Evangelio 2018

1 abril, 2016 – Espiritualidad digital

Quien estuvo en la barca ya está en la orilla

orilla   Durante la vida de Cristo, el lago de Tiberíades había sido una pizarra al servicio del Maestro. Sobre esas aguas había dibujado sin palabras, con sus gestos, las enseñanzas más elocuentes. Sus dos orillas significaron el nacimiento y la eternidad. La barca representaba la frágil existencia del hombre, alumbrada en la orilla del nacimiento y en camino hacia la orilla de lo eterno. Las aguas simbolizaban la muerte. Allí calmó Jesús las tormentas, enseñó a Simón a caminar sobre las olas, y mostró cómo la obediencia al echar las redes era garantía de fecundidad.

   Ya resucitado, vuelve allí. Mientras los apóstoles surcan las aguas, Él se muestra en la orilla de la eternidad. Y cuando Juan lo reconoce (¡Es el Señor!), Pedro, anunciando su martirio, se lanza al agua en busca del Maestro.

   Vamos, almorzad. Es el Banquete eterno. Las aguas de muerte quedaron atrás, y Cristo sonríe. Ya no se escapa, ya no se resbala su presencia entre los dedos, como a María Magdalena. Ahora está sentado y nos invita a comer.

   Un día, alcanzaremos esa orilla, y nos sentaremos a la mesa en ese Banquete. Entre tanto, que la fe lo reconozca en el altar: ¡Es el Señor!

(TP01V)