“Evangelio

Marzo 2016 – Espiritualidad digital

Carne y huesos de un cuerpo glorioso

carne y huesos   Citábamos, hace pocos días, las palabras de san Pablo: La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios (1Co 15, 50). Pero esa afirmación no significa que no haya esperanza para nuestros pobres cuerpos. Significa que los vivos heredan el patrimonio de los muertos, y la carne no recibirá la gloria de Cristo hasta que no haya participado de su muerte.

   Un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. La carne y los huesos de Cristo glorioso son la mejor noticia para nuestra carne y nuestros huesos. También ellos, una vez resulten purificados, participarán de su gloria.

   Creían ver un fantasma. El cuerpo glorioso de Jesús no es reconocido a primera vista. Siendo el mismo, ha experimentado una transformación; ha pasado del tiempo a la eternidad cruzando la muerte. A veces he imaginado que Cristo se mostraba mayor, anciano… ¿Por qué no? Después de todo, había cruzado la Historia entera.

   Hasta que nuestra carne y nuestros huesos puedan abrazar los suyos, que la fe reconozca ese cuerpo en la Eucaristía, donde se halla verdaderamente. Y que no teman los sentidos adentrarse en una noche que –hoy lo sabemos– conduce a la luz eterna.

(TP01J)

Arde el corazón

Escrituras   Si las manos de María Magdalena no pudieron retener los pies de Jesús resucitado, los ojos de los discípulos apenas lograron atisbar su rostro durante un instante: Se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él despareció.

   Volvemos a tener constancia de que el encuentro con Cristo resucitado, aquí en la Tierra, no se producirá en el terreno de los sentidos. La carne y la sangre no pueden heredar el reino de los cielos (1Co 15, 50). Al menos, no antes de que pasen a través de la muerte.

   Tomó el pan, lo partió y se lo dio… ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

   Tanto en la Eucaristía como en la escucha de la Palabra, los sentidos son el camino por el que Cristo pasa al fondo del alma, dejando después la vereda sembrada de muerte. Ni la Eucaristía es dulce al paladar, ni las Escrituras son Hamlet. Pero, cuando, a través de ellas, Cristo llega al alma, despliega un torrente de luz tan resplandeciente y dulce que uno podría morir de gozo. Es tal la certeza que adquieres de que Cristo vive, que todo lo demás ya parece muerte.

(TP01X)

El abrazo imposible

abrazo   San Juan no dice expresamente que María Magdalena tratase de abrazar a Jesús. Pero la expresión suéltame, en los labios del Señor, da a entender que así fue. Los pintores de todos los tiempos han mostrado a la discípula procurando asir los pies del Maestro.

   La Vulgata traducía «Noli me tangere» (no me toques). La Neovulgata traduce «Noli me tenere» (no me retengas, suéltame). Ambas versiones son igualmente duras con la pobre condición humana. Cualquiera que ame realmente a Jesús, si lo viese como María lo vio, trataría de abrazarlo y no soltarlo jamás.

   Todavía no he subido al Padre no significa que el abrazo de María pudiese impedir la ascensión de Jesús. Quiere decir, más bien, «aún no es el momento; aún no nos hemos encontrado en el Cielo». Aquí, en la Tierra, nuestro pobre cuerpo todavía tiene que pagar sus sábados y cruzar el umbral de la Cruz. Sólo cuando haya sido purificado podrá abrazar a su Señor.

   Entre tanto, el encuentro debe producirse en el alma en gracia. Allí Cristo se deja abrazar, y allí mora si no lo expulsamos. Allí Cristo no dice suéltame, sino entraré y cenaré con él, y él conmigo (Ap 3, 20).

(TP01M)

Claridades y confusiones

versión   Avanza el día, y las noticias corren como la pólvora. Pero cuando el hecho es nada menos que la ruptura de la Historia, abierta gozosamente a la eternidad, y la voladura de la misma muerte, la conmoción mata la claridad. Como cuando, de repente, detona una bomba y el aire se llena de humo, todos salen corriendo y cada uno explica las cosas a su manera. En este caso, no se trata de humo, sino de un estallido de luz. Uno corren extasiados, y otros huyen tapándose los ojos.

   Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo. Es la versión de quienes temen a la luz. Por eso es nocturna. Esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy. ¿Sólo entre los judíos? Como me apuren, incluso algunos que se llaman cristianos viven sin esperanza.

   Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. Es la versión de quienes ven; de quienes abren los ojos; de quienes no temen a la luz. La tuya y la mía. ¡Corramos a anunciarlo! Urge despertar a los espíritus dormidos en las sombras. ¡Ya es de día! Y este día no tendrá fin. ¡Cristo vive!

(TP01L)

Titulares equívocos y personas sin fe

noticia   Para nuestra vergüenza, el día más alegre de la Historia comenzó con una mala noticia: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Venía esta crónica apresurada a sumar tristeza sobre tristeza: a la muerte de Cristo se añadía el robo de su cadáver.

   No era, desde luego, falta de información. Las fuentes habían sido las más fiables: dos ángeles habían anunciado que Cristo estaba vivo, y que no debían buscarlo entre los muertos. Más bien, se trató de falta de fe: no creyeron a los ángeles. Prefirieron creer a sus miedos.

   Fue Juan, el apóstol que no se dejó vencer por el miedo ante la Cruz, quien recibió en primer lugar la gran noticia: Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Le bastó ver el sepulcro vacío y la cama recién hecha para creer que Jesús había salido de allí por su pie.

   Pues hasta entonces no habían entendido… Hace falta un golpe de luz para que se abran los ojos. ¿Has entendido tú? ¿O aún te pueden tus miedos? ¡Cristo está vivo! ¡La muerte está vencida! ¡El Cielo está abierto para ti!

   ¡Feliz Pascua!

(TPC01)

¡Benditos velos!

velos   Según una antigua tradición, que estuvo muy arraigada en España, durante la Semana de Pasión (la 5ª semana de Cuaresma) las imágenes de las iglesias se cubren con un velo morado. La liturgia permite mantener esta práctica, y yo procuro hacerlo en mi parroquia, porque al entrar en el templo y tropezar con los velos, quedan los ojos envueltos en la noche. Nada ven los sentidos, sino tristeza. Es la hora de la fe.

   Sólo la fe puede atravesar estas tinieblas. Sólo ella puede acompañar al Señor con el Madero por las calles del Vía Crucis. Sólo ella puede permanecer sobre el Gólgota.

   Finalmente, durante los Oficios, cae el velo… Canta el sacerdote la antífona Mirad… Y vemos la carne muerta del Hijo de Dios. Besamos el Crucifijo entre lágrimas, y sabemos que es otro velo el que besamos; un velo de muerte que oculta la Vida.

   … Y al instante manó sangre y agua. Se ha abierto la fuente, y mana la eternidad sobre la Tierra. Beberemos hasta saciarnos. Pero, para alcanzar esa fuente, es preciso haber alcanzado antes el corazón de la noche. ¡Benditos velos! Que nadie nos distraiga en estas horas. Es el tiempo de la fe.

(VSTO)

Días como siglos

siglos   A partir de esta tarde, entraremos en los días más sobrecogedores y decisivos del año. Entre este jueves y el próximo domingo no transcurrirán tres días, sino una eternidad; un abismo insondable que sólo abrazados a la Cruz podremos atravesar. Durante el Triduo Pascual, el tiempo parece ralentizarse, y se vuelven siglos los segundos. Aunque, claro, todo depende. Esquiando, o en la playa, el tiempo pasa volando.

   Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.

   En casi todas las parroquias los confesonarios están abiertos durante toda la mañana del Jueves Santo. Y es que no puede subir al altar de la Cruz quien no esté limpio, salvo que lo haga como verdugo. Esta tarde participaremos de la Misa en la Cena del Señor, y debemos comulgar en gracia. En esa comunión, su Cuerpo abrazará fuertemente el nuestro. Y así, hechos uno, subiremos con Él al Calvario. Una sola carne hasta el tálamo nupcial de la Cruz, cuando la noche nos envuelva entre sus sombras. Llegará entonces el amanecer, y, abrazados a Él, despertaremos a un nuevo día. Pero aún faltan abismos para eso. Partimos…

(JSTO)

Bendito miedo

miedo   Ante el anuncio de Jesús: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar, los apóstoles se pusieron a preguntarle uno tras otro: – «¿Soy yo acaso, Señor?».

   No sé por qué lo harían; quizá, si las preguntas se formularon en voz alta, fue para quedar limpios ante los demás. Pero, en ese caso, Judas tendría que haber bajado la voz, y el Señor habría tenido el detalle de responder también en voz baja.

   Prefiero pensar que ninguno se fiaba de sí mismo. Cada uno de los once que permanecían fieles se sentía capaz de entregar a su Maestro. Conocían su debilidad, la huella que el pecado había dejado en sus almas, y temían… Yo también. He aprendido a no fiarme de mí mismo, y temo, más que nada en este mundo, que un día pudiera dejar la oración. Sé que ese día sería la víspera de mis traiciones. Por eso, cuando no encuentro fervor para rezar, rezo por miedo. No quisiera separarme de Jesús ni traicionarlo jamás.

   Sé que, poco después, Pedro se dejó llevar del entusiasmo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré (Mt 26, 33). Ése fue el inicio de sus caídas. Bendito miedo.

(XSTO)

¡Comulga bien!

comunión   Aunque la rezo todos los días, no puedo evitar sobrecogerme por dentro cada vez que mis labios, antes de comulgar, pronuncian esta oración: «la comunión de tu cuerpo y de tu sangre no sea para mí motivo de juicio y de condenación» (Del Misal Romano). El mero hecho de pensar que lo más sagrado y maravilloso de mi vida, la comunión eucarística, pudiera empujarme al Infierno me hace estremecer.

   Sin embargo, esa posibilidad, por terrible que parezca, existe. San Pablo dice que quien comulga el cuerpo del Señor y bebe su sangre indignamente come y bebe su propia condenación (Cf. 1Co 11, 27.29).

   Tras el bocado, entró en él Satanás. Cuando se está interiormente separado del Señor por el pecado mortal, la comida que se recibe de su mano se vuelve purga en el alma. Las entrañas, entonces, se revuelven, y lo que debería unirnos a Dios nos separa de Él. De algún modo, toda la Pasión no fue sino una enorme comunión sacrílega: el hombre partió y consumió cruelmente el Pan de Vida eterna.

   Comulga bien, por Amor de Dios. Mantén tu alma en gracia por el sacramento del Perdón. Recibe a quien amas, y ama a quien recibes.

(MSTO)

Apenas diez minutos

diez minutos   Los evangelios están repletos de contradicciones luminosas. La frase de Jesús: A mí no siempre me tenéis, parece desmentir la que diría poco después, ya resucitado y a punto de ascender a los cielos: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

   La aparente contradicción se resuelve cuando entendemos que Jesús se refiere a formas diferentes de presencia: se encuentra con nosotros hasta el fin de los tiempos, y mora realmente en nuestras almas por su Espíritu. Pero su cuerpo, ese cuerpo que María Magdalena ungía con devoción; el mismo cuerpo que ella querrá perfumar y embalsamar, creyéndolo muerto, pocos días después; ese cuerpo, ya resucitado, que intentará atrapar asiéndolo de los pies en el huerto de José de Arimatea; ese cuerpo que le dijo: Suéltame (Jn 20, 17)… Ese cuerpo, es verdad, no siempre lo tenemos. María Magdalena es la maestra de todas las almas eucarísticas.

   Lo abrazamos y besamos en cada comunión, y sólo palpamos sus accidentes. Intentamos retenerlo en nuestros cuerpos, y, en apenas diez minutos, esos mismos accidentes se han disuelto y su divino cuerpo ya no está.

   A mí no siempre me tenéis. ¡Ojalá aprovechásemos esos diez minutos!

(LSTO)