Evangelio 2018

julio 2017 – Espiritualidad digital

Morada de Dios; nido de ángeles

Un alma en gracia es morada de Dios; nido de ángeles. Nunca soñó el hombre con ser elevado a dignidad tan grande. Si ya estaba fuera de su alcance el poblar los cielos, cuánto menos podía imaginarse convertido en paraíso.

El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas.

Ese grano de mostaza es el propio Cristo. Hecho el más pequeño de los hombres en la Cruz, fue sepultado en lo hondo de la tierra. Y, tan diminuto como la hostia que comulgas, es sembrado en tu alma.

Allí dentro, despliega su poder de Dios, resucita y crece transformado en el árbol de la Iglesia. Lo invade todo, desde lo profundo del alma, hasta convertirte en otro cristo. Y vienen las tres divinas personas al corazón del cristiano, y los ángeles al tabernáculo, para que esta tierra antes maldita, y esta alma, antes perdida, sean convertidas en cielo.

¡Qué grande es, Señor, tu misericordia!

(TOI17L)

¡A quién le importan las perlas finas!

La progresiva secularización de Occidente tiene dos diabólicos aliados: El primero es la falta de celo apostólico en los cristianos, cada vez más recogidos en nuestros templos y familias, y más perezosos para dar testimonio de nuestra fe ante quienes no creen. El segundo es el hedonismo. Es muy difícil que una sociedad tan sensualizada y sexualizada como la nuestra aprecie las finuras del reino de Dios. Es curioso cómo el avance tecnológico ha llevado a nuestra sociedad a semejante grado de embrutecimiento.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El problema es que, a día de hoy, los amantes de las perlas finas no abundan; muchos prefieren el estiércol. Es más fácil anunciar el evangelio a un deportista, a un artista o a un filósofo que a una persona adicta al whatsapp cuya única ilusión es acaparar «likes» en las redes sociales. Donde hay virtudes humanas, el evangelio prende mejor.

¿Y dónde no las hay? Allí hace falta un amigo, alguien que enseñe al prójimo, primero, a ser hombre, y, después, a ser cristiano.

(TOA17)

Santos «de abajo hacia arriba»

Se me ocurre que hay dos tipos de santos: unos son, como la Virgen, santos «de arriba hacia abajo», del cielo hacia la tierra, regalos con que Dios bendice a su Iglesia y le muestra sus maravillas. Y otros son santos «de abajo hacia arriba», de la tierra al cielo, como la ofrenda que una humanidad herida pero enamorada le hace a Dios. Santa Marta pertenece a esta categoría. Está tan llena de debilidades como de amor.

No es, como su hermana, una mujer callada y reflexiva. En ocasiones, parece que las palabras le brotan del corazón sin haber pasado por la cabeza. Como un volcán, escupe quejas mientras friega platos. Recibe al Señor tras la muerte de Lázaro, y, sin pensarlo, le regaña: ¡Si hubieras estado aquí! Las mismas palabras, en boca de María, significan algo totalmente distinto. Y, con la misma impulsividad, le brota del corazón un sincero acto de fe: Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Jesús sonríe. No le enfada la impulsividad de Marta. Y es que, a estas personas, que tienen el corazón lleno de amor al Señor, Dios se lo permite todo.

(2907)

Cada día hay algo para ti

Leamos la parábola del sembrador desde otro punto de vista. No queramos decidir qué tierra somos. Porque, en el alma, de todo hay; y las semillas sembradas son muchas.

Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla… No todo lo que escuchamos lo entendemos. Todos los días, las aves se llevan semillas sembradas en el alma.

La acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante… Escuchas una palabra, y te duele, porque te denuncia tu pecado. Te enrabietas. Haces propósitos, quieres cambiarlo todo. Llega la noche, y lo has olvidado.

Los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra. Mientras se leyó la Primera Lectura, estabas pensando en ese hijo que te ha dado un disgusto. Ni recuerdas de qué trataba. Otro día será.

El que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto. Todo lo escrito arriba te sucedió. Pero ha habido una frase que te ha llegado al alma. Guárdala en el corazón todo el día. Esa semilla, sí, cayó en tu «tierra buena». Si la cultivas, dará fruto.

Y es que no toda la Escritura es para todos todos los días. Pero, cada día, hay algo para ti.

(TOI16V)

Los que toman el sol con camiseta

He escuchado, en algunas ocasiones, esa comparación veraniega –y tan vacacional– según la cual la Palabra de Dios es como el sol: basta exponerse a ella para que el alma quede bronceada. Si las cosas son así, habrá entonces que decir que muchos toman el sol con camiseta.

Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque se ha embotado el corazón de este pueblo. Uno puede escuchar cada día, durante años, la Palabra de Dios, y no cambiar en absoluto. Le sucede a quien no está dispuesto a convertirse, a quien quiere frecuentar la compañía de Dios, pero a la vez se defiende de Él porque hay algo que no quiere perder. Por ejemplo: si una persona que acude a diario a la santa misa no está dispuesta a perdonar una ofensa, ¿creéis que por escuchar la Palabra perdonará? En absoluto. Antes bien, cada día entenderá que Dios le ha dado la razón, y que la justicia divina actúa a través de su rencor.

Bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Los apóstoles eran débiles, pero no tenían nada que defender ante Cristo. Por eso vieron, oyeron, murieron mártires y se santificaron.

(TOI16J)