“Evangelio

Junio 2016 – Espiritualidad digital

Pirotecnia y aburrimiento

pirotecnia    ¿Creéis que ha cambiado la condición humana en dos mil años de cristianismo?

    Cuando Jesús perdona los pecados, los hombres se dijeron: «éste blasfema». Cuando cura al paralítico, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios.

    Aún hoy, los milagros suscitan mucha más expectación que las absoluciones. Yo puedo pasar tres horas en el confesonario y recibir a doce penitentes. Pero como alguien corra la voz de que mis manos curan la colitis ulcerosa, y la gente se lo crea, se formarán en mi confesonario más colas que en el del propio cura de Ars. Por cierto, no curo la colitis ulcerosa. Pero perdono los pecados en nombre de Dios. ¿Qué es más fácil?

    A muchos les gusta lo extraordinario, la pirotecnia celestial. Conozco a algunos que, cuando les duele la cabeza, prefieren acudir al exorcista que tomar una aspirina. ¡Qué vulgaridad, tomar una aspirina, habiendo exorcistas! ¡Qué aburrimiento!

    Y, sin embargo, Dios puede ser muy aburrido a veces, aunque muchos no lo entiendan. La voz ronca del sacerdote anciano que te absuelve, la media hora de oración ante el sagrario luchando contra el sueño, el trabajo de todos los días realizado con amor nuevo… Claro que, seguramente, éste blasfema.

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¿Qué más hará falta para que creamos?

pedro_pablo    A casi dos mil años de distancia, y a pesar de nuestra poca fe, ¿podremos dar por confirmada la palabra del Señor sobre su Iglesia: El poder del infierno no la derrotará? Porque el poder del infierno no ha cesado de arremeter contra la Iglesia. Sus primeras columnas, Pedro y Pablo, fueron asesinados de manera atroz. Y, tras su muerte, y la de cientos de miles de mártires más, la Iglesia se expandió por todo el orbe conocido.

    Ese «orbe conocido» fue desmantelado por los pueblos bárbaros, y, al cabo de un tiempo, quienes eran bárbaros habían pasado a ser cristianos.

    El poder el infierno ha arremetido contra la unidad de la Iglesia en numerosas ocasiones. Y la ha hecho sangrar, pero nunca desaparecer. Los pecados de sacerdotes, obispos y papas tampoco han podido con la esposa de Cristo.

    Todavía hoy hay quienes dicen que serán los nuevos Estados laicos quienes acaben con la Iglesia. Otros auguran que la Iglesia morirá a causa del aburguesamiento de sus miembros. Y otros afirman que será la ciencia la que acabe definitivamente con la religión.

    ¿Es que no basta con estos dos mil años para entender el poder y la veracidad de Cristo?

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La vida es la tormenta perfecta

tormenta    Se encontraban aún en los principios, y había mucho que aprender. De pronto, se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas. Se asustaron, despertaron a Jesús, y el mar volvió a la calma. Lo que había sido una tormenta pasó a ser un recuerdo. Pero es que estaban aún en los principios.

    Porque la vida no es así. La vida es una tormenta permanente. O, si lo prefieres así, una sucesión de tormentas que se solapan sin apenas momentos de calma. «Cuando supere este problema, seré más generoso con Dios. Rezaré más, iré más a misa, confesaré más… Pero, primero, tengo que superar “esto”»… ¡Pobre ingenuo! Cuando superes «esto», otra tormenta ocupará su lugar. Ahora tienes a un hijo enfermo, pero mañana te espera un problema en el trabajo, y, cuando lo resuelvas, tu matrimonio entrará en crisis… Como esperes a un momento de calma para ser generoso con Dios, no lo serás jamás.

    Puedes pedirle al Señor que calme esta tormenta, y quizá lo haga. Pero, como vendrá otra, más te valdría pedirle la gracia de saber dormir, de descansar en Él mientras las olas de la contrariedad cubren tu vida. Así navegarás seguro.

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Los peligros del entusiasmo

entusiasmo    Es comprensible, pero temerario: Maestro, te seguiré adonde vayas. Se lo dice a Jesús un escriba entusiasmado. Pero el entusiasmo no basta.

    El entusiasmo enciende el corazón, pero altera el espíritu. Te vuelve soberbio sin que lo notes, porque te eleva a la altura de tus deseos… Y no siempre lo estás. Si todo lo que deseas es zamparte un helado y echarte la siesta, entusiasmarte no conlleva riesgos. Pero si deseas seguir a Jesús adonde vaya… Después del primer golpe de entusiasmo, te conviene ser humilde.

    El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza, hasta que la recline en una cruz. ¿De verdad crees que podrás seguirle hasta el Calvario? Mira que Pedro dijo lo mismo que tú, y Jesús le respondió: Adonde yo voy tú no puedes seguirme (Jn 13, 36).

    Cuando se trata de Cristo, la fidelidad no debe prometerse, sino pedirse. «Señor, ahora te he conocido, y ya no quisiera vivir sin ti. Concédeme la gracia de seguirte a donde vayas. Y, si vas a la Cruz, átame a Ti, porque soy cobarde».

    Si puedes decir eso, y no perder el entusiasmo, ya estás recorriendo el camino por el que han pisado los santos.

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Un fuego peor

fuego    Hace ya unos cuantos años, un joven me contaba que era incapaz de meditar el segundo misterio doloroso del santo rosario: «La flagelación del Señor». Él procuraba contemplar la escena mientras rezaba las avemarías. Pero, cuando apenas llevaba dos o tres, viendo cómo aquellos hombres golpeaban sin piedad a Jesús con sus látigos, imaginaba que entraba y se liaba a golpes con ellos. Ya no podía seguir…

    Lo he recordado al leer cómo Santiago y Juan querían emprenderla contra la aldea que no había querido recibir a Jesús: Señor, ¿quieres que mandemos fuego del cielo que acabe con ellos?

    Jesús se volvió y les regañó. Apréndelo, y no olvides. Quien se niega a recibir a Jesús –también quien lo golpea con sus pecados– no necesita fuego del cielo que lo abrase, porque ya se está quemando por dentro con un fuego peor. El alma que no tiene al Señor como huésped acaba siendo habitada por demonios que la atormentan con soledades, vacíos, desamores y remordimientos. Quienes habitualmente confesamos y comulgamos, quienes rezamos a diario no conocemos ese tormento terrible que muchos sufren en silencio.

   Imagina que vivieras sin Dios. ¿Podrías soportarlo? Pues muchos lo soportan. ¿Y aún los quieres castigar?

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No soy digno, pero…

no soy digno    Aquel centurión romano, que se sentía indigno de recibir en su casa al Señor, confesó: Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.

    La sagrada liturgia ha tomado estas palabras, y hoy las pone en nuestros labios cuando nos disponemos a recibir a Jesús sacramentado en la santa misa: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Inmediatamente después, nos acercamos a acogerá Jesús como huésped en nuestros cuerpos. Parece una contradicción, y no lo es. Porque, siendo unos pecadores, indignos incluso de levantar los ojos al cielo, hemos recibido la palabra que nos hace dignos: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Esta palabra, llegada del cielo a través de los labios del confesor, convierte en dignos a los indignos.

    Por eso, no te acerques jamás a comulgar sin haberla escuchado. Incluso si estás libre de pecado mortal, confiesa con frecuencia y déjate limpiar, también de los pecados veniales, con estas preciosas palabras, para que, cuando comulgues, Jesús sea recibido en un templo digno de Él.

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El niño y su misterio

bautista    Quienes asistieron al nacimiento de Juan, sobrecogidos ante los signos que lo acompañaron, se preguntaban: ¿Qué va a ser este niño?

    No hace falta haber leído a Aristóteles, ni dominar los conceptos de potencia y acto, para entender que una vida que comienza encierra un mundo en germen dentro de ella. El crimen del aborto no consiste sólo en matar a una persona; es un universo irrepetible el que se extermina cuando la vida de un niño es segada. Clint Eastwood, que no es Aristóteles, hace decir a su personaje en «Sin perdón»: «Cuando matas a un hombre le quitas todo lo que tiene, y lo que podría tener».

    En el recién nacido hay toda una historia no escrita, un designio divino aún por descubrir. La educación del hijo debería consistir en dejar que ese designio único se muestre y colaborar con él.

    Porque el plan de Dios sobre un niño puede frustrarse. Si no se escucha al Creador en los vagidos del bebé, si no se enseña al pequeño a entrar en diálogo con el Señor, si se prescinde de la vocación con que cada ser humano está marcado, se priva al hombre de la posibilidad de ser feliz.

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Javier ha gastado mucho en gasolina

gasolina    Javier lleva diez años repostando gasolina en la misma estación de servicio. Siempre que se ha acercado a la caja para abonar el importe del combustible, le ha atendido el mismo operario. «– Buenos días. –Buenos días. –¿Tarjeta de puntos o tarjeta Travel? –No, gracias. –Que tenga buen día. –Adiós». Lo grave no es que el operario lleve diez años preguntándole a Javier si tiene tarjeta de puntos. Lo grave es que ni Javier sabe cómo se llama el operario ni el operario sabe que Javier se llama Javier. A pesar de todo, la relación ha sido fructuosa para ambos: Javier siempre ha tenido la gasolina a mano, y el operario conserva su puesto de trabajo.

    Nunca os he conocido. Eso es lo que me da miedo: que pueda una persona rezar todos los días y, cuando se encuentre ante el rostro del Señor, reciba esta respuesta con toda razón.

    «Es cierto que rezabas a diario. Me pedías esto y aquello, yo te atendía… Pero nunca quisiste conocerme, ni me preguntaste qué quería de ti –aunque no paraste de decirme lo que querías de mí–… No nos conocemos, aunque hayas hablado conmigo».

    «–¿Tarjeta de puntos o tarjeta Travel?»

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Frutos, los de la Cruz

espinas    Cuando el Señor advierte: Por sus frutos los conoceréis, no se refiere a la cantidad de frutos, sino a su bondad. Un árbol sano no puede dar frutos malos. Las zarzas dan muchas espinas, pero no por eso dejan de ser zarzas.

    No te obsesiones con los números en tu apostolado. Mira que el Señor murió solo, abandonado de los suyos y aparentemente fracasado. Tú procura anunciar a Cristo con tu vida, tu ejemplo y tu palabra de buen amigo. Si no te hacen caso, no por ello estás haciendo algo mal. Quizá tu celo esté dando fruto donde menos lo esperas, en cualquier otra parte del mundo o en cualquier otro momento de la Historia.

    Mira: conozco a grandes charlatanes capaces de arrastrar a centenares de personas con su palabrería. Son admirados por los demás, y tenidos por «superapóstoles», pero las conversiones que provocan duran lo que sus palabras: mientras están sometidos al hechizo del predicador, exultan. Luego se cansan y se van en pos de otro que los seduzca.

    Ni somos estrellas del rock, ni tenemos que vender entradas. Somos discípulos de Cristo crucificado. Y nuestro primer fruto debe ser una vida santa. El resto, déjaselo a Él.

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Las perlas y los cerdos

cerdos    Era yo un joven e ingenuo seminarista, y una joven menos ingenua que yo me preguntó el porqué del celibato sacerdotal. Comencé una disertación mirífica sobre el amor de Cristo, la belleza de la Iglesia, esposa del Redentor, y la plenitud de la vida espiritual. Cuando terminé, la joven me miraba con ojos aburridos, y una respuesta digna de Aristóteles en los labios: «Es que a mí me gusta que me toquen…»

    Aún me parto de risa al recordarlo. Si la anécdota parece atrevida, más atrevido aún es el corolario: aquel día comprendí a qué se refiere el Señor cuando dice no le echéis vuestras perlas a los cerdos.

    Suena mal, pero tiene sentido. El cerdo vive revolcándose en el fango. Le va bien así. Pero cuando un ser humano vegeta enfangado en el barro de las pasiones, es esclavo de sus instintos y sólo vive para su vientre (el alto o el bajo, me da igual), está incapacitado para entender las realidades espirituales. Primero debe liberarse de la esclavitud de la carne y limpiar sus ojos. Después podrá ver. Por eso, a personas así es preciso llevarlas por caminos de ascética y penitencia. Las verdades elevadas vendrán después. Paciencia.

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