Liber Gomorrhianus

14 Marzo, 2017 – Espiritualidad digital

La santidad con lentejuelas

Cuando uno lee las vidas de los santos, se percata de que, en todos ellos, ha habido siempre un fortísimo deseo de pasar desapercibidos. Nunca quisieron brillar en el mundo; antes bien, se gloriaron en las injusticias, y vieron como un privilegio el ser perseguidos. Algunos de ellos, no obstante, fueron aplaudidos y venerados en vida; Dios quiso ensalzarlos en este mundo como lumbreras que mostraran a los hombres el camino del cielo. Pero ellos accedieron a este deseo divino con mucha humildad y soportando una fuerte repugnancia interior; no querían ser vistos. Cuando a san Francisco lo aclamaban en los pueblos, él, para desengañarlos, decía: «¡Aún puedo tener hijos e hijas!». Después pedía a fray Bernardo que le escupiese. ¡Pobre fray Bernardo!

Les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas. Es todo un distintivo de la falsa piedad. Cuando un cristiano se gloría en los aplausos, o se envanece al ser designado como maestro, o busca puestos de relevancia dentro de la Iglesia, sabes que su pretendida piedad no es sino una forma de engañarse a sí mismo y a los demás.

El verdadero santo quiere quemarse para que Cristo brille.

(TC02M)