Evangelio 2018

21 junio, 2016 – Espiritualidad digital

Las perlas y los cerdos

cerdos    Era yo un joven e ingenuo seminarista, y una joven menos ingenua que yo me preguntó el porqué del celibato sacerdotal. Comencé una disertación mirífica sobre el amor de Cristo, la belleza de la Iglesia, esposa del Redentor, y la plenitud de la vida espiritual. Cuando terminé, la joven me miraba con ojos aburridos, y una respuesta digna de Aristóteles en los labios: «Es que a mí me gusta que me toquen…»

    Aún me parto de risa al recordarlo. Si la anécdota parece atrevida, más atrevido aún es el corolario: aquel día comprendí a qué se refiere el Señor cuando dice no le echéis vuestras perlas a los cerdos.

    Suena mal, pero tiene sentido. El cerdo vive revolcándose en el fango. Le va bien así. Pero cuando un ser humano vegeta enfangado en el barro de las pasiones, es esclavo de sus instintos y sólo vive para su vientre (el alto o el bajo, me da igual), está incapacitado para entender las realidades espirituales. Primero debe liberarse de la esclavitud de la carne y limpiar sus ojos. Después podrá ver. Por eso, a personas así es preciso llevarlas por caminos de ascética y penitencia. Las verdades elevadas vendrán después. Paciencia.

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