Evangelio 2018

3 agosto, 2016 – Espiritualidad digital

Para alimentar al perro, lo convirtió en hijo

los perros y los hijos   Con qué emoción deberíamos repetir, antes de comulgar: «¡Señor, no soy digno de que entres en mi casa!». Y es que –lo dice hoy el Señor– no está bien echar a los perros el pan de los hijos. La diferencia que media entre un perro y un ser humano es infinitamente menor que la que media entre la pureza de Dios y un pecador. Por eso comenzamos la misa reconociendo nuestros pecados. Después de haber ofendido a Dios, ¿alguien puede creerse con derecho a comulgar?

    Como no está bien echar a los perros el pan de los hijos, y Dios no puede hacer nada que no esté bien, al Señor le quedaban dos opciones; de las dos, eligió la más difícil. La primera era la fácil: no tenía por qué darnos a comer su carne, y nadie hubiera podido reprochárselo. Pero, en su infinito Amor, juzgó más conveniente convertir al perro en hijo, morir por nosotros, y ofrecernos el baño de regeneración del bautismo y la penitencia para convertirnos en hermanos suyos e hijos de Dios.

    Recuérdalo cuando comulgues, y agradécelo después de comulgar, en una fervorosa acción de gracias: somos perros hechos hijos, y admitidos a la mesa familiar.

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