Liber Gomorrhianus

Diciembre 2016 – Espiritualidad digital

Un belén viviente

Nace Jesús como hijo de Mujer –aún estamos en la octava de Navidad– y nos desvela san Juan el misterio de nuestro nuevo nacimiento como hijos de Dios: A cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

No se refiere, ahora, al nuevo nacimiento obrado por la gracia santificante, sino al obrado por la fe –a los que creen en su nombre–. Habrá que aclarar que, en san Juan, la fe es una mirada que penetra lo invisible, y descubre la divinidad de Cristo mientras los ojos se posan en su humanidad santísima.

Por tanto, mirando al Recién Nacido nacemos nosotros. Al mirarlo, lo recibimos en el santuario del alma. Y, al recibirlo, su impronta nos transforma y nos hacemos niños, como Él. Del mismo modo que Moisés, al mirar frente a frente a Dios, recibía en su rostro el brillo de la gloria, así nosotros, al mirar al Niño, niños nos hacemos. Y, al contemplarlo nacido de mujer, nacemos nosotros de Dios.

Eres un belén viviente.

(3112)

Evangelio 2017

Tan iguales, tan distintos

La belleza tiene sus peligros, y el arte también. Cuando se nos muestra la luz, es tal la fascinación con que la miramos que podríamos pasar por alto las sombras. Contemplas, por ejemplo, el Cristo de Velázquez, y podrías olvidar los horrores y angustias del Calvario para pensar que la muerte del Señor fue el éxtasis de un poeta.

Otro tanto nos sucede con la Sagrada Familia. Las representaciones de Jesús, María y José son todas ellas preciosas. Cualquiera diría que se trata de una familia celestial, libre de las angustias de esta vida y sumergida en los consuelos del Paraíso. ¡Quién no quisiera «colarse» en el cuadro para huir de los dolores de nuestra condición! Sin embargo…

Levántate, huye a Egipto, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Y los tres salen de allí sin nada, hacia una tierra extraña y maldita donde tendrán que vivir durante años como extranjeros, en la pobreza absoluta…

No bastan los cuadros; necesitamos los evangelios. Así estamos seguros de que sufrieron como nosotros. Lo que nos separa de ellos es la inmensa gracia que llenaba sus corazones. Pero, hoy, es también nuestra. La Sagrada Familia tiene abiertos sus brazos para nosotros.

(SDAFAMA)

Evangelio 2017

La lección de Simeón

Los ancianos enseñan a los niños, y los niños buenos aprenden de ellos.

Hoy, como niños, nos acercamos al anciano Simeón para que nos enseñe a rezar en Navidad. ¡Y qué lección tan valiosa recibimos de este hombre justo y piadoso!

Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones…

¡Mira cómo lloran de alegría los ojos del anciano! En Navidad rezamos con los ojos: ante el belén de tu casa, o el de tu parroquia, o ante una imagen hermosa del Niño Dios. No digas nada: sólo míralo. Como Él es luz para alumbrar a las naciones, sé tú nación para Él, y deja que, a través de tus ojos, la luz que brota de ese Niño penetre hasta lo más profundo del alma y te bañe por dentro en claridades de cielo.

Cuando quieras darte cuenta, estarás llorando tú también. Y, en esas lágrimas, saldrán del alma las impurezas, los apegos, la soberbia y el egoísmo que te sepultaban en tinieblas. Cuanto más llores, mejor. No dejes de mirar.

¡Qué fácil es rezar en Navidad! Lo sabe Simeón, y ahora también lo sabemos tú y yo.

(2912)

Evangelio 2017

Personas que sueñan con Dios

José es de esos hombres que sueñan con Dios. No hay muchos así.

La gente suele soñar con sus preocupaciones o con sus fantasías. Pasan el día dando vueltas a sus problemas, o renegando de sus vidas para desear otras. Y, cuando se duermen –si es que llegan a dormirse– todo lo almacenado en el corazón durante la jornada sale de la jaula, aprovechando que el carcelero reposa, y campa a sus anchas por los sueños como quien recorre su jardín privado.

Hay personas, sin embargo, que pasan el día con el pensamiento fijo en Dios. No es que no tengan problemas. Es que se los cuentan a Dios, y descansan. En cuanto a frustraciones… Pocas, o ninguna. Saben que la vida que les toca vivir es un regalo de su Padre. Por tanto, necesariamente ha de ser la mejor.

El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto». José se levantó… Las personas como José, que viven en manos de Dios, están en paz y son felices porque, como cabe esperar de ellos, obedecen en todo a Aquél de quien se han fiado.

(2812)

Evangelio 2017

El arte de detenerse y contemplar

Corre Juan hacia el sepulcro, como los pastores hacia Belén, porque, como ellos, busca a Cristo. El otro discípulo corría más que Pedro. A Pedro le preguntaría Jesús: ¿Me amas más que éstos? (Jn 21, 15). No sé si Pedro le amaría más; sé que Juan corría más.

Asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró. Frena su carrera, y desde el umbral ora y contempla. Es el estilo de Dios, del gran Amante del Cantar de los Cantares cuando, tras correr por montes y collados, se detiene en la celosía de la casa de la amada (Cf. Ct 2, 8-9).

Así son las almas contemplativas. Se apresuran a estrechar distancias, pero esa primera distancia, la de la mirada absorta, la respetan y la mantienen. Necesitan orar antes de actuar, y callar antes de hablar.

Y después, cuando ha llenado el alma a través de las ventanas de los ojos, cuando Pedro ya ha pasado, entró también el otro discípulo. Vio y creyó.

Haz tú lo mismo. Durante estos días, permanece en oración contemplativa ante el Pesebre. Y, después, entra en él, hazte uno con Cristo y ofrece tu vida junto a la suya. Así, hasta la Cruz.

(2712)

Evangelio 2017

La Palabra sin palabrería

Cada vez que abrimos la boca, dejamos escapar mil palabras, y apenas decimos nada. Personalmente, cada vez que predico, o cada vez que me siento, como ahora, a escribir, termino la tarea con una cierta sensación de frustración: lo que quería decir no lo he dicho. He tratado de explicarlo, y quizá he logrado levantar un poco el velo y confundir otro poco, pero lo importante sigue velado. Ni doscientas, ni mil palabras harían más que enmarañarlo.

Por eso contemplo absorto el Belén. Dios, en una palabra, en su Palabra, la única que ha pronunciado y pronunciará, nos lo ha explicado todo. Que logremos entenderlo o no, depende de nosotros; es cuestión de que nos hagamos sencillos como Él, porque sólo los sencillos pueden entender a este Dios que nunca se complica.

No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. No es preciso abrir la boca para que esto suceda. Cuando un cristiano se entrega enteramente a Dios, su vida queda oculta en la única Palabra, y toda ella dice «Cristo».

Calla. Calla y mira al Niño, hasta que tu silencio quede secuestrado por su elocuencia.

(2612)

Evangelio 2017

Un teólogo en Belén

En un día tan luminoso como es el de Navidad, uno llega a la iglesia a eso de las doce de la mañana, casi recién levantado y con el villancico aun canturreando en la memoria, y esperaría encontrarse con los pastores, los ángeles, la Virgen, san José y el Niño. Pero, cuando se proclama el evangelio, en lugar de ese relato tan del gusto de los pequeños, se encuentra con la disertación de un teólogo llamado Juan:

En el principio ya existía la Palabra

La Iglesia, que ha saboreado la escena del Nacimiento de Jesús en la misa del Gallo, reserva, para los feligreses de misa de doce, el prólogo del cuarto evangelio.

La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros.

Cielo y tierra caben enteros en esta breve frase, que sólo puede entenderse cuando se escucha con los ojos fijos en el Niño. Como un hilo de gracia lanzado desde el cielo, en ella se unen lo más sublime, el Verbo divino, con lo más frágil, nuestra pobre carne que sangra con un pinchazo. Todo el Belén está contenido en esas palabras de san Juan. Cielo y tierra se han unido hoy. Ya nunca estaremos solos. ¡Feliz Navidad!

(2512)

Evangelio 2017

Día de guerra, noche de paz

El cántico con que Zacarías rompió a hablar tras nueve meses de silencio es el canto de un guerrero, lleno de épica y batallas: Suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo… Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos odian. Escuchamos hoy este canto de guerra, y cantaremos, esta noche, el «Noche de paz».

Y es que esta noche nacerá el guerrero que trae la victoria. No hablamos de la guerra que entablan los hombres entre sí. Esa guerra es odiosa, y no debería librarse. La guerra santa, en la que el propio Dios toma parte, es la guerra entre el bien y el mal que tiene lugar en el corazón de cada hombre. Quienes no la luchan es porque se rindieron. La batalla por levantarse del sueño a la hora en punto, el combate por sonreír cuando apetece llorar, la lucha interior por perdonar a quien nos ha ofendido, el esfuerzo por resistir a la sensualidad… He ahí la guerra santa.

Viene el guerrero que nos dará la victoria. Hoy, 24 de diciembre, es día de guerra, y esta noche será noche de paz.

(2412)

Evangelio 2017

Los que se dejan hacer

El bueno de Zacarías, que había realizado un retiro de nueve meses en absoluto silencio, de tal forma se había recogido en Dios que supo ir un paso más allá de su mujer. Cuando Isabel dice que su hijo se va a llamar Juan, Zacarías toma una tablilla y escribe: Juan es su nombre. Es decir: «no se va a llamar; ya se llama Juan, porque Dios ya lo ha llamado desde el seno materno. ¿Quién somos nosotros para enmendar la obra de Dios?».

Es delicioso. Los frutos del silencio son tan eficaces como letales los efectos del ruido. Zacarías se ha dado cuenta de que ni a la hora de engendrar a su hijo es él el actor principal. Dios es quien llama, Dios es quien vivifica, Dios es, en suma, quien hace. Y el hombre que quiera ver las obras de Dios no tiene más que obedecer, es decir, dejarse hacer.

Ahí tienes una tercera clave de la verdadera Navidad. Si hasta hoy hemos visto los frutos de dejarse visitar y dejarse mirar, hoy Zacarías nos desvela que la Navidad verdadera es la de quienes se dejan hacer, quienes, como él, como Isabel, como José y María, obedecen.

(2312)

Evangelio 2017

Los que se dejan mirar

Ayer decía Isabel: «Dios me ha visitado». Hoy, María resume su Navidad, que es la única Navidad: Dios ha mirado la humildad de su esclava. Es decir: «Dios me ha mirado». No debemos entender aquí «humildad» como concepto moral. En estas líneas, «humildad» significa «pequeñez». Como Isabel, María se siente indigna de que Dios haya posado sus ojos en ella con Amor.

Ahí tienes otra clave de la verdadera Navidad: es la quienes se dejan mirar por Dios. Y no vayas a creer que dejarse mirar es sencillo. Porque una mirada amorosa no se conforma con el reflejo pasivo de la luz en los ojos de quien mira. Así se dejaría mirar una piedra. Pero el hombre, cuando es mirado con amor, debe acoger la mirada, dejarla entrar y posarse en lo profundo del corazón hasta que se convierte en caricia. No todos saben dejarse mirar con amor. Y, si quien mira es Dios, son pocos quienes se dejan mirar por Él.

María lo hizo. Acogió en su alma la mirada de Dios, y el Verbo se encarnó en sus entrañas.

Hoy, cuando mires el belén de tu hogar, fíjate en cómo eres mirado más que en lo que miras.

(2212)

Evangelio 2017