostólico. De repente, las almas te dolían, y hubieras querido entregar la vida por salvar una sola.

– La fidelidad: Simón y Judas, hombres limitados y pecadores como tú y como yo, animados por ese celo y ayudados por la divina gracia, entregaron sus vidas hasta el final y cumplieron su misión… ¿Como tú y como yo? A ellos, y a la Reina de los apóstoles, pediremos que así sea.

(2810)

Adversario, compañero, juez y abogado

Acostúmbrate, cada viernes, a clavar tus ojos en la Cruz. No me refiero a los ojos del cuerpo, que tienen que fijarse en mil cosas durante la jornada, aunque les hará bien, durante tu tiempo de oración, posarse amorosamente en un crucifijo. Pero, sobre todo, me refiero a tu alma, que puede encontrar ese crucifijo en todo lo que hoy te salga al paso.

Mientras vas con tu adversario al magistrado, haz lo posible en el camino por llegar a un acuerdo con él, no sea que te lleve a la fuerza ante el juez.

El crucifijo es adversario, es compañero de camino, es juez, y es, también, si tú lo quieres, abogado. Es adversario, porque son tus pecados los que lo han llevado a la Cruz. Es compañero de camino, porque recorre junto a ti la senda de tu vida. Es juez, porque su mansedumbre salva al buen ladrón y deja en evidencia al malo.

Pero también, si durante tu vida te abrazas a Él, si llegas con Él a ese acuerdo amoroso, es tu abogado, y desde la Cruz pide al Padre que perdone tus culpas y te convierta en hijo suyo.

Ya lo ves. Depende de ti…

(TOI29V)