Evangelio 2018

20 septiembre, 2016 – Espiritualidad digital

Cuando Jesús se quedó solo

María junto a la cruzHace exactamente una semana, hablábamos de cómo el gentío no suponía problema para el Señor, cuando fijaba su mirada en cada alma. Hoy habrá que añadir algo: para el Señor no era obstáculo el gentío; para el resto, sí. Que se lo pregunten a Zaqueo, o a la propia María, quien –nos lo cuenta hoy san Lucas– no pudo llegar hasta su Hijo, porque las multitudes se lo impidieron.

Pero María supo esperar. Jesús se encontraba en el apogeo de su vida pública. Hacía milagros, expulsaba demonios, y pronunciaba discursos. Las gentes se atropellaban por estar a su lado. Meses después, cuando fue azotado y coronado de espinas, las multitudes huyeron de Él. Y María se abrió paso, sin dificultad, hasta esa primera fila, la única y despoblada fila; el lugar de oprobio. Allí nadie la pisaba.

Así somos los hombres. Todos queremos estar allí cuando Jesús hace milagros. Además, nos encantan esas concentraciones masivas que son como demostraciones de poder. Pero ¿cuántos quieren compartir la soledad y la angustia de Jesús crucificado? No creo que tengas que atropellar a nadie para eso.

María quiso. Porque no amaba los milagros de Jesús, sino a Jesús mismo. Juan también. ¿Y tú?

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