“Evangelio

25 Junio, 2016 – Espiritualidad digital

No soy digno, pero…

no soy digno    Aquel centurión romano, que se sentía indigno de recibir en su casa al Señor, confesó: Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.

    La sagrada liturgia ha tomado estas palabras, y hoy las pone en nuestros labios cuando nos disponemos a recibir a Jesús sacramentado en la santa misa: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Inmediatamente después, nos acercamos a acogerá Jesús como huésped en nuestros cuerpos. Parece una contradicción, y no lo es. Porque, siendo unos pecadores, indignos incluso de levantar los ojos al cielo, hemos recibido la palabra que nos hace dignos: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Esta palabra, llegada del cielo a través de los labios del confesor, convierte en dignos a los indignos.

    Por eso, no te acerques jamás a comulgar sin haberla escuchado. Incluso si estás libre de pecado mortal, confiesa con frecuencia y déjate limpiar, también de los pecados veniales, con estas preciosas palabras, para que, cuando comulgues, Jesús sea recibido en un templo digno de Él.

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