Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Mayo 2017 – Espiritualidad digital

La santa prisa

¡Qué prisas tan serenas! Nada que ver con esas prisas desquiciadas de nuestras ciudades, nuestras carreteras y nuestras taquicardias:

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Se apresura, porque la mueve un ataque de alegría. Y esa alegría, que en su vientre tiene carne, porque es la carne de que ella comparte con el propio Dios, la quema por dentro y la empuja hacia la casa de Isabel. Las dos mujeres llevan, en sus vientres, el futuro de la Humanidad. Y nadie lo sabe.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó de alegría en su vientre. Tiene prisa Juan, y salta inquieto, deseoso de nacer y ver con sus ojos a la Madre del Señor.

¡Qué hermosa es, ante los ojos de Dios, la prisa por servirle, por anunciar su nombre, por gozar sus dulzuras! Esa prisa también santifica deprisa a quienes, como María e Isabel están poseídos por ella. Nada que ver –repito– con el estrés de quienes tienen prisa para todo, pero siempre llegan tarde a la oración y a la iglesia. ¡Tienen tanto que hacer!

(3105)

La mejor forma de rendir el alma

Poco antes de subir al Padre, cuando, a las puertas del cenáculo, Jesús estaba a punto de salir para adentrarse en la noche de su Pasión, miró el Señor al cielo y dijo a Dios: He llevado a cabo la obra que me encomendaste. Horas después, gritaría desde la Cruz: Todo está cumplido (Jn 19, 30). Y entregaría su Espíritu.

¡Quién nos diera poder hacer nuestras estas palabras antes de morir! Si, llegada la hora de rendir cuentas, una mirada hacia atrás en nuestra vida nos moviera a exclamar, antes de entregar el alma: «¡He hecho lo que Dios me pidió!», pienso que moriríamos de un ataque agudo de alegría.

Estamos a tiempo. Espero que lo estemos. Aún podemos llegar a esta noche y decir que, durante todo el día, hemos buscado hacer sólo su voluntad. Y, después, mañana; y pasado; y al otro… Si cada noche pudiéramos decir: «Hoy sólo he buscado obedecer a Dios», moriríamos con la paz de quien ha cumplido la misión.

Claro que, para que así sea, debemos negar nuestra voluntad muchas veces durante el día; y someternos a una dirección espiritual que nos ayude a discernir la voluntad de Dios. Vale la pena. ¿Verdad?

(TP07M)

Tú, a lo tuyo

Creo no equivocarme si pienso que quienes leéis estas líneas amáis a Dios, y buscáis, en estos comentarios, ayuda para conocerlo y amarlo aún más. También creo que si a cualquiera de vosotros os preguntasen si deseáis hacer sufrir al Señor diríais que no. Yo también lo diría; por nada de este mundo desearía causar sufrimiento a un Señor a quien tanto amo y que –en palabras de santa Jacinta de Fátima– «ya está muy ofendido».

Nada diré de Judas. Pero, en cuanto a los otros once apóstoles, podrían haber suscrito el párrafo anterior sin el menor remilgo. Y, sin embargo, tanto ellos como nosotros hemos hecho y hacemos sufrir al Señor. ¿Por qué?

Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. No querían hacer sufrir a Jesús; querían salvar su vida. Pero sabían que, al hacerlo, dejaban solo al Maestro, y aun así prefirieron marcharse. Lo mismo nos sucede a nosotros cuando buscamos nuestro interés, salvamos nuestra imagen, o perseguimos nuestros caprichos sin pensar en lo que Dios quiere de nosotros. Le dejamos solo. Vamos «a lo nuestro», y no «a lo suyo».

(TP07L)

Sobre bebés y alumbramientos

Vuelve Jesús al cielo. Y, aunque vuelve con la satisfacción del deber cumplido, no deja en esta tierra una Iglesia consolidada y perfecta, sino un pueblo de Dios muy pequeño, muy débil y lleno de imperfecciones.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.

Eran pocos, y poca era su fe. Le habían visto hacer milagros, le habían visto morir, lo habían visto resucitado, y aún dudaban ante su misma presencia. Sin embargo, Jesús no vuelve al cielo preocupado, ni parece un fracasado que desiste de su empeño. Vuelve gozoso y triunfante. Sabe que deja en la tierra un bebé, una criaturita frágil y pequeña. Pero sabe también que esa pequeña criatura, animada por su Espíritu, llenará el Orbe y la Historia, porque es su esposa inmaculada.

La Ascensión del Señor es sólo el final de un tiempo en que los hombres pudieron ver el rostro de Dios sobre la tierra. Pero, por encima de eso, es el comienzo de la era del Espíritu. En ella hemos sido dados a luz por la Iglesia. Y, aunque añoramos ese rostro que aún permanece velado, quisiéramos también ser fecundados por el Paráclito y alumbrar hijos, muchos hijos para Dios. ¡Ven, Espíritu Santo!

(ASCA)

La alegría completa

La alegría admite grados; no es como la muerte. Nadie puede estar un poco muerto, ni muy muerto. Sin embargo, se puede estar un poco alegre, bastante alegre, muy alegre, loco de contento, y… Ahora os imagináis a alguien brincando por los pasillos, y os equivocáis. El grado superlativo de la alegría no es ruidoso, sino sereno. Quien está completamente alegre descansa en el silencio su alegría. No confundáis alegría con euforia, porque no es lo mismo.

Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. La frase de Jesús debe leerse en su contexto. Esa alegría completa no es el resultado de haber recibido los bienes implorados. Antes de eso, la alegría llena el corazón del cristiano en el mismo momento en que pide en el nombre del Señor.

Pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere. Cuando un cristiano ora así, no es él quien ora, sino el propio Cristo quien, por su Espíritu, ora desde el alma del cristiano. Y es esa identificación con Cristo, que convierte al cristiano en el hijo amado del Padre, la que llena el alma con la alegría perfecta.

(TP06S)

Esa alegría que nadie nos puede quitar

En varias ocasiones, durante el discurso de despedida de Jesús que estamos escuchando en estos días de Pascua, el Señor anuncia que volverá. Rápidamente vuela el corazón al día final, cuando cielos y tierra se desintegren y el Hijo del hombre aparezca sobre las nubes para instaurar su reino.

Sin embargo, esas palabras no se cumplirán sólo entonces. Se cumplen hoy, si somos fieles.

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Volvió después de resucitar, y se apareció a los suyos, dejando en sus almas un gozo inalterable. Y vuelve a nosotros, a cada uno, con la llegada del Espíritu a nuestras almas. Es su Espíritu el que viene a habitar en el cristiano, y así, nos convierte en morada suya y nos bendice con el gozo y la paz, frutos ambos del Paráclito.

La alegría del Espíritu no puede ser arrebatada porque sabe convivir con el dolor, con la tristeza y con la muerte misma. La luz natural no puede cohabitar con las tinieblas. Pero la luz del alma sí puede coexistir con la enfermedad, la soledad o las lágrimas. Y, entonces, el dolor se vuelve dulce, porque queda perfumado de Amor.

(TP06V)

Entendimiento

¡Al menos lo reconocen! No entendemos lo que dice, confiesan los apóstoles. No mucho antes, en Cafarnaúm, miles de personas se rebelaron contra el discurso del Pan de vida y abandonaron a Jesús, sin tampoco haber entendido lo que decía. Pero, por su cuenta, decidieron que aquellas palabras eran duras y no merecían ser escuchadas. Su soberbia los perdió.

Es normal que los apóstoles no entendieran. Aún no habían recibido el Espíritu, y, por tanto, no habían sido bendecidos con el don de entendimiento. Días más tarde, cuando el Paráclito descendiese sobre ellos, no sólo entenderían; también proclamarían. Y, desde ese momento, serían ellos los incomprendidos.

De los siete dones, el don de entendimiento es el que abre para nuestras almas las palabras de Jesús. Si lo pides, y después lo acoges, una sola frase de la Escritura podrá tenerte en oración días enteros, y tu alma se iluminará con las palabras del Señor. Sabrás entonces que esas palabras son más dulces al paladar del espíritu que la miel en la boca. Y las saborearás despacio, encontrando en esa dulzura el más grande de los siete dones: el de sabiduría, que tiene más que ver con saborear que con saber.

(TP06J)

La modestia de Dios

El que un hombre sea modesto es admirable, porque muy pocos lo son, pero se comprende. ¡Somos tan poca cosa! Lo realmente sobrecogedor es la modestia de Dios. Quizá es el último a quien le pediríamos que fuese modesto, porque nadie está sobre Él. Y, sin embargo, hay entre las tres divinas personas tal modestia que el sólo atisbarla hace estremecer.

Dice el Hijo –lo hemos oído muchas veces estos últimos días– que Él nunca hace ni dice nada por su cuenta. Habla y actúa según le muestra su Padre. Y el Espíritu –nos anuncia hoy el Señor– no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye. ¡Nadie parece darse importancia en esta concurrencia de personas divinas! Y, por si alguno pensase que, al menos, el Padre hace ostentación de lo suyo como fuente y origen de todo, prosigue hoy el Señor: Todo lo que tiene el Padre es mío. De modo que también el Padre entrega lo suyo sin darse importancia.

¡Qué ridículos quedamos, en comparación, los seres humanos! Siempre queremos vender nuestra marca, y dejar claro ante todos nuestra originalidad, para ensalzar nuestra imagen. ¡Cuánta inmodestia! Si tanto quieres encumbrarte, sé como Dios. Sé modesto.

(TP06X)

Los hijos de Dios no mueren

Jesús nunca dijo «me muero». Cuando se refirió a su Pasión, anunció más bien que entregaría la vida (Cf. Jn 10, 18). Otras veces, como en el evangelio de hoy, habló de su muerte como una vuelta al Padre: Ahora me voy al que me envió.

Un hijo de Dios nunca muere. Un hijo de Dios entrega su vida. Si pasas tus días huyendo de todo aquello que te hace sufrir, y defendiéndote de las personas que vienen a quitarte la vida, no vivirás como hijo de Dios, sino como un pobre animalito empeñado en sobrevivir. Entonces, un día, morirás. Y lo harás como un fracasado, que, al final, perdió la partida y fue alcanzado por la muerte.

Pero, si no te defiendes, si eres generoso y te dejas comer, si entregas tu vida a quienes vienen a buscarla, no morirás. El día en que salgas de este mundo, lo harás para volver a Cristo, de cuyo costado naciste. Y quienes te recuerden no dirán: «se ha muerto»; eso se dice de los animales. Si has vivido como un hijo de Dios, quienes te recuerden dirán: «Ha entregado la vida. Ha vuelto a Cristo, su Amor».

Vale la pena. ¿No?

(TP06M)

Rojo por el fuego. Rojo por la sangre

¿Te has preguntado alguna vez por qué el color litúrgico del Espíritu Santo es el rojo, el mismo color de los mártires? Fácil sería decir que el rojo de los mártires es el de la sangre, mientras el rojo del Espíritu es el del fuego. Pero más acertado será afirmar que el que viene como fuego al corazón del cristiano se acaba manifestando al mundo a través de la sangre.

El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio. El testimonio del Paráclito en el corazón del cristiano es dulce. Trae el recuerdo vivo del Señor, y, con el recuerdo, la presencia misma del Padre y del Hijo. El alma se llena de una inefable suavidad, y el cristiano se recoge dentro de sí para descansar sólo en Dios como descansa un niño en el regazo de su madre.

Pero el mismo Espíritu abrasa por dentro las entrañas. Había en mis entrañas como fuego –dice Jeremías–. Yo intentaba sofocarlo, y no podía (Jr 20, 9). Entonces el testimonio del Espíritu se vuelve oprobio para el cristiano, y el mundo recibe al siervo como recibió al Señor. El rojo, ahora, es el de la sangre.

(TP06L)