Liber Gomorrhianus

Febrero 2017 – Espiritualidad digital

Dime si vale la pena

La recompensa que Jesús promete en esta tierra a quienes lo siguen puede resultar desconcertante para muchos: Cien veces más -casas, y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-.

Habrá quien diga: «¿Para qué quiero tantas casas y tierras, y tanta familia, si me van a perseguir y no me dejarán disfrutarlo?».

Antes de aclarar lo que Jesús promete, quizá convenga recordar lo que no promete: el Señor no promete a nadie una vida sin dolor. ¿Cómo podría prometerla quien ha muerto en una cruz?

Y, para que entendamos en qué consiste realmente ese ciento por uno, y cómo las persecuciones no podrán ahogar su brillo, debemos saber que Él es nuestra casa, Él nuestra tierra, Él nuestro hermano y nuestra hermana, Él nuestro padre y nuestra madre… Y Él es, también, el que nos espera tendido en la cruz de la persecución para convertirla en lugar de Amor.

¿Entiendes, por tanto, que la recompensa que Jesús te ofrece en esta vida si le sigues es Él mismo? Vivir con Él, gozar con Él, padecer con Él, morir con Él… Y, después, con Él resucitar y reinar con Él eternamente. ¿Vale, o no vale la pena?

(TOIO8M)

La religión de los tristes

Crees en Dios, rezas, vas a misa y confiesas regularmente, pero no eres feliz. Estás en la iglesia y quisieras estar en otro sitio; mientras rezas, en tu corazón deseas acabar pronto para hacer otras cosas. Pero, cuando has terminado y haces otras cosas, tampoco eres feliz. Tienes de todo, y nada te satisface. Ni disfrutas de Dios, ni disfrutas del mundo.

Me recuerdas a ese joven que acudió a Jesús en busca de vida eterna. Nos cuenta san Marcos que el Señor se lo quedó mirando con cariño. Esos ojos de Dios encarnado clavados en él eran toda una oferta. ¿Acaso no estaban ofreciéndole el Amor de su corazón sacratísimo? Y ese Amor es el único que puede colmar las ansias del ser humano.

Anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres… Luego sígueme. Él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Tuvo que elegir, y, por quedarse con lo suyo, eligió la religión sin Amor; la religión de los tristes, de los cumplidores.

Mírate bien por dentro, y busca. Tú le has dicho que no a Jesús en algo. Cuando le entregues «eso», conocerás su Amor, y ese Amor te hará feliz.

(TOI08L)

El estrés del pianista

En 1998, Giuseppe Tornatore estrenó «La leyenda del pianista en el océano». En esa película narra cómo un hombre, nacido, criado y crecido en un barco, tras más de treinta años durante los cuales jamás abandonó la nave, siente el deseo de bajar a tierra. Cuando sus pies tocan la escalera que lo llevará al muelle, el vértigo se apodera de él. Y, para explicar lo que sintió, le muestra a su amigo el teclado de un piano: tiene un número determinado de teclas, y él puede controlarlas todas. Así es su vida en el barco. Pero el mundo exterior se le antoja un teclado infinito; todo se le escapa. «Es el piano de Dios», dice.

Muchos sufren el estrés del pianista. Sentados en el piano de Dios, quieren controlarlo todo, organizar su vida de modo que nada se les escape… Y no pueden. Un contratiempo, una enfermedad, un fracaso, y se desmoronan.

Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. El santo duerme y confía. En el piano de Dios, él no es sino una tecla. Le basta ser dócil y dejarse pulsar por la mano del Artista.

(TOA08)

La secreta sabiduría del niño

La secreta sabiduría del niño reside, curiosamente, en su impotencia. Ningún niño se angustia con la carga de tener que ganarse la vida y alimentar a los suyos. Para el niño, la vida se recibe como se recibe la leche materna. Él no tiene más que acoger lo que sus padres le entregan, dejarse cuidar, y ser dócil. No veréis a un niño sudar agobiado por la hipoteca de la casa.

El que no acepte el reino de Dios como un niño no entrará en él. Sólo un adulto piensa en salvarse, como si la salvación fuera el fruto de un ímprobo trabajo o de innumerables esfuerzos. Sólo un adulto siente angustia por no poder salvar a otros, como si recayera sobre sus hombros la responsabilidad de salvar, no sólo su alma, sino también las de los demás. Sólo un adulto se siente frustrado por no poder solucionar las vidas de quienes le rodean.

El niño juega, llora, y se alimenta. El santo reza, hace penitencia y comulga. Paradoja: a ese niño no le niega Dios nada de cuanto pide en su oración. Por eso otros se salvan por él.

Nadie tiene que ganarse el cielo. El cielo se recibe.

(TOI07S)

El mito de la suegra

La suegra, en España, es toda una institución. Ha sido, durante mucho tiempo, el blanco de los chistes más ácidos, aunque noto que ahora está siendo reemplazada por otra institución que viene pisándole los talones: los cuñados.

En todo caso, los chistes sobre la suegra, todos ellos –desde luego– exagerados, y algunos un poco crueles, denotaban un problema que, aún hoy, hace sufrir a muchas familias: hablo del conflicto entre la atención a los padres y la que merecen el cónyuge y los hijos. Cuando una persona casada tiene que elegir entre satisfacer a sus padres y atender al cónyuge y a los hijos, ¿qué debe hacer?

Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.

Sé que, en ocasiones, puede ser duro. Y lo mejor es que no haya que elegir, porque la atención a los padres sea compatible con los deberes inherentes al matrimonio. Pero, cuando hay conflicto, el cónyuge debe ser siempre lo primero. El casado no dispone de su vida; la ha entregado. Por eso, las primeras personas a quienes debe atender son su cónyuge y sus hijos. Aunque cueste.

(TOI07V)

Café, mejor que agua

Había salido a las cinco de la mañana de viaje, y eso de las nueve aparqué en un bar de carretera para tomar café. Siempre llevo puesto el alzacuellos. Cuando me disponía a pagar, un hombre que se sentaba a mi lado dijo al camarero: «Al sacerdote lo invito yo». Le di las gracias sorprendido. La mayor parte de las reacciones que suscita mi alzacuellos es bastante más desagradable.

Volvía en tren a casa a eso de las cuatro de la tarde y, aunque iba leyendo, apenas podía contener el sueño. Debí dar más de tres o cuatro cabezadas. Cuando el vagón se detuvo en una parada intermedia, una mano en mi hombro me despertó. Un joven de unos quince años me entregó un billete de cinco euros mientras me decía: «Tenga, padre, para un café». A éste no pude ni darle las gracias, aunque lo intenté, pero bajó corriendo del tren. Ofrecí por él la misa de la tarde.

El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. A estos dos, que dieron café a un sacerdote, estoy seguro de que les espera una recompensa mayor.

(TOI17J)

Una silla. Bendita silla

La fiesta de la Cátedra del apóstol san Pedro es única en el calendario. Todas las demás fiestas están dedicadas a honrar a Cristo o a los santos. Lo que hace único el día de hoy es que, en esta fiesta, veneramos una cátedra: una silla.

Ya comprenderéis que hablo en sentido figurado, pero no tanto: hoy no veneramos a san Pedro, ni a san Gregorio Magno, ni a san Pío X, ni a san Juan Pablo II. Todos ellos tienen su fiesta en otro lugar del calendario. Lo que hoy mantiene en acción de gracias a la Iglesia es la promesa, realizada por el propio Cristo, de guiar a su Iglesia a través del pecador que ocupe el lugar de Pedro, pecador también.

Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará.

Quienes dicen ser más de Juan Pablo que de Francisco, o más de Francisco que de Benedicto, son necios y cortos de vista. Los cristianos somos de Cristo, el Hijo de Dios que nos instruyó en Juan Pablo y en Benedicto, y que en Francisco nos invita a salir para derramar la misericordia de Dios sobre un mundo que yace en tinieblas.

(2202)

La lista Forbes y el libro de la vida

En este mundo, quien escala hasta las cimas de la ambición humana puede convertirse en el primero en la lista Forbes de los más ricos del mundo, en el primero en popularidad, en primer ministro de la primera nación, en primer clasificado de un ranking del primer deporte, o, incluso, en el primero de los tontos útiles a quien otros aúpan hasta la cima para recoger las ganancias. Todo eso puede suceder y sucede; así es la gran comedia humana. Pero lo que no sucede es que por escalar hasta la cima de las ambiciones humanas se convierta uno en el ser más amado. El más aplaudido, quizás; el más amado, nunca.

Quien llega a ser primero ante Dios, sin embargo, será también el primero en Amor, en ese único Amor capaz de llenar de gozo el corazón del hombre. No diré que a esa persona Dios la ame más, porque no lo sé. Digo que está más cerca del Amor, y quien anda más cerca de la fuente siempre bebe más.

Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y es que la fuente está en la Cruz. Tú eliges, amigo.

(TOI07M)

Me fío de Ti

Cuando un leproso se postró ante Jesús y le dijo: Si quieres, puedes sanarme (Mc 1, 40), el Señor se conmovió y limpió al enfermo.

Hoy, el padre de un endemoniado se postra igualmente ante Jesús, y le suplica: Si algo puedes, ten lástima de nosotros. Jesús, en lugar de conmoverse, le reprende: ¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe.

Ya os habréis dado cuenta de que se trata de oraciones muy distintas. No es lo mismo decirle a Dios si quieres… que decirle si puedes

Porque quien dice si puedes está retando al Señor. A una mujer enferma de gravedad le pedí que rezase y recibiese la unción; me respondió que no creía en eso. Cuando la desahuciaron me llamó para que rezase yo por ella: «Los médicos no han podido. A ver si puede tu Dios»… Murió sin recibir los sacramentos, enfadada con el Dios que no pudo curarla.

Sin embargo, quien dice si quieres está poniéndose en manos del Señor. Es como decir: «Señor, creo que me amas y puedes curarme. Pero, si no quieres, algo mejor tendrás para mí. Me fío de Ti»… Éstos son los amigos de Dios, los que ya están salvados.

(TOI07L)

Rezad por los que os persiguen

Igual que un médico recibe en el hospital a quien ha resultado herido por un golpe, los sacerdotes recibimos en el confesonario a hombres y mujeres que sangran por dentro a causa de los desprecios o injurias de sus semejantes. «Padre, esta persona me ha destrozado la vida…» Entonces, el sacerdote le dice: «Anda, reza cada noche un padrenuestro por quien te ha hecho daño». En ese momento, algunos –no todos– responden: «¡No puedo!»

Rezad por los que os persiguen… Sí puedes. Y, si no lo haces, te harás tú más daño a ti mismo que la persona que te hirió. ¿No te das cuenta de que el rencor te ha convertido en su esclavo? ¡Si no eres capaz de dejar de pensar en él! Si esa herida no se cura, te matará por dentro.

No te pido que reces con fervor, ni tan siquiera con cariño. Al principio rezarás ese padrenuestro por pura obediencia, casi maquinalmente. Pero, noche tras noche, te será más fácil. Y una mañana despertarás y comprobarás que has perdonado, que puedes pensar en quien te hirió y no sentir más que compasión. Al final, ese padrenuestro te hizo más bien a ti que a él.

(TOA07)