“Evangelio

4 Agosto, 2016 – Espiritualidad digital

Cuando el nuevo Adán vio a Eva

Las llaves del reino    Cuando creó Dios al hombre, le entregó los animales. Pero ninguno podía acompañar a quien había sido creado a imagen del Altísimo. No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18), dijo Dios. Y creo a la mujer: Ésta sí que es hueso de mis huesos, y carne de mi carne (Gn 2, 23).

    Cuando el Hijo de Dios vino a la tierra, vivió entre los hombres. Pero ninguno conocía su misterio. – ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? – Unos que Juan Bautista, otros que Elías… Jesús era el hombre más solitario del mundo.

    Dios tenía previsto darle a la Iglesia, nacida de su costado. Pero, viendo lo solo que Jesús estaba, le entregó un adelanto: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús vio a su Esposa, y se conmovió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso! Le entregó su casa, y las llaves del reino de los cielos.

    No imaginamos cuánto alegra a la humanidad de Cristo un alma en gracia. Es su compañera y esposa. Cristo la mira y se complace. Si vives en gracia de Dios, ¡dichoso tú!

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