Evangelio 2018

26 septiembre, 2017 – Espiritualidad digital

Esa distancia tan dolorosa

Desde aquel día en que, con doce años, Jesús se separó de sus padres, la espada de dolor comenzó a adentrarse en el corazón de María. Si el amor es el arte de guardar las distancias –¡y lo es!– el Amor nuevo que el Verbo traía a la tierra exigía una distancia dulcemente dolorosa que terminó de ajustarse en la Cruz. Allí la Madre contempla al Hijo circundado de dolor, y nada puede hacer por abrazarlo, besarlo o sanar sus heridas. Tan sólo puede sufrir con Él.

Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte… Jesús no salió, y María no vio a su Hijo. Lo escuchó, pero a la Virgen le dolían los ojos, y también los labios. «Es mi Hijo… ¡Y ni un beso!».

¡Misterio de dolor, misterio de amor! Tampoco nosotros lo vemos, Madre santa. Nos duele la sagrada Hostia; nos consuela y nos duele. Apacigua el alma y hiere los ojos. Como tú, lo escuchamos cuando se proclama su palabra. Mi madre y mis hermanos son estos: lo que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Entonces, cuando esa palabra se haya cumplido en nosotros, lo veremos como ahora lo ves tú. Fiat!

(TOI25M)