Evangelio 2018

30 abril, 2017 – Espiritualidad digital

Ágil como el ciervo

Cuarenta días después de su resurrección, Jesús ascendió visiblemente al cielo. Pero ese gesto no fue sino la manifestación definitiva de algo que ya había sucedido.

Jesús subió al cielo el mismo día de su resurrección; resucitó corporalmente en la orilla de la eternidad. Sus apariciones no prolongan los años que vivió en este mundo. Por eso a la Magdalena, a la vez que le decía todavía no he subido al Padre, le declaraba subo al Padre. Es decir, estoy aquí, pero estoy allí.

Lo reconocieron, pero él desapareció de su vista. Ya comprenderéis que no se subió al tejado de la casa, ni se escondió en el sótano. Es que, desde su resurrección, el diálogo con Jesús comienza en lo sensible y, desde allí, se traslada a lo eterno. Sucede cuando comulgamos: pasamos en un instante, de tragar con la garganta, a amar con lo más profundo del alma entre gemidos inefables. Los sentidos se han convertido el lugar de paso, y quiera Dios que sean bien resbaladizos, porque Jesús huye como el ciervo hacia lo eterno, y hay que ser ágiles para seguirlo. Quien quiera consuelos sensibles que se compre una tarta de chocolate. Comulgar es otra cosa.

(TPA03)