Liber Gomorrhianus

Marzo 2017 – Espiritualidad digital

¡Respóndeme!

Faltan dos semanas para que escuchemos en nuestros templos, mientras nos acercamos a depositar nuestro beso en la Cruz, los improperios de Miqueas: Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he ofendido? ¡Respóndeme!

Y se hace muy difícil responder. La pregunta lleva tantos siglos en el aire que el dolor de esa respuesta que no llega es ya insoportable.

Trataban de matarlo… Intentaban agarrarlo… ¿Por qué? ¿Qué había hecho, qué ha hecho Jesús? ¿Es un delincuente, un ladrón, un asesino, un peligro para la humanidad? ¿Acaso va armado, o ha amenazado de muerte a alguien? ¿Qué te he hecho?

Y, sin embargo, esa fuerza terrible que grita ¡Crucifícalo! está también dentro de mí. Se trata de ese «hombre viejo» que quisiera matar todo atisbo de vida espiritual; es la carne, herida por el pecado, que odia al alma tocada por Dios. Hay en mí una fuerza que desearía que Dios estuviera muerto para erigirse, ella misma, en dios.

A ese «hombre viejo» es a quien debo llevar, por la penitencia, a la cruz. Quizá allí, como el buen ladrón, se amanse y se convierta. Y el verdugo pase a compartir la muerte de su víctima. Entonces estaré redimido.

(TC04V)

El poder de un hombre que dice «no»

¡Qué terrible es el misterio de la libertad humana! Ante un hombre que dice «no», ni el propio Dios puede cambiar su decisión si él mismo no se convierte. Como las olas rompen contra el acantilado, así el poder de Dios, cuando tropieza con un «no» del ser humano, se quiebra y se desmorona en llanto de impotencia: ¡Y no queréis venir a mí para tener vida!

Paradójicamente, el hombre es poderoso cuando dice «no» a Dios. Tiene, en ese instante, el poder de destrozar el corazón de su Creador, de llevar a la Cruz al Redentor, y de matar a Aquél que le dio vida. ¡Qué poder tan terrible!

Sin embargo, cuando el hombre dice «sí» a Dios, no tiene ningún poder. Se rinde ante el Amor, y le permite a ese Amor desplegar todas sus maravillas en él. En ese instante, el poderoso es Dios. Él santifica, Él redime, Él restaura lo que estaba destruido y sana lo que estaba enfermo. Un hombre que dice «sí» es instrumento dócil del Amor de los amores. ¿Qué poder han tenido los santos, sino el de Dios?

Por eso la Virgen María, al decir «hágase», abrió las puertas de la redención.

(TC04J)

Obediencia

La vida de Cristo podría resumirse en esta frase: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que viere hacer al Padre. El sacrificio con que nos redimió consistió, principalmente, en su obediencia. Yo no puedo hacer nada por mí mismo.

La mejor manera que tenemos de unirnos a Él, ahora que la Semana Santa se acerca, pasa por decir, cada noche, algo semejante: «Hoy no he hecho nada por mí mismo. He pasado el día obedeciendo a los dictados de Dios. A la hora de rezar, estuve rezando; a la hora de trabajar, trabajando; a la hora de descansar, descansando. Y, a la hora de tratar a mis hermanos, los he tratado según el corazón de Cristo, no según mis simpatías y antipatías». Si pudiéramos decir esto con verdad, antes del descanso nocturno, podríamos estar seguros de que hemos pasado el día crucificados con Cristo.

No nos pide Dios que tengamos ideas geniales, ni que hagamos cosas extrañas. Nos pide que rindamos nuestro juicio y nuestra voluntad, que obedezcamos al director espiritual, y que nos sometamos a un horario que es la entrega de nuestro tiempo. Es decir, que obedezcamos junto a quien, obedeciendo, nos redimió.

(TC04X)

La señal del agente prevalece

Cuando aprendí a conducir, me enseñaron que «la señal del agente prevalece». Es decir, si llegas a un semáforo en rojo, y, junto al semáforo, un agente de la policía municipal te hace señas para que circules, tú te olvidas del color del semáforo y sigues la marcha.

Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla, le dicen los judíos al hombre que había quedado sano. Pero aquel hombre, que debió aprender a conducir camillas en una autoescuela, les responde: El que me ha curado es quien me ha dicho: «Toma tu camilla y echa a andar». Si el mismo Dios que prescribió el descanso sabático te dice que tomes la camilla y circules, la señal del Agente prevalece.

¿Y por qué iba Dios a quebrantar su propia ley? Jamás lo haría; no es propio de Dios contradecirse. Más bien, la cumplió y le dio plenitud. En un solo sábado, descansó en la muerte, postrado en un sepulcro, para que los muertos tuvieran vida y los tullidos caminasen. Aquellos judíos no habían comprendido que el precepto sabático era el anuncio de un Sábado Santo en el que el propio Dios, al cumplir misteriosamente su ley, renovaría la creación.

(TC04M)

No bajo

El diálogo entre aquel funcionario real y Jesús, trasladado desde Caná al Calvario, resulta sobrecogedor.

Señor, baja antes de que se muera mi niño. Clavado en la Cruz, tus manos no pueden posarse en la cabeza de mi hijo. Y tus pies no pueden llegar hasta mi casa. Si Tú mismo estás al borde la muerte, ¿cómo podrás dar vida a quienes mueren? Baja de la Cruz, baja antes de que se muera mi niño.

Anda, tu hijo vive. Estás muy equivocado. Podría bajar de la Cruz, encaminarme a tu casa y posar mis manos sobre la cabeza de tu hijo. Él se levantaría, recobraría el aliento, y viviría durante unos años para morir después. Sin embargo, desde este leño, os daré a tu hijo y a ti una vida que no acaba. Mejor me quedaré aquí, como se mantuvo Moisés en lo alto del monte, orando por la vida de su pueblo. Anda, tu hijo vive.

Y creyó él con toda su familia. Recibió aquel hombre mucho más de lo que había pedido. Pidió una vida temporal, y obtuvo vida eterna para muchos. No temas acercarte a la Cruz. Cuando parece que Dios pierde, es cuando más ganamos todos.

(TC04L)

Mejor un problema que un pecado

Furiosos porque Jesús había sanado a un ciego en sábado, los fariseos escucharon de labios del Señor: Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos. Se dieron por aludidos: ¿También nosotros estamos ciegos? Y Jesús les ofreció una respuesta sublime: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

Piénsalo bien: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado. Un invidente no tiene un pecado; tiene un problema. Pero nadie se condenará por ser ciego. Al contrario: si ama a Dios, resucitará con vista. Y poco le importará no haber mirado en esta tierra si ve el rostro del Señor en el cielo. Si te dieran a elegir entre pecar y quedar ciego, ¿qué elegirías? Ya sabes lo que eligieron los mártires.

Pero como decís que veis, vuestro pecado persiste. La soberbia, sin embargo, es un problema y un pecado. El soberbio no puede amar a Dios si no se convierte. Y soberbio permanecerá en el infierno quien soberbio ha vivido en la tierra. Aunque apenas tuviera dioptrías.

Quien tiene un problema sólo tiene dolor. Quien vive en pecado está muerto, aunque camine.

(TOA04)

El pecado se redime obedeciendo

Todo el misterio del pecado se resume en una palabra: desobediencia. El hombre quiso ser dios para sí mismo, quiso decidir sobre el bien y el mal. En lugar de obedecer a su Creador, que le mostraba el camino de una vida plena, prefirió seguir los dictados de su ignorancia: «Esto no puede ser pecado; esto es muy difícil y no lo haré…» Y se despeñó en la muerte, arrastrando consigo a todos los hijos de Eva. Cada día se alejaba más el hombre de su Dios y se hundía con más fuerza en el abismo.

¿Cómo desandar el camino andado, cómo redimir al hombre? Obedeciendo. Por eso el Verbo se hizo carne, para unirse a nosotros en nuestra humana naturaleza, y, desde dentro, emprender el camino de la obediencia: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad».

Lo dice el Hijo desde el seno de la Virgen. Aún no habla, y ya obedece. Obedecerá hasta la Cruz, y hará en todo la voluntad de su Padre.

Aquí está la esclava del Señor… María, desde el principio, camina con Él. Y tú, y yo, cogidos de su mano. Desandemos el camino que nunca debimos recorrer. Obedezcamos. ¿Tienes ya un director espiritual?

(2503)

Mirad cómo me veo…

Cuando se habla de las tentaciones de Cristo, pocas veces se hace referencia a la idolatría. Pero ese pecado condensaba toda tentación. El mismo demonio lo invitó a postrarse ante él y rendirle culto.

Pero no fue sólo Satanás. Los hombres lo tentaron para que adorase a sus ídolos. Quisieron hacerlo rey, para que adorase el poder; lo invitaron a bajar de la Cruz, para que adorase el placer; quisieron que callara la verdad y adorase la mentira; le lanzaron adulaciones fingidas, para que adorase el prestigio humano…

El Señor, nuestro dios, es el único Señor. Desde lo alto de la Cruz, Cristo parece gritar: «Mirad cómo me veo, por no querer agradar a nadie sino a Dios, por negarme a caer postrado ante quien no sea Él, y por no desear entregar mi vida sino al único Señor. No haré vuestra voluntad, aunque me cubráis de falsa gloria; haré sólo la suya. Y si así me veo por obedecerle, mil veces lo prefiero a verme cubierto de riquezas por obedeceros a vosotros y morir después».

¿Te parece duro? A mí me parece fascinante, la única verdad. Porque esa profesión de fe nos libera. Sólo quien adora así es libre.

(TC03V)

No desparrames

Mírate: tienes la cabeza en mil cosas a un tiempo, y no resuelves ninguna porque tu atención se reparte entre las mil. Admito que, quitando novecientas noventa y nueve, Dios es una de ellas. Al menos, cuando rezas, intentas acallar las demás; pero tampoco lo consigues. ¿Cómo puedes guardar tantas preocupaciones en un solo cráneo? ¿Cómo puedes intentar estar en todas ellas? ¿Sabes cómo te encuentras? Te lo diré: estás desparramado.

El que no recoge conmigo, desparrama. Me parece que Jesús lo ha dicho expresamente para ti. ¿Por qué no recoges con Él? Anda, trata de recogerte. Trae tus sentidos y potencias, tu memoria, tu imaginación, y también tu entendimiento hacia Él. Tira un poco hacia dentro de ti mismo, como si fueras un pastor que recoge al rebaño en el redil.

No lo haces, porque tienes miedo. Temes que, si dejas de pensar en alguna de esas cosas, el mundo colisionará, y las estrellas caerán sobre la tierra. ¿No estás sosteniendo tú solito el cosmos entero a fuerza de preocuparte?

Despierta, niño. O, mejor, duérmete, niño. Duérmete en Él, y así te recogerás. Cierra los ojos, descansa, y comprueba como Él lo sostiene todo mejor que tú. No desparrames.

(TC03J)

La ley convertida en crucifijo

De los fariseos había dicho Jesús: No imitéis su conducta, porque dicen y no hacen (Mt 23, 3).

Ahora dice: Quien los cumpla y enseñe (los preceptos de la ley) será grande en el reino de los cielos. Y se refiere a Sí mismo. Por eso, antes de examinarnos sobre si cumplimos o no, si enseñamos o no, contemplemos a quien hizo ambas cosas. Quizá así nos enamoremos.

Cristo ha llevado a plenitud la ley en el Calvario. Más aún: Él, Cristo crucificado, es nuestra ley. Si a Moisés le entrego Dios el decálogo escrito en piedras sobre el Sinaí, a nosotros nos ha entregado la ley entera, viva y sangrante, en el Gólgota.

Si aquella primera ley mostraba el camino hacia el Mesías, Cristo, nuestra ley, es el Camino hacia el cielo. Y quien quiera llegar a las moradas eternas –enseña santo Tomás– no tendrá sino que amar lo que Cristo amó en la Cruz, y despreciar lo que Él, crucificado, despreció.

Clavado en el leño, Cristo amó la gloria de Dios, su santa voluntad, y la salvación de los hombres. Despreció los bienes terrenos, las alabanzas humanas y los deseos carnales. He ahí la ley convertida en crucifijo.

(TC03X)