Evangelio 2018

14 septiembre, 2017 – Espiritualidad digital

¡Dulces clavos!

Nicodemo no podía comprender.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Para los fariseos, la salvación del hombre dependía del cumplimiento de una ley cuyos preceptos se multiplicaban casi hasta el infinito. ¿Cómo aceptar que la vida eterna sería entregada al hombre a cambio de una mirada amorosa a otro hombre levantado? A los crucificados se los llamaba «levantados». ¿Va a salvarse el hombre por mirar a una cruz? ¿Incluso si no cumplió los preceptos de la ley?

Que se lo digan al buen ladrón. En la Cruz, la ley ha saltado hecha añicos, para obtener su consumación. La salvación ya no depende de un comportamiento ajustado a unas normas, sino de una mirada en la que el hijo de Adán se enamora del Hijo de Dios. Ella, la Cruz, es escalera hacia el Paraíso y puerta del Cielo.

Miramos la Cruz de este lado, donde vemos a la muerte desposada con el Verbo Divino. Y, al enamorarnos, pasamos al otro lado, al de la Vida. En ese proceso, somos transformados y santificados.

¡Dulces clavos, dulce árbol!

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