Evangelio 2018

febrero 2017 – Espiritualidad digital

Dime si vale la pena

La recompensa que Jesús promete en esta tierra a quienes lo siguen puede resultar desconcertante para muchos: Cien veces más -casas, y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-.

Habrá quien diga: «¿Para qué quiero tantas casas y tierras, y tanta familia, si me van a perseguir y no me dejarán disfrutarlo?».

Antes de aclarar lo que Jesús promete, quizá convenga recordar lo que no promete: el Señor no promete a nadie una vida sin dolor. ¿Cómo podría prometerla quien ha muerto en una cruz?

Y, para que entendamos en qué consiste realmente ese ciento por uno, y cómo las persecuciones no podrán ahogar su brillo, debemos saber que Él es nuestra casa, Él nuestra tierra, Él nuestro hermano y nuestra hermana, Él nuestro padre y nuestra madre… Y Él es, también, el que nos espera tendido en la cruz de la persecución para convertirla en lugar de Amor.

¿Entiendes, por tanto, que la recompensa que Jesús te ofrece en esta vida si le sigues es Él mismo? Vivir con Él, gozar con Él, padecer con Él, morir con Él… Y, después, con Él resucitar y reinar con Él eternamente. ¿Vale, o no vale la pena?

(TOIO8M)

La religión de los tristes

Crees en Dios, rezas, vas a misa y confiesas regularmente, pero no eres feliz. Estás en la iglesia y quisieras estar en otro sitio; mientras rezas, en tu corazón deseas acabar pronto para hacer otras cosas. Pero, cuando has terminado y haces otras cosas, tampoco eres feliz. Tienes de todo, y nada te satisface. Ni disfrutas de Dios, ni disfrutas del mundo.

Me recuerdas a ese joven que acudió a Jesús en busca de vida eterna. Nos cuenta san Marcos que el Señor se lo quedó mirando con cariño. Esos ojos de Dios encarnado clavados en él eran toda una oferta. ¿Acaso no estaban ofreciéndole el Amor de su corazón sacratísimo? Y ese Amor es el único que puede colmar las ansias del ser humano.

Anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres… Luego sígueme. Él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Tuvo que elegir, y, por quedarse con lo suyo, eligió la religión sin Amor; la religión de los tristes, de los cumplidores.

Mírate bien por dentro, y busca. Tú le has dicho que no a Jesús en algo. Cuando le entregues «eso», conocerás su Amor, y ese Amor te hará feliz.

(TOI08L)

El estrés del pianista

En 1998, Giuseppe Tornatore estrenó «La leyenda del pianista en el océano». En esa película narra cómo un hombre, nacido, criado y crecido en un barco, tras más de treinta años durante los cuales jamás abandonó la nave, siente el deseo de bajar a tierra. Cuando sus pies tocan la escalera que lo llevará al muelle, el vértigo se apodera de él. Y, para explicar lo que sintió, le muestra a su amigo el teclado de un piano: tiene un número determinado de teclas, y él puede controlarlas todas. Así es su vida en el barco. Pero el mundo exterior se le antoja un teclado infinito; todo se le escapa. «Es el piano de Dios», dice.

Muchos sufren el estrés del pianista. Sentados en el piano de Dios, quieren controlarlo todo, organizar su vida de modo que nada se les escape… Y no pueden. Un contratiempo, una enfermedad, un fracaso, y se desmoronan.

Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. El santo duerme y confía. En el piano de Dios, él no es sino una tecla. Le basta ser dócil y dejarse pulsar por la mano del Artista.

(TOA08)

La secreta sabiduría del niño

La secreta sabiduría del niño reside, curiosamente, en su impotencia. Ningún niño se angustia con la carga de tener que ganarse la vida y alimentar a los suyos. Para el niño, la vida se recibe como se recibe la leche materna. Él no tiene más que acoger lo que sus padres le entregan, dejarse cuidar, y ser dócil. No veréis a un niño sudar agobiado por la hipoteca de la casa.

El que no acepte el reino de Dios como un niño no entrará en él. Sólo un adulto piensa en salvarse, como si la salvación fuera el fruto de un ímprobo trabajo o de innumerables esfuerzos. Sólo un adulto siente angustia por no poder salvar a otros, como si recayera sobre sus hombros la responsabilidad de salvar, no sólo su alma, sino también las de los demás. Sólo un adulto se siente frustrado por no poder solucionar las vidas de quienes le rodean.

El niño juega, llora, y se alimenta. El santo reza, hace penitencia y comulga. Paradoja: a ese niño no le niega Dios nada de cuanto pide en su oración. Por eso otros se salvan por él.

Nadie tiene que ganarse el cielo. El cielo se recibe.

(TOI07S)

El mito de la suegra

La suegra, en España, es toda una institución. Ha sido, durante mucho tiempo, el blanco de los chistes más ácidos, aunque noto que ahora está siendo reemplazada por otra institución que viene pisándole los talones: los cuñados.

En todo caso, los chistes sobre la suegra, todos ellos –desde luego– exagerados, y algunos un poco crueles, denotaban un problema que, aún hoy, hace sufrir a muchas familias: hablo del conflicto entre la atención a los padres y la que merecen el cónyuge y los hijos. Cuando una persona casada tiene que elegir entre satisfacer a sus padres y atender al cónyuge y a los hijos, ¿qué debe hacer?

Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.

Sé que, en ocasiones, puede ser duro. Y lo mejor es que no haya que elegir, porque la atención a los padres sea compatible con los deberes inherentes al matrimonio. Pero, cuando hay conflicto, el cónyuge debe ser siempre lo primero. El casado no dispone de su vida; la ha entregado. Por eso, las primeras personas a quienes debe atender son su cónyuge y sus hijos. Aunque cueste.

(TOI07V)