“Evangelio

Abril 2017 – Espiritualidad digital

El guardián de mi hermano

Después de haber matado a su hermano, Caín tuvo que escuchar cómo Dios le preguntaba por Abel. No quiero ni imaginar lo que sintió aquel primer homicida al ser preguntado por el paradero de su víctima. Pero no necesito imaginar lo que respondió, porque todos lo sabemos. Es una de las frases más cínicas de toda la Escritura: No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4, 9).

¿Con qué compraremos panes para que coman estos?, preguntó Jesús. Él, que morirá a manos de los hombres como un nuevo Abel, sí es el guardián de sus hermanos. Más que guardián: es el Pastor. Y el Pastor se preocupa por el hambre de las ovejas, como también se preocupa por su vida. Está dispuesto a morir para que ellas vivan, y convertirse en pasto para que ellas coman.

¿Y tú? Mira a tu alrededor. Estás rodeado de almas que mueren de hambre porque no conocen a Cristo. ¿Eres tú el guardián de tu hermano, o no lo eres? ¿No te preocupa que tus vecinos, tus amigos, o tus familiares vivan sin Dios? ¿Te da igual que se condenen? ¿No te acercarás a ellos para ofrecerles Pan y Vida?

(TP02V)

Las manos en las que vivo

Cuando creo que soy dueño de mi vida, sufro la peor de las pesadillas. Pienso, entonces, en todo lo que está en mis manos, en tantas cosas que dependen de mí… Y el peso casi me aplasta. Tiemblo al pensar en las consecuencias de mis errores, en los males que podrían suceder si me equivoco o bajo la guardia. Y la vida se me hace una tarea imposible, una tensión continua y sin descanso… Hasta que despierto.

El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. ¡Cuánto me engañé! Me creía Dios, y temblaba. Pero no soy Dios. En realidad, soy algo maravilloso: soy el regalo que Dios Padre ha hecho a su Hijo, y con infinito Amor ha depositado en sus manos. Vivo en las manos de Cristo. Son manos llagadas, y por eso sufro, pero esas mismas llagas me muestran unas manos amorosas y tiernas que jamás dejarán de amarme. En esas manos vivo. Y son ellas, las manos llagadas de Cristo, las que sostienen el mundo a la vez que me sostienen a mí. Si duermo en ellas, no sufriré nunca más la pesadilla de creer que el mundo está en mis manos.

(TP02J)

La ciudad sobre el Monte

Cuando Jesús dijo: No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte, los judíos que lo escuchaban pensaron en Jerusalén, la ciudad santa edificada sobre el monte Sión.

Pero Jesús se refería a la Iglesia y al Calvario. La Iglesia es la ciudad edificada sobre el Gólgota, crucificada con Cristo. Allí, en lo alto, no puede ocultarse, porque se encuentra desnuda y despojada ante los ojos de Dios. Desde la Cruz, la Iglesia ilumina la tierra.

Tengo miedo. Temo que, en Occidente, los cristianos hayamos bajado de la Cruz, lo cual supondría abandonar secretamente la Iglesia. Temo a esa oración sin sacrificio que acaba por convertirnos en burgueses piadosos. Observad vuestra vida, y comprobad si seguís en lo alto del Monte, si no habéis bajado de la Cruz. ¿Reconocéis en vosotros el oprobio de Cristo, perseguido por hablar las palabras de Dios? ¿Distinguís las marcas de la penitencia? ¿Experimentáis el cansancio de quien se deja comer por los demás? ¿Os mueve vuestra oración a entregar la vida, o alguien os ha convencido de que también se puede rezar desde abajo, mirando a Quien ha subido al monte a través de unos ojos adornados con piadosas lágrimas?

(2604)

Inexpugnables

De cuando en cuando, alguien se acerca tembloroso y me llora: «Padre, creo que me han hecho un maleficio… Me han “echado mal de ojo”… Soy víctima de una maldición…» Después, me piden un exorcismo, o una oración de liberación. Gran parte de las veces, lo que buscan es que les deje de doler la pierna, que puedan vender una casa, o que encuentren trabajo de nuevo, calamidades asociadas por ellos al supuesto maleficio.

¿No ha dicho el Señor: A los que crean, los acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre? No todos los que creen son exorcistas (aunque espero que todos los exorcistas crean). El exorcista expulsa al demonio cuando ha entrado. Pero quien tiene fe lo expulsa antes de que entre. Para los limpios, todo es limpio (Tt 1, 15), dice san Pablo. Quien está limpio, vive en gracia de Dios, tiene fe y ama al Señor, no debe temer maleficio alguno. Aunque pronunciaran sobre él cientos de maldiciones, los demonios quedarían fuera. Podrán quitarle el trabajo o la salud, podrán ocasionarle sufrimientos sin número, pero eso al limpio lo une a la Cruz. A su alma no pueden ni rozarla. Una persona así no necesita exorcismos.

(2504)

El que no se sorprenda de nuevo…

Uno de los problemas que los cristianos tenemos para dejarnos sorprender por la Escritura es que, si hemos recibido buena formación, aparentemente contamos con casi todas las respuestas, y por ello no nos damos por aludidos con las preguntas. Cuando Nicodemo escuchó decir a Jesús: El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, quedó sumido en el estupor. Nosotros leemos las mismas palabras, y pensamos: «el bautismo nos hacer nacer a la gracia». Pasamos al párrafo siguiente. Pero eso no significa que hayamos entendido. Significa solamente que nos lo han explicado.

¿Puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? El nacimiento que Nicodemo conoce es el biológico, cuando el hombre nace «hacia fuera», hacia los seres creados.

El nuevo nacimiento es un nacer hacia dentro. A través de los sacramentos, el Espíritu saca al hombre, cruzando una puerta interior, hacia la eternidad, donde mora con él. No basta, para entenderlo, haber estudiado teología sacramental. Es preciso tener vida interior, y haber cruzado una muerte a la que pocos se arriesgan.

Por eso, ante el evangelio de san Juan, prefiero el estupor de Nicodemo al bostezo de quien todo lo sabe.

(TP02L)

La Divina Misericordia y el perdón de los pecados

divina misericordiaSólo los niños se dejan limpiar cuando se han manchado. Para muchos cristianos, sin embargo, el arrodillarse ante un sacerdote y confesar sus pecados, reconociendo que necesitan su absolución para quedar limpios, supone un trauma imposible de afrontar. Por eso se acercan a Dios imponiendo sus reglas: «Mira, Señor, esto mejor lo arreglamos entre Tú y yo». Convencidos de que se han confesado directamente con Dios, no dudan en acercarse a comulgar.

He escrito «imponiendo sus reglas», porque el Señor ha dejado claro cómo desea derramar el perdón de los pecados en las almas. Y lo ha hecho el mismo día de su resurrección, al decir a los apóstoles: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados. Desde ese momento, la Iglesia ha buscado siempre el perdón en las manos de los obispos y los sacerdotes.

Hoy es el día de la Divina Misericordia. Pero no olvidemos que esa Misericordia, que brota del costado de Cristo, llega a las almas a través de las manos de sacerdotes pecadores. Quizá, de este modo, la misma misericordia brilla más. En todo caso, así lo ha dispuesto el Señor. Será porque nos quiere niños, y desea que nos dejemos redimir y limpiar.

(TPA02)

Si tuviéramos fe

Cuando uno celebra su boda, lo que menos le apetece es enfadarse con los invitados. No creo que Cristo resucitado pueda contrariarse por tener que reñir a los suyos; al fin y al cabo, ya ha vencido toda batalla. Pero no fue elegante, por parte de los cristianos, recibir la victoria de Cristo con incredulidad. Tampoco ese día, el más grande de la Historia, estuvimos a la altura.

Se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, porque no había creído a los que lo habían visto resucitado. De la misma forma había reprendido a los dos de Emaús.

Esas reprensiones estaban más dirigidas a nosotros que a ellos. Porque ellos, al fin y al cabo, lo vieron, y, al verlo, cesaron sus dudas. Pero nosotros, muy probablemente, no lo veremos en esta vida; tendremos que esperar hasta alcanzar su orilla. Entre tanto, debemos creer a quienes lo habían visto.

Más me preocupan quienes no tienen a quien creer, porque nadie les habló. Porque mayor reprensión mereceremos nosotros que ellos. ¿Acaso no nos dijo Jesús Id al mundo entero y proclamad el evangelio? ¿Lo estamos haciendo?

(TP01S)

Sobre el rostro de Jesús resucitado

Ese «mirar dos veces» con que los apóstoles escrutan el rostro del Señor resucitado, es fascinante. María lo toma al principio por el hortelano, los de Emaús creen que es un peregrino, los Doce lo confunden con un fantasma… Y hoy, junto al Mar de Galilea ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Pero, si no se atrevían, es porque estaban tentados de preguntarle.

El rostro de Jesús había cambiado. Era el mismo rostro, pero sus rasgos no eran los que ellos recordaban. No debería extrañarnos. El que un cuerpo humano escape de las redes del tiempo para ingresar en la eternidad tiene que conllevar, necesariamente, cierta alteración. En muchas ocasiones, y precisamente al meditar este pasaje, lo he imaginado más mayor, con los cabellos y la barba ligeramente canos. ¿No ha sufrido la Historia entera en la Cruz? ¿Qué tendría, pues de extraño, el que reflejase en su semblante la experiencia de la ancianidad? También han desaparecido los rictus de la tensión, la angustia y el dolor. Ya sólo hay paz en ese rostro.

Y, sin embargo, más que nunca, las palabras de Juan son verdaderas: Es el Señor.

(TP01V)

Creer sin tocar

Quizá pensaba en este momento Juan cuando escribía: Lo que contemplamos y tocaron nuestras manos: al Verbo de la vida, pues la vida se hizo visible (1Jn 1, 1–2). Jesús, en la noche del domingo, se había aparecido a los apóstoles, temerosos y asustados, y les había invitado a tocarlo: Palpadme, y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos.

¡Qué bien lo entendemos! El sentido del tacto es el mejor remedio contra el miedo. Toma la madre la mano del hijo asustado, y el niño, al contacto con la piel de su mamá, recupera la calma. ¿Nunca has puesto tu mano en el hombro de quien está preocupado o triste? Ese contacto, tan personal y directo, es certeza de la cercanía de un ser querido, y por ello aporta seguridad. Quien toca o es tocado sabe que no está solo. Y lo sabe en las células, que es donde necesita saberlo, porque son las células las que tiemblan.

No es por halagar nuestra vanidad, pero tenemos mérito. No tocamos a Cristo, y creemos. No lo palpamos, y lo amamos. Sé que parafraseo a san Pedro; de él lo he aprendido.

¡Qué tremenda es la fe!

(TP01J)

Al menos conservaste la memoria

Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el cieno» (2Pe 2, 22). Estas palabras parecen estar pensadas para aquellos dos discípulos que iban caminando a una aldea llamada Emaús.

Un día encontraste a Jesús, y, loco de amor, decidiste romper para siempre con el pecado y con la muerte. Querías vivir eternamente, porque la eternidad era Él. Junto a Él caminaste, dejando atrás cuanto fuiste… Hasta que el Señor se adentró en las sombras que preceden a la luz.

Te quedaste quieto. Titubeaste, y, asustado por las sombras, te diste la vuelta. «¿Y si no hay nada? ¿Y si, después, todo era mentira o sugestión? Ya no lo veo. ¿Y si ha muerto? ¿Y si nunca existió, si fue un sueño?»… Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día.

Tomaste el camino de vuelta hacia tu sepultura, dispuesto a encerrarte allí. ¡Pobre idiota! ¿No ves que, después de haber conocido a Cristo, nada colmará tu corazón si no es Él?

Quédate con nosotros. ¡Menos mal que, aunque perdieras la fe, no perdiste la memoria!

(TP01X)