Evangelio 2018

septiembre 2017 – Espiritualidad digital

Un rayo de tiniebla

No creo que los apóstoles fueran tontos. Me consta que no lo eran. Creo, simplemente, que tenían miedo. Yo también. Tengo fe, y, a la vez, tengo miedo. Casi tiemblo tanto como gozo.

Me refiero a la incapacidad de los Doce para comprender la Pasión: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. No parece difícil de entender; y, sin embargo, nos dice san Lucas que ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.

Pero, a fin de cuentas, ése es el problema: la oscuridad. Uno puede extasiarse ante el Cristo de Velázquez; la distancia que marca el lienzo permite esos derroches de piedad. Pero cuando, en tu vida, te acercas al Gólgota, todo se oscurece. Como dice san Lucas, no captas el sentido; lo captaste ante el lienzo, pero ya no ves nada. Dionisio Areopagita hablaba de un «rayo de tiniebla». Te parece que Dios te ha abandonado. Sabes que no es así; pero ¡vaya si te lo parece!

Los apóstoles no estaban ante el Cristo de Velázquez. El Jesús que anunciaba aquello caminaba a su lado, y compartían su suerte. Por eso no entendían. Por eso temblaban.

(TOI25S)

Un tiempo especial

Os comentaré una costumbre que he adquirido desde hace años, con la esperanza de que a alguno de vosotros pueda hacerle bien lo que me hace bien a mí.

Desde el día de hoy, fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y hasta el 5 de octubre, cuando celebramos las témporas de acción de gracias, procuro dedicar especial atención a los ángeles. Tengo a mi favor que, dentro de tres días, la Iglesia celebra a los ángeles custodios. Durante esta semana, trato a los ángeles en mi oración, los invoco frecuentemente durante la misa, me acompañan en el rezo del rosario, y procuro hablar con ellos a lo largo de todo el día.

Veréis el cielo abierto… Es, para mí, una semana muy alegre. Pienso que, para los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, la visión de los ángeles era algo extraordinario y sobrecogedor, mientras que, para mí, que soy hijo de Dios, los ángeles son como unos niños muy limpios y muy simpáticos que me acompañan día y noche. Porque los hijos de Dios no temblamos cuando Dios abre las puertas de los cielos. Vivimos con el cielo abierto. Es nuestra casa. Y los ángeles, nuestros hermanos.

(2909)

¿Hablan de ti a tus espaldas?

De lo que ahora te escribo, si sucede, no tienes por qué enterarte. Pero ojalá suceda.

Ojalá la gente que te conoce se hiciera lenguas de ti. Ojalá hablaran de ti a tus espaldas, y dijeran: «Mi compañero de trabajo me tiene descolocado. No se enfada nunca; están a punto de cerrar la empresa, y él sonríe» … «Mis vecinos son impresionantes. Tienen cinco hijos, y nunca les oigo quejarse. Ha llegado esa familia al bloque de vecinos, y han llenado de alegría el edificio. Conocen a todos, saludan a todos, se interesan por todos» … «Tengo un amigo de los de verdad. En cuanto necesito algo, allí está. Si me ve con mala cara, se desvive por mí. Si hospitalizan a alguien de mi familia, allí se presenta con un regalo y la mejor cara… ¡Increíble!».

No tienes por qué enterarte. Pero, si dijeran estas cosas a tus espaldas, quien las oyera preguntaría lo que Herodes preguntó: ¿Quién es éste, de quien oigo semejantes cosas?

Entonces, si no has permitido que los respetos humanos te llevaran a ocultar tu fe, tu compañero, amigo o vecino respondería: «¡Es que va a misa y se confiesa! De ahí saca su fuerza».

(TOI25J)

¡A la calle!

En cierta ocasión, un amigo me señalaba, admirado, cómo en cierta parroquia los matrimonios jóvenes acudían a las cuatro de la madrugada a velar al Santísimo.

Os confieso que, por más vueltas que le doy, no logro entender que el culmen del estado laical consista en que un matrimonio esté velando al Santísimo a las cuatro de la mañana.

Yo expongo al Santísimo en mi parroquia todas las semanas durante una hora los jueves por la tarde. Pero, en cuanto termina la misa, respetados los diez minutos de acción de gracias, quisiera coger una escoba para sacar a los seglares del templo a escobazos. No los echo, los envío. A mí, un seglar que pasa día y noche ante el Santísimo me parece comodón y beaturrón.

Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos. La culpa, muchas veces, la tenemos los sacerdotes. ¿Será que nos gusta presumir de teneros encerrados? No lo sé. Pero si escucháis bien cuando rezáis ante el Santísimo (y debéis orar ante el Santísimo), notaréis que el Señor también coge su escoba y os grita: «¡A la calle! ¡A la calle, hasta que sea “la santa calle”! ¡A pescar hombres!».

(TOI25X)

Esa distancia tan dolorosa

Desde aquel día en que, con doce años, Jesús se separó de sus padres, la espada de dolor comenzó a adentrarse en el corazón de María. Si el amor es el arte de guardar las distancias –¡y lo es!– el Amor nuevo que el Verbo traía a la tierra exigía una distancia dulcemente dolorosa que terminó de ajustarse en la Cruz. Allí la Madre contempla al Hijo circundado de dolor, y nada puede hacer por abrazarlo, besarlo o sanar sus heridas. Tan sólo puede sufrir con Él.

Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte… Jesús no salió, y María no vio a su Hijo. Lo escuchó, pero a la Virgen le dolían los ojos, y también los labios. «Es mi Hijo… ¡Y ni un beso!».

¡Misterio de dolor, misterio de amor! Tampoco nosotros lo vemos, Madre santa. Nos duele la sagrada Hostia; nos consuela y nos duele. Apacigua el alma y hiere los ojos. Como tú, lo escuchamos cuando se proclama su palabra. Mi madre y mis hermanos son estos: lo que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Entonces, cuando esa palabra se haya cumplido en nosotros, lo veremos como ahora lo ves tú. Fiat!

(TOI25M)

Amantes de la farándula

En ocasiones, damos pena con nuestra pasión por subirnos al «candelero», y nuestros deseos de ascender para brillar. No hablo sólo de famosos, actores, cantantes y futbolistas. También en nuestros ambientes eclesiásticos contamos con amantes de la farándula y el relampagueo. Claro que, en nuestra casa, siempre tenemos una santa excusa para  lucirnos: Nadie que ha encendido una lámpara la tapa con una vasija o la mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz. «¡Sería falsa modestia no brillar! Y eso, por no citar la parábola de los talentos».

Si, en lugar de interpretar el evangelio a favor de nuestro capricho, quisiéramos entenderlo, todo sería distinto, en la Iglesia y fuera de ella. ¿No lees que es quien encendió la lámpara el mismo que después la eleva? Si tu luz es postiza, no me extrañan tus deseos de ascender. Pero, si ha sido Dios quien ha hecho brillar la luz en ti, deja de buscar honores y permite que sea Él quien te eleve al candelero. Ah, y, por terminar de aclarar las cosas: El candelero es la Cruz, donde subió la Luz del mundo.

¿Aún quieres brillar?

(TOI25L)

¡Contratado!

Me hace gracia la respuesta de aquellos hombres ociosos a quienes el dueño de la viña preguntó: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Ellos, seguramente con desgana, dijeron: Nadie nos ha contratado.

Me hace gracia porque, en el sentido profundo de la parábola, el propietario de la viña es Dios. Y eso de que Dios me ofrezca un contrato de trabajo se me hace estrafalario. ¿Tendré que presentar mi «curriculum vitae»?

Pues estamos apañados. Porque mi CV está repleto de pecados. ¿Cómo me contratará Dios con semejante recomendación?

No será por mi CV. Será por quien se lo presenta. Porque Cristo ha tomado mi vida en sus manos, con todo su historial de traiciones, y la ha subido a la Cruz. Allí la ha lavado con su sangre, y, desde allí, se la presenta al Padre.

Entonces, a la vista de esas manos llagadas que le entregan mi CV, Dios me dice: «¡Contratado!». Pero ya debo corregir los términos, que no se llama contrato, sino alianza. Es mucho más, del mismo modo que una boda es más que el papel sobre el que los novios firman.

Ahora debo trabajar para Él. Le pertenezco. Me ha contratado.

(TOA25)

Si al menos una semilla diera fruto…

Es como la lluvia: no puedes bebértela toda, ni tan siquiera mojarte con todas las gotas. Cuando yo era niño, recuerdo que alzábamos la cabeza cuando llovía, y abríamos mucho la boca, queriendo bebernos aquella agua caída del cielo.

La semilla es la Palabra de Dios. Es la primera lectura, y el salmo, y después el evangelio. Cada día, la liturgia es como nube mañanera, que llueve la Palabra de Dios sobre los hombres.

No puedes meditar todo, memorizar todo, considerar todo. Lo desearías, pero no puedes. Hay semillas que caerán al borde del camino, otras que te encontrarán distraído y se perderán entre los abrojos de tus preocupaciones…

Pero, al menos, guarda cada día una palabra, una frase de la Escritura. Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia. Que al menos un versículo permanezca en tu memoria durante todo el día. Escoge el que más hondo te llegue. Y, después, repítelo una y otra vez, en los mil trances de la jornada, hasta la noche. Así –te lo aseguro–, al menos esa semilla dará fruto al ciento por uno.

(TOI24S)

La mala prensa de las buenas noticias

Jesús se comparó a sí mismo con Jonás en numerosas ocasiones. Ambos fueron enviados, de parte de Dios, a un pueblo pecador. Pero, en un aspecto, Jesús y Jonás fueron esencialmente distintos. Jonás anunció la inminencia de un castigo, mientras que Jesús anunció la buena noticia del reino de Dios.

Esa buena noticia es la de su misericordia y su amor hacia los pecadores. El mismo Dios que envió a Jonás para anunciar el castigo de Sodoma y Gomorra envía ahora a su Hijo para que el mundo se salve por Él.

Seguían a Jesús algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades. Para ellas, la noticia de la misericordia de Dios había sido su salvación. Ese Amor las rescató y llenó de alegría sus vidas.

Paradoja: A Jonás lo creyeron, y Sodoma y Gomorra ayunaron hasta aplacar la cólera de Dios. A Jesús lo mataron. No todos se alegraron, como aquellas mujeres. Quienes se creían justos se sintieron acusados por su inocencia. Como el hermano mayor del hijo pródigo, se entristecieron cuando debían alegrarse.

¿Por qué nos resulta más fácil creer las malas noticias que las buenas? ¿Por qué nos cuesta menos asustarnos que alegrarnos?

(TOI24V)

Miedo y envidia

Siento miedo y envidia ante el relato de la conversión de Leví. Quizá sea mejor que comience por el final.

Envidia. Me produce «santa envidia» el modo en que Mateo cambió radicalmente su vida con tanta agilidad ante una sola palabra del Señor. Yo escucho esa palabra todos los días, y quisiera ser tan ágil como ese publicano a la hora de cambiarlo todo. Pero los publicanos y prostitutas del evangelio sabían que estaban lejos, que eran pecadores, y que debían convertirse. Llegada la ocasión de enderezar sus vidas, la aprovecharon.

Miedo. Me produce miedo el pensar que yo estoy cerca de Jesús, y, por tanto, no estoy llamado a una conversión tan radical. ¿Estoy tan seguro de ser menos pecador que un ateo de cuya boca no se aparta la blasfemia? He visto, en muchas personas, cómo los pecados, en lugar de desaparecer, se mimetizan cuando el alma se acerca a Dios, y adoptan formas piadosas. Una vez mimetizados, la sensualidad espiritual –por ejemplo– es mucho más difícil de discernir que la burda lujuria. Y el cotilleo piadoso es mucho más difícil de reconocer que la murmuración grosera.

Sígueme… ¿Es por Mateo, o por mí? ¿O por los dos?

(2109)