Liber Gomorrhianus

24 Junio, 2017 – Espiritualidad digital

Un niño bien educado

Juan fue un niño muy bien educado. No cabe duda de que hubo, en esa educación, una asistencia muy especial del Espíritu Santo, y tampoco de que se trataba de un niño singular. Pero también es de justicia atribuir su mérito a Zacarías y a Isabel.

El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba, se nos dice de Juan. De Jesús cuenta san Lucas que crecía en sabiduría, estatura y gracia (Lc 2, 52). Pero ese crecimiento y esa configuración del carácter necesitaron de la ayuda de los padres.

Unos malos padres crían niños salvajes; les dan cuanto piden –para que no molesten– y los dejan asilvestrarse. Otros no crían; esculpen. Desde que el niño nace, ya saben en qué quieren que se convierta, y cincelan el carácter del niño conforme al proyecto que ellos hicieron, ahogando así la personalidad del hijo.

Unos buenos padres, como Zacarías e Isabel, saben que sobre el niño gravita un designio divino. Y procuran enseñar al hijo a escuchar a Dios, como ellos también lo escuchan, de forma que el pequeño llegue a ser lo que está llamado a ser, aunque no coincida con sus planes. Semejantes padres crían niños felices y santos.

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