Liber Gomorrhianus

24 Julio, 2017 – Espiritualidad digital

Tres días y tres noches

Cuando Jesús, comparando su suerte a la de Jonás, asegura que tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra, podríamos responderle que no fue así; que fueron dos las noches –la del viernes y la del sábado– que pasó su cuerpo enterrado en el sepulcro de José de Arimatea. Pero la noche del jueves la pasó Jesús sepultado en un pozo, una fétida caverna que servía de mazmorra en el palacio de Caifás. La sepultura de Cristo comenzó en Getsemaní, continuó en el Gólgota, y se consumó en el sepulcro. Jueves, viernes y sábado.

Por tres días, el signo que Dios ofreció al mundo consistió en su silencio. Pareció, durante tres días y tres noches, que Dios no existía, que el mal vencía en el mundo, y que la cizaña había acabado definitivamente con el trigo. Días tremendos, que, de algún modo, se prolongan hasta hoy. Vivimos el sábado santo de la Historia.

Hablamos del signo del Dios dormido; el mismo que escandalizó a Simón en su barca, y que escandaliza a muchos todavía. Pero no debemos olvidar que un Dios dormido no es un Dios ausente, sino un Dios que espera…

(TOI16L)