Liber Gomorrhianus

26 junio, 2017 – Espiritualidad digital

Mejor en el banquillo que en el estrado

Dejando aparte a los señores magistrados de los juzgados de primera y demás instancias, quienes tienen un trabajo profesional que cumplir, la silla de juez, de verdadero juez, debe dejarse reservada sólo para Dios. Él es el único que cuenta con todos los datos para emitir un veredicto; sólo Él conoce los pliegues del corazón de cada persona. Quienes apenas nada sabemos de los demás –porque sólo conocemos lo que está a la vista– haríamos bien en cuidarnos mucho de juzgar a nadie.

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Paradójicamente, lo mejor para no juzgar es ser juzgados; ocupar, más bien, el banquillo del acusado que la silla del juez; y ocuparlo ahora, mientras vivimos, para que después, cuando Dios nos llame, no tengamos que volver a sentarnos allí.

Por ejemplo: una persona cercana a mí, en quien confiaba, me ha herido. Podría juzgarla como ingrata, injusta y desconsiderada. Pero, en ese caso, Dios me juzgará por cuantas veces le he herido yo, a pesar de que Él me eligiese como amigo.

¿No será mejor, ante el daño que esa persona me ha hecho, pensar: «Lo merezco por mis pecados»? En ese caso, mi penitencia está hecha. Salgo ganando.

(TOI12L)