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junio 2017 – Espiritualidad digital

Cuando lo de siempre no significa lo de siempre

Cuando Jesús sana al leproso que se había postrado ante Él, le dice: Ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio. ¿En qué consistía esa ofrenda?

Según el Levítico (Cf. Lv 14, 21ss.), la ofrenda consistía, para los pobres, en un cordero. El animal era inmolado (v. 25), y con su sangre se untaba el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha, y el dedo gordo del pie derecho del enfermo sanado.

Para que les sirva de testimonio… A través de este gesto, Jesús estaba diciendo a los sacerdotes que el verdadero Cordero había llegado. Y que, con su sangre, en la que quedaríamos purificados de la lepra de nuestras culpas, serían ungidos nuestros oídos para escuchar su palabra, nuestras manos para realizar sus obras, y nuestros pies para seguir sus huellas.

¿Recibieron aquellos sacerdotes el mensaje? Probablemente, no. Realizarían su trabajo de siempre con la rutina de siempre, para acabar en el descanso de siempre.

Pero también hay mucha gente que viene a misa, y, cuando sale, no ha comprendido nada.

No es que Dios no hable. Es que, muchas veces, estamos a otra cosa.

(TOI12V)

La santidad, en copa de barro

La Iglesia que peregrina por este mundo no es la sociedad perfecta. Tampoco es ningún hogar cristiano la familia perfecta, ni hay santo alguno –excepción hecha de la Virgen Santísima– que sea el hombre perfecto. Desde el principio, la Iglesia se estableció con hombres pecadores, y por pecadores fue gobernada. Pedro y Pablo, las dos columnas del templo de Dios en la tierra, eran personas imperfectas, llenas de debilidades. Y, desde los comienzos, tanto las Escrituras como los santos padres parecen haber querido que conociésemos esas debilidades.

¿Tendremos, entonces, que decir que para gustar la perfección es preciso esperar a formar parte de la Iglesia celeste? ¡No! Porque en la Iglesia terrena, que no es la sociedad perfecta, hay perfección, hay santidad, y hay cielo. Como hay cielo en un hogar cristiano, y hay cielo en las almas de los santos. Dios habita realmente entre los hombres, y Él es el cielo.

Pedro era un hombre imperfecto lleno de Dios. Pablo era un hombre imperfecto lleno de Dios. La grandeza del Espíritu consiste en que fue Dios, no Pedro ni Pablo, quien, a través de ellos, edificó la Iglesia.

También en ti Dios actúa. Alégrate. No eres menos que ellos.

(2906)

Nada es lo que parece

Hablaba ayer Jesús sobre el camino ancho, y hoy sobre el lobo con piel de cordero. Ambas imágenes son similares:

Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.

 Tanto el camino ancho como el falso profeta parecen dar vida, pero dan muerte. Es la eterna historia del pecado, el ardid más viejo de la vieja serpiente: lo promete todo, y todo lo arrebata.

Si el camino ancho te promete holgura para un viaje que termina en el abismo, el falso profeta, lobo vestido con piel de oveja, es experto en el arte de volver fácil lo difícil. Su predicación reconforta, y parece traer paz al espíritu. No te hablará del pecado, ni abrirá ante ti las puertas del infierno para infundirte temor. Al revés: escuchándole, podrías pensar que la salvación del alma es «cosa hecha». ¿Qué harás cuando, ante la muerte, caiga el disfraz, si nadie te preparó?

En la vida espiritual, nada es lo que parece. Ese camino estrecho que amenaza matarte, sin embargo, te llevará a la vida. Y ese profeta austero, como el Bautista, que te sitúa ante el infierno, sin embargo, guiará tus pasos hacia el cielo.

(TOI12X)

Sobre anchuras y estrecheces

Existen dos caminos, según la enseñanza de Jesús. Uno es ancho, y el otro estrecho. El primero lleva a la perdición, y el segundo a la vida: Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.

Nos equivocaríamos sin pensáramos que, en ese camino ancho, cada veinte metros existe un cartel con la inscripción: «HACIA LA RUINA». No dudo de que muchos, aunque ese cartel existiera, seguirían avanzando con la esperanza de poder darse la vuelta antes de alcanzar el abismo. Pero ese cartel no existe. Y muchos, que caminan por la senda ancha, creen dirigirse hacia la vida.

Que esta advertencia supla al cartel: Muchos caminan por la senda ancha mientras rezan, como si recorrieran el camino de Santiago. Oran, hacen lo que les da la gana, viven a todo tren, y además quieren que el propio Dios haga lo que ellos quieren y atienda sus súplicas.

Quienes caminan por la senda estrecha oran, renuncian a su voluntad, obedecen y entregan la vida, porque están enamorados. Éstos alcanzan el cielo.

(TOI12M)

Mejor en el banquillo que en el estrado

Dejando aparte a los señores magistrados de los juzgados de primera y demás instancias, quienes tienen un trabajo profesional que cumplir, la silla de juez, de verdadero juez, debe dejarse reservada sólo para Dios. Él es el único que cuenta con todos los datos para emitir un veredicto; sólo Él conoce los pliegues del corazón de cada persona. Quienes apenas nada sabemos de los demás –porque sólo conocemos lo que está a la vista– haríamos bien en cuidarnos mucho de juzgar a nadie.

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Paradójicamente, lo mejor para no juzgar es ser juzgados; ocupar, más bien, el banquillo del acusado que la silla del juez; y ocuparlo ahora, mientras vivimos, para que después, cuando Dios nos llame, no tengamos que volver a sentarnos allí.

Por ejemplo: una persona cercana a mí, en quien confiaba, me ha herido. Podría juzgarla como ingrata, injusta y desconsiderada. Pero, en ese caso, Dios me juzgará por cuantas veces le he herido yo, a pesar de que Él me eligiese como amigo.

¿No será mejor, ante el daño que esa persona me ha hecho, pensar: «Lo merezco por mis pecados»? En ese caso, mi penitencia está hecha. Salgo ganando.

(TOI12L)