Evangelio 2018

28 agosto, 2017 – Espiritualidad digital

El altar

Me impresionó la advertencia, cuando fui ordenado diácono: podía besar el altar al inicio de la misa, pero no podía tocarlo con las manos. Ese privilegio está reservado a los sacerdotes. Cuando celebré mi primera misa, deposité mis manos sobre el altar en ese beso como quien tiene licencia para acariciar.

¿Qué es más, la ofrenda, o el altar que consagra la ofrenda? El altar es tierra sagrada. Posee inmunidad diplomática, porque es la embajada del cielo en la tierra. Aunque se posa en el suelo, es territorio celeste. Por eso, cuanto se deposita sobre el altar –beso incluido– le pertenece a Dios, y es ofrenda. He enseñado a las sacristanas de mi parroquia a no depositar nada sobre el altar cuando limpian. Si, confundiendo el altar con una mesa, dejan allí un trapo, ya no les pertenece. Ese trapo debería arder en holocausto; es de Dios. Tampoco quiero que me traigan, en las ofrendas, más que el vino, pan y agua que se entregan al cielo. Las flores con que se adorna el altar deben morir allí.

Y nuestras vidas. En cada misa, deberíamos depositarlas sobre el altar para no recuperarlas. Es como lanzarlas al cielo y dejarlas allí.

(TOI21L)