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agosto 2017 – Espiritualidad digital

Los que velan y los que duermen

En muchas ocasiones invitó Jesús a los suyos a permanecer en vela, recordándoles que la gracia llega sin avisar y pasa de largo cuando el hombre duerme.

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de la casa a qué hora viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. El dueño de la casa es el príncipe de este mundo. Cristo es el ladrón, que viene a abrir en la casa el boquete de la Cruz, por el que las almas escapan a la eternidad. No avisa de la hora, porque no debían los demonios saber cuándo el Ladrón les robaría.

Sin embargo, al llegar el momento, los apóstoles, en Getsemaní, durmieron a pierna suelta, mientras Judas, el siervo de las tinieblas, permaneció en vela. Eso no impidió al Señor abrir el boquete sobre el Calvario, pero las cosas no debieron suceder así. Si los apóstoles hubieran permanecido en vela, habrían sido fieles.

No te duermas. Recuerda que el demonio trabaja de noche. Si no abandonas la oración, permanecerás despierto, y, cuando el Ladrón aparezca, te robará y pasarás a ser de Dios.

(TOI21J)

La medida de vuestros padres

Un sacerdote camina por la calle. Un joven y una joven, al cruzarse con él, se detienen. El joven escupe en la cara al sacerdote, y siguen su camino.

¿Por qué?

Dos adolescentes pasan ante una iglesia. A voz en grito, profieren blasfemias imposibles de transcribir.

¿Por qué?

Una mujer se convierte. El marido, que había sido siempre una persona sosegada, comienza a increpar a la mujer cada vez que vuelve de misa, con ataques furibundos contra la Iglesia.

¿Por qué?

Porque el odio a Dios existe, y lo siembra el demonio en los corazones de quienes viven en pecado.

Sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! Como los genes de los padres perviven en los hijos, así sucede con el odio a Dios, inoculado en los suyos por el padre de la mentira.

No son actitudes racionales. Ni el sacerdote que cruza la calle ha insultado a los jóvenes, ni la Iglesia ha perjudicado a los adolescentes, ni esa mujer hace daño al marido por ir a misa. Es, sencillamente, que no lo pueden soportar. Hay que rezar mucho por personas así. Responder con odio sería letal para nosotros.

(TOI21X)

La gran batalla

Te copio, de la oración colecta de la misa de hoy: Concédenos que, así como (Juan) murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de tu verdad.

¡Bendita lucha! No consiste, desde luego, en liarse a golpes con todo el mundo, ni en emplear violencia contra quienes no creen. Es, más bien, la lucha que Cristo libró en Getsemaní, la de la valentía y la mansedumbre.

Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Es preciso entablar una batalla contra los respetos humanos y la propia cobardía para proclamar la verdad cuando la verdad duele, y para hacerlo de forma serena y firme. Se necesita toda una guerra interior para no devolver mal por mal cuando, al escuchar nuestras palabras, los hombres se vuelven contra nosotros. Seguir amando a quienes nos odian supone una conquista mayor que todas las gestas de un emperador.

Juan llevó a cabo esa lucha, y la venció con su muerte, aceptada como anuncio de la de Cristo y sacrificio redentor. A él le pediremos esa fortaleza. Hay una gran batalla que librar, y el escenario de esa batalla está dentro de nosotros.

(2908)

El altar

Me impresionó la advertencia, cuando fui ordenado diácono: podía besar el altar al inicio de la misa, pero no podía tocarlo con las manos. Ese privilegio está reservado a los sacerdotes. Cuando celebré mi primera misa, deposité mis manos sobre el altar en ese beso como quien tiene licencia para acariciar.

¿Qué es más, la ofrenda, o el altar que consagra la ofrenda? El altar es tierra sagrada. Posee inmunidad diplomática, porque es la embajada del cielo en la tierra. Aunque se posa en el suelo, es territorio celeste. Por eso, cuanto se deposita sobre el altar –beso incluido– le pertenece a Dios, y es ofrenda. He enseñado a las sacristanas de mi parroquia a no depositar nada sobre el altar cuando limpian. Si, confundiendo el altar con una mesa, dejan allí un trapo, ya no les pertenece. Ese trapo debería arder en holocausto; es de Dios. Tampoco quiero que me traigan, en las ofrendas, más que el vino, pan y agua que se entregan al cielo. Las flores con que se adorna el altar deben morir allí.

Y nuestras vidas. En cada misa, deberíamos depositarlas sobre el altar para no recuperarlas. Es como lanzarlas al cielo y dejarlas allí.

(TOI21L)

Temblando, y triunfando

Son palabras muy consoladoras: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Son consoladoras porque están dichas a un pecador. La permanencia de la Iglesia, por tanto, nunca se verá en peligro a causa de los pecados de sus ministros. La Historia nos lo ha demostrado.

Son consoladoras porque sabemos que nuestra adhesión al Papa, es decir, a Pedro, es garantía de nuestra adhesión a Cristo. Quien camina unido a Pedro camina seguro. Pedro es el garante de la unidad de la Iglesia.

Son consoladoras porque sabemos que la Iglesia prevalecerá, y que, mientras haya hombres en la tierra, habrá Iglesia.

Jesús dice el poder del infierno no la derrotará. No nos confundamos; no dice que no la hará temblar. La Iglesia lleva veinte siglos temblado, sometida a la fiereza de las olas y de las tempestades. Cuando muchos dijeron que caería, que la barca de Pedro se hundiría, fueron ellos quienes cayeron y se hundieron mientras la barca seguía a flote. Por tanto, temblor y luchas acompañarán siempre a la Esposa de Cristo. Pero el triunfo final está asegurado. Por eso luchamos y temblamos llenos de esperanza. Somos triunfadores.

(TOA21)