Evangelio 2018

agosto 2017 – Espiritualidad digital

Los que velan y los que duermen

En muchas ocasiones invitó Jesús a los suyos a permanecer en vela, recordándoles que la gracia llega sin avisar y pasa de largo cuando el hombre duerme.

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de la casa a qué hora viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. El dueño de la casa es el príncipe de este mundo. Cristo es el ladrón, que viene a abrir en la casa el boquete de la Cruz, por el que las almas escapan a la eternidad. No avisa de la hora, porque no debían los demonios saber cuándo el Ladrón les robaría.

Sin embargo, al llegar el momento, los apóstoles, en Getsemaní, durmieron a pierna suelta, mientras Judas, el siervo de las tinieblas, permaneció en vela. Eso no impidió al Señor abrir el boquete sobre el Calvario, pero las cosas no debieron suceder así. Si los apóstoles hubieran permanecido en vela, habrían sido fieles.

No te duermas. Recuerda que el demonio trabaja de noche. Si no abandonas la oración, permanecerás despierto, y, cuando el Ladrón aparezca, te robará y pasarás a ser de Dios.

(TOI21J)

La medida de vuestros padres

Un sacerdote camina por la calle. Un joven y una joven, al cruzarse con él, se detienen. El joven escupe en la cara al sacerdote, y siguen su camino.

¿Por qué?

Dos adolescentes pasan ante una iglesia. A voz en grito, profieren blasfemias imposibles de transcribir.

¿Por qué?

Una mujer se convierte. El marido, que había sido siempre una persona sosegada, comienza a increpar a la mujer cada vez que vuelve de misa, con ataques furibundos contra la Iglesia.

¿Por qué?

Porque el odio a Dios existe, y lo siembra el demonio en los corazones de quienes viven en pecado.

Sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! Como los genes de los padres perviven en los hijos, así sucede con el odio a Dios, inoculado en los suyos por el padre de la mentira.

No son actitudes racionales. Ni el sacerdote que cruza la calle ha insultado a los jóvenes, ni la Iglesia ha perjudicado a los adolescentes, ni esa mujer hace daño al marido por ir a misa. Es, sencillamente, que no lo pueden soportar. Hay que rezar mucho por personas así. Responder con odio sería letal para nosotros.

(TOI21X)

La gran batalla

Te copio, de la oración colecta de la misa de hoy: Concédenos que, así como (Juan) murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de tu verdad.

¡Bendita lucha! No consiste, desde luego, en liarse a golpes con todo el mundo, ni en emplear violencia contra quienes no creen. Es, más bien, la lucha que Cristo libró en Getsemaní, la de la valentía y la mansedumbre.

Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Es preciso entablar una batalla contra los respetos humanos y la propia cobardía para proclamar la verdad cuando la verdad duele, y para hacerlo de forma serena y firme. Se necesita toda una guerra interior para no devolver mal por mal cuando, al escuchar nuestras palabras, los hombres se vuelven contra nosotros. Seguir amando a quienes nos odian supone una conquista mayor que todas las gestas de un emperador.

Juan llevó a cabo esa lucha, y la venció con su muerte, aceptada como anuncio de la de Cristo y sacrificio redentor. A él le pediremos esa fortaleza. Hay una gran batalla que librar, y el escenario de esa batalla está dentro de nosotros.

(2908)

El altar

Me impresionó la advertencia, cuando fui ordenado diácono: podía besar el altar al inicio de la misa, pero no podía tocarlo con las manos. Ese privilegio está reservado a los sacerdotes. Cuando celebré mi primera misa, deposité mis manos sobre el altar en ese beso como quien tiene licencia para acariciar.

¿Qué es más, la ofrenda, o el altar que consagra la ofrenda? El altar es tierra sagrada. Posee inmunidad diplomática, porque es la embajada del cielo en la tierra. Aunque se posa en el suelo, es territorio celeste. Por eso, cuanto se deposita sobre el altar –beso incluido– le pertenece a Dios, y es ofrenda. He enseñado a las sacristanas de mi parroquia a no depositar nada sobre el altar cuando limpian. Si, confundiendo el altar con una mesa, dejan allí un trapo, ya no les pertenece. Ese trapo debería arder en holocausto; es de Dios. Tampoco quiero que me traigan, en las ofrendas, más que el vino, pan y agua que se entregan al cielo. Las flores con que se adorna el altar deben morir allí.

Y nuestras vidas. En cada misa, deberíamos depositarlas sobre el altar para no recuperarlas. Es como lanzarlas al cielo y dejarlas allí.

(TOI21L)

Temblando, y triunfando

Son palabras muy consoladoras: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Son consoladoras porque están dichas a un pecador. La permanencia de la Iglesia, por tanto, nunca se verá en peligro a causa de los pecados de sus ministros. La Historia nos lo ha demostrado.

Son consoladoras porque sabemos que nuestra adhesión al Papa, es decir, a Pedro, es garantía de nuestra adhesión a Cristo. Quien camina unido a Pedro camina seguro. Pedro es el garante de la unidad de la Iglesia.

Son consoladoras porque sabemos que la Iglesia prevalecerá, y que, mientras haya hombres en la tierra, habrá Iglesia.

Jesús dice el poder del infierno no la derrotará. No nos confundamos; no dice que no la hará temblar. La Iglesia lleva veinte siglos temblado, sometida a la fiereza de las olas y de las tempestades. Cuando muchos dijeron que caería, que la barca de Pedro se hundiría, fueron ellos quienes cayeron y se hundieron mientras la barca seguía a flote. Por tanto, temblor y luchas acompañarán siempre a la Esposa de Cristo. Pero el triunfo final está asegurado. Por eso luchamos y temblamos llenos de esperanza. Somos triunfadores.

(TOA21)

Padres e hijos

Si tomáramos en sentido literal las palabras del Señor, en las que dice no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo, los hijos tendrían que llamar a sus progenitores por el nombre de pila. No es eso lo que Dios quiere. El mismo Jesús, con toda seguridad, llamó Abbá a san José, como todos los niños llamaban a sus padres.

Lo que Jesús quiere decir es que los hijos deben ver en los padres instrumentos de Dios, y los padres deben saberse instrumentos de Dios hacia los hijos. Cuando un cristiano dice «papá», le está diciendo a su padre que, a través de su cariño, es Dios mismo, el verdadero Padre, quien lo cuida. Toda paternidad terrena es participación de la paternidad divina. Y por eso debéis los padres recordar que no sois sino embajadores de Dios. Pedid que estéis a la altura de tal encargo, porque, un día, el verdadero Padre os pedirá cuentas de cómo habéis ejercido la paternidad en su nombre.

No lo olvidéis: cuando anunciáis a vuestros hijos pequeños que Dios es su Padre, ellos piensan en vosotros: «Dios es como papá». Dejad bien a Dios.

(TOI20S)

Los dos leños de la Cruz

La Cruz es el centro del cosmos y de la Historia. Ella sostiene el Universo y lo vuelve hacia su Creador.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Amarás a tu prójimo como a ti mismo… En estos dos mandamientos se sostienen toda la ley y los profetas.

Repite Jesús la ley antigua, la que su Padre entregó a Moisés. Pero, al recitarla, enfatiza el modo en que todo se reclina sobre sobre estos dos mandamientos.

Porque, en estos dos preceptos, ya estaba dibujada la Cruz que sostendría el mundo.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Es el leño vertical de la Cruz, que une cielo y tierra. Es Cristo crucificado mirando a lo alto; sufriendo sobre el Leño por el honor de su Padre ultrajado en los pecados de los hombres.

Amarás al prójimo como a ti mismo… Es el leño horizontal, el que atraviesa la tierra uniendo a los hombres en un mismo amor. Es Cristo abriendo sus manos llagadas, llorando en la Cruz la condena de cada hijo de Adán.

Los dos leños duelen. Quien cumple hasta el dolor esos dos mandamientos vive crucificado con Cristo, y con Él sostiene el cosmos.

(TOI20V)

¿Quién eres?

Lo normal es que, cuando te presentas a alguien, tú dices quién eres y tu interlocutor dice quién es. «–Hola, soy Pedro. –Encantado. Soy Juan».

Pero, con el Señor, todo sucede al revés. Al presentarse a Natanael, es Jesús quien desvela la identidad del hermano de Felipe: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Después, para rematar la jugada, será Bartolomé quien diga quién es Jesús: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

Las cosas, como son: puedes pasar la vida aparentando, puedes crearte un perfil de Facebook a tu medida, puedes ponerte un nick megasonoro en los foros de Internet, puedes modelarte a base de horas de gimnasio y dedicar tres horas diarias a cuidar tu barba o tu peinado. Puedes engañar a todo el mundo, incluso a ti mismo, hasta el punto de que ya no sepas quién eres… Pero al Señor no lo engañas.

Si alguna vez quieres saber, de verdad, quién eres, no se lo preguntes a los hombres, ni tampoco quieras adivinarlo tú. Arrodíllate ante Dios y pregúntale: «Señor, ¿quién soy yo para ti?». Si en silencio escuchas la respuesta, sabrás quién eres.

(2408)

Parábola – ficción

Es toda una licencia; quizá atrevida. Digamos que es «parábola–ficción»:

¿Creéis que disfrutaron igual el denario quienes trabajaron durante todo el día por él y quienes lo recibieron con apenas una hora de trabajo? Supongo que no se mira con los mismos ojos un salario cuando has sudado para obtenerlo que cuando te ha tocado en una rifa. Y tampoco se gasta de la misma manera, claro.

No lo escribo por fantasear. Lo escribo pensando en la comunión. La Eucaristía es el gran salario inmerecido, venido tan sólo de la bondad y misericordia de Dios. Porque ese amo que dice de sí mismo yo soy bueno representa, sin duda, a Dios. En cuanto a nosotros… Lo mismo comulga quien ha pasado el día subido a la Cruz, entregado a Dios y a los demás, que quien ha pasado el día pecando y se confiesa diez minutos antes de misa. Quien comulga en pecado roba el denario, y de ese ladrón prefiero no hablar.

¿Creéis que aprovecha igual la comunión al enamorado de Cristo que al frívolo que acaba de confesar sin apenas arrepentimiento? Es el mismo denario; pero, realmente, aquellos empleados no cobraron lo mismo.

(TOI20X)

La Reina Madre

¡Qué sabiduría, la de la Iglesia! El mismo día en que proclama a María Reina de cielos y tierra, nos presenta el pasaje en que ella dice de sí misma: He aquí la esclava del Señor.

Pero, en el cielo, las cosas son así. No hay otro rey fuera del Señor. Sólo Él tiene el imperio, el poder y el señorío sobre todo lo creado. Pero, cuando una criatura se somete amorosamente a sus designios, Él la eleva, la hace suya, y la sienta en el trono de sus rodillas como sientan los padres a sus hijos. Desde allí, esa criatura reina con Dios.

María es esa criatura. Sometida en todo al Amor divino, no sólo reina con el Dios altísimo, sino que, por singular privilegio, reina también sobre Él. ¿Acaso no es la madre reina del Hijo? ¿No se somete el Hijo a la Madre, como se sometió en Caná, cuando, a petición de María, adelantó su hora?

Por eso la llamamos «Omnipotencia suplicante». Porque, en el cielo, Cristo sigue obedeciendo a María en todo. Y cuando Ella intercede por los hombres, el Hijo le concede cuanto pide.

Sin ser Dios, eres reina de Dios. ¡Cómo lo has enamorado!

(2208)