“Evangelio

4 Septiembre, 2016 – Espiritualidad digital

Traducciones suaves para personas blanditas

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    Hasta hace unos años, en las traducciones españolas de los evangelios, el pasaje de hoy se leía así: Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Como, con el paso de los años, nos hemos ido reblandeciendo, y eso de aborrecer al padre y a la madre nos suena muy duro, hemos decidido que también Dios se acomode a lo políticamente correcto y hemos eliminado el verbo. Ahora las traducciones dicen: Si alguno viene a mí y no pospone… Lo de posponer no es tan ofensivo. (Sobre este reblandecimiento, leed «Sentimentalismo tóxico», de Theodor Dalrymple, que me está haciendo pasar ratos maravillosos).

    No me escandaliza el verbo «aborrecer». Sé que, para seguir a Jesús, hay que romper los vínculos de la carne con sus apegos para establecer otros según el Espíritu. Y eso requiere dejar de amar –aborrecer– para amar de nuevo, libres ya del egoísmo carnal.

    Sí. Por extraño que parezca, es preciso aborrecer para amar, como es preciso morir para vivir. La gracia divina tiene estas cosas.

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