Liber Gomorrhianus

29 Junio, 2017 – Espiritualidad digital

La santidad, en copa de barro

La Iglesia que peregrina por este mundo no es la sociedad perfecta. Tampoco es ningún hogar cristiano la familia perfecta, ni hay santo alguno –excepción hecha de la Virgen Santísima– que sea el hombre perfecto. Desde el principio, la Iglesia se estableció con hombres pecadores, y por pecadores fue gobernada. Pedro y Pablo, las dos columnas del templo de Dios en la tierra, eran personas imperfectas, llenas de debilidades. Y, desde los comienzos, tanto las Escrituras como los santos padres parecen haber querido que conociésemos esas debilidades.

¿Tendremos, entonces, que decir que para gustar la perfección es preciso esperar a formar parte de la Iglesia celeste? ¡No! Porque en la Iglesia terrena, que no es la sociedad perfecta, hay perfección, hay santidad, y hay cielo. Como hay cielo en un hogar cristiano, y hay cielo en las almas de los santos. Dios habita realmente entre los hombres, y Él es el cielo.

Pedro era un hombre imperfecto lleno de Dios. Pablo era un hombre imperfecto lleno de Dios. La grandeza del Espíritu consiste en que fue Dios, no Pedro ni Pablo, quien, a través de ellos, edificó la Iglesia.

También en ti Dios actúa. Alégrate. No eres menos que ellos.

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