Liber Gomorrhianus

3 Abril, 2016 – Espiritualidad digital

Una incredulidad muy bien aprovechada

incredulidad   La incredulidad de Tomás (si no veo… si no meto la mano… no lo creo) ha sido una bendición para nosotros. Gracias a ella, sabemos que la resurrección de Cristo no fue la invención de unos fanáticos empeñados en creer a pesar de la evidencia. Más bien, fue una evidencia que se impuso sobre el escepticismo de unos agnósticos. Gracias también a esa providencial incredulidad, hemos recibido una de las profesiones más preciosas y conmovedoras jamás salidas de labios humanos: ¡Señor mío y Dios mío!

   Pero, sobre todo, la incredulidad de Tomás hizo brotar, de labios de Cristo, una bienaventuranza destinada a quienes, por haber llegado después que él, no hemos podido ver lo que él vio: Dichosos los que crean sin haber visto.

   Quien cree sin haber visto llora, porque los ojos buscan en la noche a quien permanece oculto. Y, en medio de esa noche, encuentra la fe a quien los ojos buscaban, y se alegra el alma con una dicha que es anticipo del gozo celeste. Entonces, uno podría alegrarse de no ver y hasta de llorar, porque saborea la esperanza del día en que verá, y en que sus lágrimas serán enjugadas por el propio Señor.

(TPC02)