Liber Gomorrhianus

18 mayo, 2016 – Espiritualidad digital

Los dos juanes

juan    En los evangelios sinópticos, Juan es el que piensa en Jesús como un rey temporal, y quiere obtener un lugar de privilegio a su lado (Cf. Mt 20, 20–23). Es el que le pide a Jesús permiso para castigar con fuego a la ciudad que no quiere recibirlos (Cf. Lc 9, 54). Y es el que hoy prohíbe a un hombre echar demonios porque no es de los nuestros.

    El Juan del cuarto evangelio, sin embargo, es la serenidad hecha apóstol. Es un alma contemplativa y dulcemente embriagada en el Amor de Cristo. No lo imaginarás encolerizado.

    Las claves de esa transformación son dos: la primera es su castidad. En las almas castas, el ímpetu de la juventud fácilmente se sublima y da lugar a grandes místicos. Con los lujuriosos, es más difícil, porque una losa los ata a tierra.

    La segunda clave es la Pasión. La permanencia del discípulo amado junto a la Cruz le hizo madurar. Llegó al Calvario niño, y de allí salió hombre, y hombre santo.

    En todo caso, la vida de Juan deja claro que el carácter no es obstáculo insalvable para la gracia. El carácter se transforma cuando se deja actuar a Dios.

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