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septiembre 2017 – Espiritualidad digital

Un rayo de tiniebla

No creo que los apóstoles fueran tontos. Me consta que no lo eran. Creo, simplemente, que tenían miedo. Yo también. Tengo fe, y, a la vez, tengo miedo. Casi tiemblo tanto como gozo.

Me refiero a la incapacidad de los Doce para comprender la Pasión: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. No parece difícil de entender; y, sin embargo, nos dice san Lucas que ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.

Pero, a fin de cuentas, ése es el problema: la oscuridad. Uno puede extasiarse ante el Cristo de Velázquez; la distancia que marca el lienzo permite esos derroches de piedad. Pero cuando, en tu vida, te acercas al Gólgota, todo se oscurece. Como dice san Lucas, no captas el sentido; lo captaste ante el lienzo, pero ya no ves nada. Dionisio Areopagita hablaba de un «rayo de tiniebla». Te parece que Dios te ha abandonado. Sabes que no es así; pero ¡vaya si te lo parece!

Los apóstoles no estaban ante el Cristo de Velázquez. El Jesús que anunciaba aquello caminaba a su lado, y compartían su suerte. Por eso no entendían. Por eso temblaban.

(TOI25S)

Un tiempo especial

Os comentaré una costumbre que he adquirido desde hace años, con la esperanza de que a alguno de vosotros pueda hacerle bien lo que me hace bien a mí.

Desde el día de hoy, fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y hasta el 5 de octubre, cuando celebramos las témporas de acción de gracias, procuro dedicar especial atención a los ángeles. Tengo a mi favor que, dentro de tres días, la Iglesia celebra a los ángeles custodios. Durante esta semana, trato a los ángeles en mi oración, los invoco frecuentemente durante la misa, me acompañan en el rezo del rosario, y procuro hablar con ellos a lo largo de todo el día.

Veréis el cielo abierto… Es, para mí, una semana muy alegre. Pienso que, para los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, la visión de los ángeles era algo extraordinario y sobrecogedor, mientras que, para mí, que soy hijo de Dios, los ángeles son como unos niños muy limpios y muy simpáticos que me acompañan día y noche. Porque los hijos de Dios no temblamos cuando Dios abre las puertas de los cielos. Vivimos con el cielo abierto. Es nuestra casa. Y los ángeles, nuestros hermanos.

(2909)

¿Hablan de ti a tus espaldas?

De lo que ahora te escribo, si sucede, no tienes por qué enterarte. Pero ojalá suceda.

Ojalá la gente que te conoce se hiciera lenguas de ti. Ojalá hablaran de ti a tus espaldas, y dijeran: «Mi compañero de trabajo me tiene descolocado. No se enfada nunca; están a punto de cerrar la empresa, y él sonríe» … «Mis vecinos son impresionantes. Tienen cinco hijos, y nunca les oigo quejarse. Ha llegado esa familia al bloque de vecinos, y han llenado de alegría el edificio. Conocen a todos, saludan a todos, se interesan por todos» … «Tengo un amigo de los de verdad. En cuanto necesito algo, allí está. Si me ve con mala cara, se desvive por mí. Si hospitalizan a alguien de mi familia, allí se presenta con un regalo y la mejor cara… ¡Increíble!».

No tienes por qué enterarte. Pero, si dijeran estas cosas a tus espaldas, quien las oyera preguntaría lo que Herodes preguntó: ¿Quién es éste, de quien oigo semejantes cosas?

Entonces, si no has permitido que los respetos humanos te llevaran a ocultar tu fe, tu compañero, amigo o vecino respondería: «¡Es que va a misa y se confiesa! De ahí saca su fuerza».

(TOI25J)

¡A la calle!

En cierta ocasión, un amigo me señalaba, admirado, cómo en cierta parroquia los matrimonios jóvenes acudían a las cuatro de la madrugada a velar al Santísimo.

Os confieso que, por más vueltas que le doy, no logro entender que el culmen del estado laical consista en que un matrimonio esté velando al Santísimo a las cuatro de la mañana.

Yo expongo al Santísimo en mi parroquia todas las semanas durante una hora los jueves por la tarde. Pero, en cuanto termina la misa, respetados los diez minutos de acción de gracias, quisiera coger una escoba para sacar a los seglares del templo a escobazos. No los echo, los envío. A mí, un seglar que pasa día y noche ante el Santísimo me parece comodón y beaturrón.

Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos. La culpa, muchas veces, la tenemos los sacerdotes. ¿Será que nos gusta presumir de teneros encerrados? No lo sé. Pero si escucháis bien cuando rezáis ante el Santísimo (y debéis orar ante el Santísimo), notaréis que el Señor también coge su escoba y os grita: «¡A la calle! ¡A la calle, hasta que sea “la santa calle”! ¡A pescar hombres!».

(TOI25X)

Esa distancia tan dolorosa

Desde aquel día en que, con doce años, Jesús se separó de sus padres, la espada de dolor comenzó a adentrarse en el corazón de María. Si el amor es el arte de guardar las distancias –¡y lo es!– el Amor nuevo que el Verbo traía a la tierra exigía una distancia dulcemente dolorosa que terminó de ajustarse en la Cruz. Allí la Madre contempla al Hijo circundado de dolor, y nada puede hacer por abrazarlo, besarlo o sanar sus heridas. Tan sólo puede sufrir con Él.

Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte… Jesús no salió, y María no vio a su Hijo. Lo escuchó, pero a la Virgen le dolían los ojos, y también los labios. «Es mi Hijo… ¡Y ni un beso!».

¡Misterio de dolor, misterio de amor! Tampoco nosotros lo vemos, Madre santa. Nos duele la sagrada Hostia; nos consuela y nos duele. Apacigua el alma y hiere los ojos. Como tú, lo escuchamos cuando se proclama su palabra. Mi madre y mis hermanos son estos: lo que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Entonces, cuando esa palabra se haya cumplido en nosotros, lo veremos como ahora lo ves tú. Fiat!

(TOI25M)