Evangelio 2018

abril 2017 – Espiritualidad digital

Ágil como el ciervo

Cuarenta días después de su resurrección, Jesús ascendió visiblemente al cielo. Pero ese gesto no fue sino la manifestación definitiva de algo que ya había sucedido.

Jesús subió al cielo el mismo día de su resurrección; resucitó corporalmente en la orilla de la eternidad. Sus apariciones no prolongan los años que vivió en este mundo. Por eso a la Magdalena, a la vez que le decía todavía no he subido al Padre, le declaraba subo al Padre. Es decir, estoy aquí, pero estoy allí.

Lo reconocieron, pero él desapareció de su vista. Ya comprenderéis que no se subió al tejado de la casa, ni se escondió en el sótano. Es que, desde su resurrección, el diálogo con Jesús comienza en lo sensible y, desde allí, se traslada a lo eterno. Sucede cuando comulgamos: pasamos en un instante, de tragar con la garganta, a amar con lo más profundo del alma entre gemidos inefables. Los sentidos se han convertido el lugar de paso, y quiera Dios que sean bien resbaladizos, porque Jesús huye como el ciervo hacia lo eterno, y hay que ser ágiles para seguirlo. Quien quiera consuelos sensibles que se compre una tarta de chocolate. Comulgar es otra cosa.

(TPA03)

Estas cosas

Cuando dice Jesús: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla, ¿a qué se refiere? ¿Qué son estas cosas? ¿Qué las hace inasequibles a los sabios, y, sin embargo, las deja al alcance de la gente sencilla?

Los sabios y entendidos hablan mucho; cuando quieren mostrarte su sabiduría te fulminan, porque sus explicaciones suelen ser interminables. La gente sencilla, sin embargo, habla poco. Necesitan pocas palabras para decirte lo que quieren, porque su mundo interior no está poblado por realidades inescrutables y enrevesadas, sino por unos pocos sueños que son claros como el agua.

Tendremos, por tanto, que entender que estas cosas, a las que se refiere Jesús, no requieren largas explicaciones para transmitirlas ni mentes sofisticadas para entenderlas. Cuando los sacerdotes nos alargamos en los sermones nos convertimos en una plaga bíblica. La gente sencilla se agota.

Lo más curioso de todo es que Jesús se refiere a la sencillez suma: en realidad, estas cosas se expresan sin palabras. Son inefables. Los discursos sobran. En ocasiones, basta con llevarse la mano al pecho. Hablo de amores grandes y de silencios elocuentes. Mejor me callo.

(2904)

El guardián de mi hermano

Después de haber matado a su hermano, Caín tuvo que escuchar cómo Dios le preguntaba por Abel. No quiero ni imaginar lo que sintió aquel primer homicida al ser preguntado por el paradero de su víctima. Pero no necesito imaginar lo que respondió, porque todos lo sabemos. Es una de las frases más cínicas de toda la Escritura: No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4, 9).

¿Con qué compraremos panes para que coman estos?, preguntó Jesús. Él, que morirá a manos de los hombres como un nuevo Abel, sí es el guardián de sus hermanos. Más que guardián: es el Pastor. Y el Pastor se preocupa por el hambre de las ovejas, como también se preocupa por su vida. Está dispuesto a morir para que ellas vivan, y convertirse en pasto para que ellas coman.

¿Y tú? Mira a tu alrededor. Estás rodeado de almas que mueren de hambre porque no conocen a Cristo. ¿Eres tú el guardián de tu hermano, o no lo eres? ¿No te preocupa que tus vecinos, tus amigos, o tus familiares vivan sin Dios? ¿Te da igual que se condenen? ¿No te acercarás a ellos para ofrecerles Pan y Vida?

(TP02V)

Las manos en las que vivo

Cuando creo que soy dueño de mi vida, sufro la peor de las pesadillas. Pienso, entonces, en todo lo que está en mis manos, en tantas cosas que dependen de mí… Y el peso casi me aplasta. Tiemblo al pensar en las consecuencias de mis errores, en los males que podrían suceder si me equivoco o bajo la guardia. Y la vida se me hace una tarea imposible, una tensión continua y sin descanso… Hasta que despierto.

El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. ¡Cuánto me engañé! Me creía Dios, y temblaba. Pero no soy Dios. En realidad, soy algo maravilloso: soy el regalo que Dios Padre ha hecho a su Hijo, y con infinito Amor ha depositado en sus manos. Vivo en las manos de Cristo. Son manos llagadas, y por eso sufro, pero esas mismas llagas me muestran unas manos amorosas y tiernas que jamás dejarán de amarme. En esas manos vivo. Y son ellas, las manos llagadas de Cristo, las que sostienen el mundo a la vez que me sostienen a mí. Si duermo en ellas, no sufriré nunca más la pesadilla de creer que el mundo está en mis manos.

(TP02J)

La ciudad sobre el Monte

Cuando Jesús dijo: No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte, los judíos que lo escuchaban pensaron en Jerusalén, la ciudad santa edificada sobre el monte Sión.

Pero Jesús se refería a la Iglesia y al Calvario. La Iglesia es la ciudad edificada sobre el Gólgota, crucificada con Cristo. Allí, en lo alto, no puede ocultarse, porque se encuentra desnuda y despojada ante los ojos de Dios. Desde la Cruz, la Iglesia ilumina la tierra.

Tengo miedo. Temo que, en Occidente, los cristianos hayamos bajado de la Cruz, lo cual supondría abandonar secretamente la Iglesia. Temo a esa oración sin sacrificio que acaba por convertirnos en burgueses piadosos. Observad vuestra vida, y comprobad si seguís en lo alto del Monte, si no habéis bajado de la Cruz. ¿Reconocéis en vosotros el oprobio de Cristo, perseguido por hablar las palabras de Dios? ¿Distinguís las marcas de la penitencia? ¿Experimentáis el cansancio de quien se deja comer por los demás? ¿Os mueve vuestra oración a entregar la vida, o alguien os ha convencido de que también se puede rezar desde abajo, mirando a Quien ha subido al monte a través de unos ojos adornados con piadosas lágrimas?

(2604)