Liber Gomorrhianus

31 Mayo, 2017 – Espiritualidad digital

La santa prisa

¡Qué prisas tan serenas! Nada que ver con esas prisas desquiciadas de nuestras ciudades, nuestras carreteras y nuestras taquicardias:

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Se apresura, porque la mueve un ataque de alegría. Y esa alegría, que en su vientre tiene carne, porque es la carne de que ella comparte con el propio Dios, la quema por dentro y la empuja hacia la casa de Isabel. Las dos mujeres llevan, en sus vientres, el futuro de la Humanidad. Y nadie lo sabe.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó de alegría en su vientre. Tiene prisa Juan, y salta inquieto, deseoso de nacer y ver con sus ojos a la Madre del Señor.

¡Qué hermosa es, ante los ojos de Dios, la prisa por servirle, por anunciar su nombre, por gozar sus dulzuras! Esa prisa también santifica deprisa a quienes, como María e Isabel están poseídos por ella. Nada que ver –repito– con el estrés de quienes tienen prisa para todo, pero siempre llegan tarde a la oración y a la iglesia. ¡Tienen tanto que hacer!

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