Evangelio 2018

octubre 2016 – Espiritualidad digital

¿Amas realmente a tus amigos?

amigosPiensa en las personas a quienes llamas «amigos». Dices que los quieres… ¿Los quieres a ellos, o más bien te gusta lo que ellos te dan? Cuando estás a su lado, te tratan bien. Su conversación te resulta agradable, y, cuando necesitas que te escuchen, lo hacen. Si estás mal, se interesan por ti. ¿Los querrías igualmente si te tratasen mal, si fueran antipáticos o cargantes contigo, si se negaran a escucharte o se olvidaran de ti cuando atraviesas dificultades? ¿Seguirías llamándolos «amigos»? En definitiva: si tuvieras que prescindir de todo lo que te aportan, ¿los amarías así?

Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos.

Pienso en las personas que dedican su vida a los más pobres, a quienes nada tienen, y a cambio reciben ingratitudes, y creo en ese amor.

Pero también creo en el amor que tú y yo profesamos por nuestros amigos, siempre y cuando ese amor no dependa de cómo se comporten con nosotros, y no espere otra retribución que la del cielo.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Para llorar, aunque ridículo

burbujaCuando leo que criticaban a Jesús diciendo: Ha ido a hospedarse en casa de un pecador, siento lástima de muchos.

«Padre, mi hijo se ha marchado para vivir con otro hombre. ¡Y ahora quieren que yo vaya a comer a su casa! Jamás lo haré».

«Padre, esta tarde los matrimonios del grupo parroquial estamos ocupados, porque hay fútbol y vamos a verlo juntos».

«Esta tarde he quedado con Mari Pía y con Mari Luz para ir a ver con nuestros maridos y nuestros hijos una película pro-vida muy chuli que echan en el Cine aguabendita».

Para llorar. Ese afán por «no contaminarse» y mantenerse lejos de los pecadores es lo más contrario al cristianismo.

Si te gusta el fútbol, vete al bar, donde se blasfema. Y le invitas al blasfemo a otra cerveza mientras le cantas las cuarenta. Si amas a tu hijo, ve primero tú a donde está él, ya que te invita, para que después pueda él volver a donde tú estás. Y, si te gusta el cine… Déjame decirte que todo ese cine pío y catequético que se está haciendo hoy es una bazofia. Mil veces mejor es «Mad Max». A ver si aprendemos también en eso.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Juego de espías

espiasMe fascina la forma que tiene Jesús, en muchos momentos, de dar la vuelta a las situaciones para de convertir al perseguidor en perseguido y viceversa.

Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos lo estaban espiando. Se refiere a que lo estaban vigilando. En todo caso, lo sorprendente es esa afición del hombre por tomar control del misterio. Si se siente desbordado por la irrupción de Dios, su reacción, en lugar de arrodillarse, consiste en tratar de convertir a Dios en rata de laboratorio: analizarlo y desmenuzarlo hasta hacerse con el control de su Creador, para convertirlo en objeto, y poder seguir desempeñando el papel de Dios que le ofreció el Satán al principio del tiempo.

Notando que los invitados escogían los primeros puestos, Jesús les decía una parábola. He aquí la paradoja: ese Dios a quien quieres espiar te estaba espiando primero. Antes de que soñaras con saberlo todo sobre Él, Él ya sabía todo sobre ti. Y te lo dice, para que no te llames a engaño. ¿No es suficiente para que seas humilde? Por desgracia, no lo es. Porque tú, que espías a Dios, sin embargo no quieres escucharlo. Necio.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Por si te lo habías creído

Simón y JudasAnoche os acostasteis pronto, y esta mañana os habéis levantado a las ocho. Habéis desayunado en abundancia, porque os hospedasteis en casa de buena gente, y os han agasajado porque seguíais al Maestro. Alguien entra en la casa. Es un niño, y corriendo cruza la puerta para gritar que Jesús llama a Simón y a Judas.

Os habéis limpiado los labios con la servilleta y habéis salido al encuentro del Señor. Allí estaban otros diez discípulos, y, cuando llegasteis, Jesús os ha anunciado que vosotros doce seréis sus apóstoles, los administradores de su legado.

Os sentís como si recogierais un premio merecido, pero no os dais cuenta de nada. Habéis dormido bien y comido en abundancia; por eso pensáis que lo merecéis. Sin embargo…

Pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles.

Él no ha dormido ni comido. La bendición con que os distingue es hija de su oración, no de vuestros méritos. Os ha llamado porque ha querido, no porque seáis mejores. Pero no olvidéis que deberéis seguirle. No siempre dormiréis y comeréis tan bien como hoy. Ser apóstol supone ser otro Cristo.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

No huyas

huirSorprende ver a los fariseos tan preocupados por la integridad física de Jesús: Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte.

Mentían: Herodes no quería matar a Jesús. Más bien, tenía miedo de él. Su hubiera querido matarlo, lo hubiera hecho antes que ellos, cuando lo tuvo preso, enviado por Pilato en la mañana del Viernes Santo. Pero no lo mató: se burló de él y espantó sus fantasmas. Quienes empujaron a Pilato para que matara a Jesús fueron, precisamente, los fariseos.

Hay algo peor: la «bienintencionada» propuesta que hacen a Jesús es la misma con que el demonio seduce a los hombres: «¡Huye del dolor! ¡No sufras! No sigas por ese camino si te espera un sufrimiento». ¿Te quedaste embarazada? No sufras; aborta. ¿Te hace sufrir tu matrimonio? No sufras, el divorcio se consigue en tres meses. ¿No soportas el dolor de tu enfermedad? Con una inyección lo resolvemos para siempre… ¡Huye!

Pero Jesús nunca huyó del dolor. Lo miró de frente, se acercó a él y lo abrazó en la Cruz. Así nos redimió. Y ahora, para ti y para mí, salirnos del camino por miedo al dolor supone huir de la Cruz. Y de la Vida.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

¿Salvación sin esfuerzo?

puerta estrechaNada más inquietante para el cristiano «piadoso» que el contemplar a esa multitud sorprendida ante la noticia de su condena: Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Comían y bebían con Jesús; iban, por tanto, a misa y comulgaban. Escuchaban el sermón, o al menos allí estaban mientras se impartía la enseñanza. Pero desoyeron la primera de las advertencias del Señor: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha.

Entiendo que hay personas a quienes ir a misa les supone un esfuerzo. No creo que sea un esfuerzo titánico, pero la puerta del templo es ancha, y cruzarla es fácil. Personalmente, ir a misa y rezar no me supone el más mínimo esfuerzo. Lo que me parece difícil es vivir; rezar es –quizá– lo único fácil que hago. Sin oración y sacramentos, no nos podremos salvar. Pero rezar y acudir a misa no es suficiente.

Esforzaos en entra por la puerta estrecha. Cruzar esa puerta, que es la de la Cruz, supone renuncia y abnegación. Por eso, permíteme un par de preguntas que requieren una respuesta sincera. Ya sé que rezas y comulgas, pero… ¿qué esfuerzos realizas diariamente por Cristo? ¿A qué has renunciado por Él?

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Recordando el pastel de Mamá

pastelProbablemente, la parábola de la levadura en la masa proviene de los recuerdos de infancia de Jesús. Lo he imaginado Niño, absorto ante su Madre mientras ella prepara un pastel para José y para Él, sorprendido al ver cómo, en el horno, aquella masa lacia y aplastada se hincha y toma la forma de un manjar apetitoso. La Virgen, risueña ante los ojos atónitos del Pequeñín, le explica: «Mira, hijo: tres medidas de levadura bastan para que toda esta harina fermente». Y, al día siguiente, pone en manos de su Hijo el cacito, para sea Él quien vierta la levadura en la masa. Esas mismas manos, años después, así adiestradas, multiplicarían los panes.

Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó. Jesús sonríe al recordar su niñez. Pero, inmediatamente, su rostro se vuelve serio. Este pastel es mucho más difícil de confeccionar. Porque aquella levadura que la Virgen ponía en sus manos se dejaba verter en la harina. Pero esta levadura… ¡Ay, esta levadura! No hay modo de que los cristianos dejen de quejarse del mundo y se sumerjan en él para hacerlo fermentar en Amor de Dios.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

La suerte de los bueyes y los burros

buey y asnoCualquiera de vosotros, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre, y los lleva a abrevar?

Lo lamento si a algún lector especialmente sensible le molesta ser comparado a un buey o a un burro. En cuanto a quien escribe, prefiero ser comparado a un burro o a un buey, animales trabajadores y sumisos, que ser comparado a una garrapata, que vive de chupar la sangre a otro animal con el que tampoco quisiera ser comparado.

Estando nosotros atados con cadenas al pesebre infecto de nuestros pecados, y alimentados con la inmundicia de muerte que el mundo, el demonio y la carne arrojaban allí, se acercó Dios a nosotros, hecho hombre, y a precio de su sangre nos desató. Nos tomó de la mano y nos llevó a abrevar a las fuentes de agua viva que manan de su propio costado. Y así, quienes, por culpa nuestra, vivíamos como bestias, y como bestias andábamos encadenados, somos ahora libres y comemos y bebemos como hijos de Dios.

Y todo ello sucede, misteriosamente, en sábado, el día del descanso de Dios. Esto es, sucede porque Dios decidió descansar en la muerte y desatar a quienes a ella estábamos encadenados.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Un gol en propia puerta

gol en propia puertaVeinte siglos de literatura cristiana y de predicación han logrado que la palabra «fariseo» se haya convertido en sinónimo de hipócrita. Haremos enfadar a san Pablo, quien se gloriaba de ser en cuanto a la ley, fariseo (Flp 3, 5).

Seamos justos, al menos, con el fariseo de la parábola. Y reconozcámosle algunos méritos: En primer lugar, no dice: «Señor, agradéceme lo bueno que soy», sino: Te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros… Reconoce que, si no ha pecado, no ha sido mérito suyo, sino una gracia recibida de lo Alto. Ya quisiera yo a muchos tan «fariseos» como éste.

Por otro lado, si es verdad que no roba, no comete injusticia, y no comete adulterio, habrá que concederle que muy mal no anda. Tal como está el patio, este hombre se sitúa en la parte alta de la tabla.

Y, dicho esto, porque es verdad, también es verdad que el pobre era idiota. ¿A quién se le ocurre presentarse ante el Médico que todo lo cura y presumir de salud? Es como si fuera uno a confesar, y dijera: «rezo el rosario todos los días». No hay nadie tan tonto, ¿verdad? ¿verdad? ¿verdad?…

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Te perdono para que te conviertas

confesionEl Señor es muy paciente con nosotros. Eso lo sabemos quienes tenemos por costumbre (¡y por necesidad!) confesar nuestros pecados con frecuencia. Cada vez que acudimos al confesor y reconocemos nuestras culpas, presentamos motivos más que sobrados para una condena. Pero, mientras el buen sacerdote nos edifica con sus consejos, el Hijo habla con el Padre como aquel viñador compasivo con el amo de la viña: Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar.

Salimos muy alegres después de recibir la absolución, y motivos tenemos, porque la misericordia de Dios ha sido grande con nosotros. Pero esa alegría no debería hacernos olvidar las últimas palabras del viñador: Si no, la puedes cortar. No tenerlas en cuenta sería una irresponsabilidad. Porque, tras cada absolución, se esconde esta advertencia: «Te he perdonado, y he derramado mi gracia sobre ti. Pero conviértete. Porque, si no te conviertes, te condenarás».

Uno no puede confesarse como quien se lava las manos, dispuesto a volver a ensuciárselas para lavarlas de nuevo. Tras cada confesión, nuestra vida debería cambiar. De otro modo, ¿qué nos habrá aprovechado la gracia recibida?

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La Santa Misa y el Divino Protocolo