“Evangelio

Mayo 2016 – Espiritualidad digital

Tan larga pausa en tan pequeña coma

150px-Comma    Es una de las primeras bienaventuranzas del evangelio: Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

    Su tesoro, más que en lo que dice, está en lo que no dice; lo guarda en una coma oculta entre dos puertas. Entre has creído y porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá, reposa esa coma que contiene un abismo de tinieblas.

    María cree en el mismo momento de la Anunciación. Allí le promete el Señor que su Hijo será rey, y que su reino no tendrá fin. Pero la promesa no se cumple acto seguido. Hay una coma entre medias, y una coma significa «pausa».

    Han pasado dos mil años, y aún no hemos cruzado la coma (ya parece punto y aparte, que no punto y final). Cristo aún no reina en muchos corazones, y el reino que no tendrá fin no cesa de irse instaurando sin llegar a instaurarse del todo. Un día vendrá sobre nosotros, y nos llenaremos de alegría. Pero, entre tanto, somos parte de una divina pausa. Cuando Dios termine de tomar aliento y vuelva a hablar, sabremos que debemos su Reino a la fe de una Virgen.

(3105)

Ese prestigio tan tuyo

prestigio    En España contamos con una expresión que resume en pocas palabras la parábola de los viñadores homicidas: acabar con el mensajero.

    Envió un criado a los trabajadores. (…) Ellos lo apalearon. (…) Les envió otro criado; a éste lo insultaron y lo descalabraron. Aquellos hombres –y, más tarde, el hijo– no iban en nombre propio. Quienes les golpearon ni siquiera los conocían. No tenían nada personal contra ellos. Pero bastaba que vinieran en nombre del Amo para que fueran objeto de los odios más crueles.

    Examínate, cristiano, sobre tus respetos humanos. Eres joven, eres simpático, tienes «gancho», eres inteligente y, además, quienes te rodean lo saben. Caes bien. Pero no quieres darte a conocer abiertamente como discípulo de Cristo, porque sabes que, si lo hicieras, toda esa imagen que te has forjado quedaría «manchada». Y muchos de quienes hoy te admiran se reirían a escondidas de ti. Otros dejarían de contar contigo. Y otros…

    … Otros, fiados de tu prestigio, se acercarían también a Cristo. Pero no van a hacerlo, porque tú no quieres arriesgarte a perder a los demás. Tu prestigio podría ser arma de apóstol. Pero, por tus respetos humanos (¿cobardía?), se ha convertido en escondite de acomplejado.

(TOP09L)

No seas «gente». Comulga enamorado

comulga    Aunque san Lucas cuenta por miles (eran unos cinco mil hombres), hoy se cuentan por millones las almas que se acercan a recibir el Pan de vida.

    Sin embargo, nada hay en la Iglesia más íntimo, secreto y personal que la comunión. Nos hace a todos uno, pero en cada alma se vive una aventura jamás sucedida.

    Escribo para quienes aman. Hay quien comulga en pecado, y hace con el Cuerpo de Cristo lo que hicieron quienes lo crucificaron. Hay quien comulga como el que come pan, y en su alma no sucede absolutamente nada, salvo la soledad de un Cristo recibido con frialdad. Hay quien comulga como quien deglute en una comida familiar, mirando hacia fuera, mientras el Dueño de la casa pasa inadvertido.

    Se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente… En las manos de los sacerdotes ha puesto Dios el Pan de vida. Pero, cuando ese Pan llega a ti, no seas gente. Sé amante, enamorado, apasionado y loco. Recibe con amor a quien en Amor viene. Convierte cada comunión en un momento irrepetible.

    Y, si puedes, comulga todos los días. ¿No se besan cada día quienes de verdad se aman?

(CXTIC)

Un ejemplo de corrección política

correccion politica    Hay personas que hablan sin pensar. Son lenguas indómitas, incapacitadas para el reposo, que agotan a propios y extraños. Si, después, encuentran tiempo para pensar en lo que han dicho, se mueren de vergüenza. Otros piensa y hablan, sin detenerse a recapacitar si es bueno decir todo lo que uno piensa. ¿No sería mejor pensar todo lo que uno dice? Y, en tercer lugar, están los que se lo piensan. No es lo mismo. Me refiero a personas que, antes de hablar, calculan muy bien el efecto de sus palabras. Fíjate, por ejemplo, en los sumos sacerdotes:

    Si decimos que (el bautismo de Juan) es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres… (Temían a la gente). Tras pensárselo todo muy bien, respondieron: No sabemos. Todo un ejemplo de corrección política.

    En su favor diremos que medían sus palabras, y eso es virtud. Pero contra ellos diremos que el criterio por el que las medían era mezquino: querían estar a bien con todos.

    Imítalos en lo primero: mide siempre tus palabras. Pero cuida que tu criterio sea otro: di solamente aquello que agrade al Dios que te dio los labios.

(TOP08S)

La oración de Ícaro

icaro    ¿Qué quiere decir el Señor cuando asegura: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis? ¿Significa que, por ejemplo, puedo pedirle que me dé alas, y, si, tras un enorme esfuerzo mental, logro convencerme a mí mismo de que me las ha dado, debo tirarme del séptimo piso a la calle con la seguridad de que volaré? Bueno, más bien, eso significaría que me he vuelto completamente idiota. ¡Pobre Ícaro!

    Ascendamos tres renglones: Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: «Quítate de ahí y tírate al mar», no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Claro. Pero la fe no se logra con un esfuerzo mental. La fe la da Dios.

    Como también da Dios el Espíritu. Porque nosotros no sabemos pedir lo que conviene (Rm 8, 26). Somos capaces de pedir piedras en lugar de panes. Pero Dios no nos lo dará, por convencidos que estemos.

    Pero cuando dejamos que el Espíritu ore desde nosotros, recibimos fe para creer que seremos escuchados. Y Dios, entonces, nos concede cuanto pedimos. Y es que ni siquiera nuestra oración debe ser nuestra.

(TOP08V)

¿Quién les dará la buena noticia?

buena noticia    Mucha gente se alejaba del ciego, porque su enfermedad lo hacía pasar entre los hombres por maldito. Otros lo maldecían, y, cuando gritaba, le regañaban para que se callara. Pero, como de todo hay en este mundo, también hubo algunos que se acercaron a él para darle la buena noticia: Ánimo, levántate, que te llama. Y le alegraron el día.

    Pienso en tantísimas personas que viven sin Dios en el mundo. Con lentes progresivas de alta gama y ciegos como piedras, porque todo lo que ven son tinieblas que se mueven. Y me apena contemplar a cristianos que no tienen el más mínimo interés por acercarse a ellos. «No son de los nuestros», parecen pensar. Y pasan su tiempo libre con quienes sí son «de los suyos». Otros, también «cristianos», los desprecian. Los tienen por ateos, adúlteros y descreídos.

    Pero tiene que haber cristianos que se compadezcan. Que se acerquen a esos hombres y mujeres que viven sin Dios, les ofrezcan su amistad y los traten con cariño. Y que, con su alegría, les griten: Ánimo, levántate, que te llama, para alegrarles la vida.

    Para sanar a esos ciegos, Jesús cuenta contigo. ¿Qué haces tan a gusto con «los tuyos»?

(TOP08J)

Motivos para correr

prisa    Un niño que se dirige con su padre a una tienda para recoger un juguete camina deprisa. Lo mismo le sucedió a papá cuando acertó aquella quiniela y se dirigía a recoger el premio. Cuando la dicha espera, todos tenemos prisa por llegar.

    Lo que cuesta más trabajo entender son las prisas cuando se trata de padecer. Iban camino de Jerusalén, y Jesús se les adelantaba; los discípulos se extrañaban, y los que seguían iban asustados. ¡Como para no asustarse! Sabían lo que les esperaba allí. Lo lógico hubiera sido correr en sentido contrario. ¿Por qué tanta prisa? ¿Acaso aquel hombre tenía tantos deseos de morir?

    No. No los tenía. Y, en Getsemaní, se entregaría después de haber sudado sangre. Sus deseos no eran de morir, sino de dar la vida, de amar, de redimir, de rescatar…

    También una madre corre al hospital si sabe que su pequeño está herido. Tiene prisa por amar, por acompañar, por consolar. Ya no le importa su vida.

    Si de verdad amas, entenderás las prisas de Jesús, y tú mismo te apresurarás a entregarlo todo. En cuanto al susto, ése no te lo va a quitar nadie. Tendrás que cargar con él mientras corres.

(TOP08X)

Simón Pedro y el joven rico

simón pedro    ¿Qué distinguía a Simón Pedro del joven rico?

    Diréis que Simón dio ese paso que no quiso dar el joven; que él vendió cuanto tenía y siguió a Jesús. Eso mismo hubiera dicho él: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

    Pero, aparte de que los bienes que Simón hubiera vendido eran nada en comparación con lo que aquel joven hubiera tenido que vender, tampoco era verdad que Simón lo hubiera dejado todo. Era tan verdad como que el joven rico había cumplido todos los mandamientos; si tan sólo hubiera cumplido el primero y hubiese amado a Dios con todo el corazón, habría seguido a Jesús sin pensarlo.

    En cuanto a Simón, meses más tarde, junto al Sanedrín, en una noche terrible, se daría cuenta de su mentira. Ni había dejado su honra, ni estaba dispuesto a dejar su vida. No lo había dejado todo.

    Entonces, ¿qué distinguía a Simón Pedro del joven rico?

    Probablemente, lo más importante. Porque la gracia de Dios es para todos, pero lo que marca la diferencia entre el santo y el mediocre es lo que distinguía a Simón Pedro del joven rico: Simón Pedro quería. El joven rico no.

(TOP08M)

Joven, ambicioso, y, sin embargo, cicatero

joven    San Marcos lo llama uno: Se le acercó uno corriendo… Por san Mateo sabemos que era joven. Y corría. Y se arrodillaba: Se arrodilló y le preguntó. También preguntaba. Y es algo singular en un joven: muchos de ellos creen tener todas las respuestas.

    ¿Qué haré para heredar la vida eterna? Era ambicioso. Quería vivir eternamente.

    Todo eso lo he cumplido desde pequeño. Cumplía todos los mandamientos. Y presumía de ello. ¿Los cumplía de verdad? Al menos, así lo pensaba él…

    Jesús lo trató como se debe tratar a los corazones jóvenes y ambiciosos: le pidió más, y abrió ante sus ojos horizontes de Amor eterno. Vende lo que tienes… y, luego, sígueme.

    Él frunció el ceño y se marchó pesaroso. ¿Por qué se rompe así una escena tan esperanzadora? Lo entenderemos si echamos mano del dato que nos falta en la descripción del joven: porque era muy rico. Jesús puntualizará el significado de esta palabra: ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!

    Nos engañó a todos. No quería ser santo. Simplemente, lo tenía todo aquí, y quería también tenerlo todo allí. Algunos conozco que lo siguen intentando.

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La tarjeta de visita de Dios y el beso a sus pequeños

tarjeta de visita    Del Padre al Hijo, y del Hijo a mi alma… De mi alma al Hijo, y del Hijo al Padre… Así fluye el Espíritu, persona divina que une en Amor a dos personas divinas y a un pobre pecador que no ha hecho más méritos que el de ser inexplicablemente amado.

    Tomará de lo mío y os lo anunciará. Lo dice el Hijo, y lo dice para ti y para mí. La Santísima Trinidad no es un misterio de pizarra, ni una ecuación de enésimo grado para ser resuelta por cabezudos con cerebro pitagórico. La Santísima Trinidad, para ti y para mí, es nuestra familia, nuestro hogar y nuestro Amor.

    «Tres personas divinas y un solo Dios verdadero». Es verdad. Pero ésa es la tarjeta de visita que presenta Dios a los extraños. Para los hijos, la formulación es otra: Papá, Jesús, Amor… Ya está.

    Acostúmbrate a tratarlos. Habla con tu Padre Dios como un niño chiquito. Mira a Jesús, y habla con Él como la oveja más pequeña de Buen Pastor. Con el Espíritu no hace falta que hables. Es Él quien habla cuando dices «Papá» y cuando dices «Señor». Al Espíritu, simplemente, escúchalo en lo profundo del alma.

(SSTRC)