Liber Gomorrhianus

6 marzo, 2016 – Espiritualidad digital

Deberías estar vivo…

vivo   Sorprende, en la parábola del hijo pródigo, la figura del hijo mayor. Ese reproche discreto y terrible de su padre –deberías alegrarte– es tan demoledor como la tira de papel que muestra un electrocardiograma plano. Antes de pronunciar las palabras este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, ya le ha anunciado a su primogénito: «tú, en cambio, deberías estar vivo y estás muerto».

   Deberías estar vivo, porque nunca has abandonado la Iglesia; rezas, comulgas con frecuencia, confiesas con regularidad y desde hace años no has cometido pecado mortal. En apariencia, eres casto, y honrado con tu dinero. Das limosna, ayunas, mortificas la carne, haces penitencia… Deberías estar vivo.

   Pero no tienes caridad. Juzgas a tu hermano sin compasión, te refieres a él como ese hijo tuyo, culpando a los genes paternos de su pecado, evitando pronunciar su nombre y olvidando que eres su hermano y sus genes son los tuyos. Por si fuera poco, confiesas ahora que estás resentido con tu padre a causa de un miserable cabrito…

   Decididamente, cuando no hay caridad, la oración no nos hace mejores, sino peores. Es como convertir un cadáver en marioneta y pretender que los demás crean que está vivo. Pero apesta.

(TCC04)