Liber Gomorrhianus

Febrero 2016 – Espiritualidad digital

Cuando los tuyos quieren matarte

urgencias   ¡Qué escena tan desconcertante, la que nos muestra a los familiares y vecinos de Jesús queriendo asesinarlo! Se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco, con intención de despeñarlo.

   Luego lo pienso, y deja de desconcertarme. ¿No me sucede a mí –¡Y a ti!– lo mismo con mis íntimos: mis pasiones, mis afectos, mi imaginación, mis pensamientos…? En ocasiones, parecen conjurarse, furiosos, contra mi alma, y la sacan de su Pueblo, del santuario interior donde mora con Dios, para despeñarla: el cuerpo quiere comer, el corazón llora por un fracaso, la imaginación se dispara y grita mil recuerdos y fantasías, el pensamiento discurre entre problemas y urgencias… Todos ellos tiran del alma y la sacan de Dios para despeñarla en un vértigo de muerte. Porque ni la comida, ni los consuelos, ni los problemas ni las urgencias me darán vida eterna. Pero si, por ellos, me alejo de Dios, moriré.

   Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba. No lucharé contra ellos, porque también esa lucha me precipitaría en el abismo. Me abriré paso, los dejaré atrás, y me recogeré en Dios. La urgencias que no pueda atender desde Él no merecen ser atendidas.

(TC03L)

¡Dios nos pille confesados!

confesados   Presenciamos hoy un diálogo entre la justicia y la misericordia divinas. No es un diálogo entre dos personas, el Padre y el Hijo, sino entre dos atributos de Dios que están presentes en el Padre y en el Hijo.

   Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. Habla la justicia. Si, después de plantarnos en la tierra santa de la Iglesia y regarnos con la sangre de su Hijo, nuestra insistencia en el pecado ha impedido que demos fruto, merecemos la muerte eterna. ¿Quién podrá recurrir esa sentencia?

   Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Habla la misericordia divina desde la Cruz, y su eco resuena en todos los confesonarios: Dios nos ha concedido un tiempo de misericordia. Los brazos de Cristo están abiertos para que todo pecador arrepentido pueda obtener la salvación. ¿Aprovecharemos esta oportunidad?

   Si no, la cortas. Si no la aprovechamos, el tiempo de misericordia concluirá para dar paso al día de la justicia, cuando nos llame el Señor a su presencia. «¡Dios nos pille, entonces, confesados!» Pero, recuerda: el tiempo de confesar es hoy. ¿A qué esperas?

(TCC03)

Parábola del hijo pródigo: final alternativo

hijo pródigo   Dice una canción que «cuando caes sientes como si volases, hasta que te golpeas con el suelo» («Parachute», Chris Stapleton, 2015). Eso debió sucederle a aquel joven que malgastó la fortuna de su padre. Se sintió volar durante… ¿días? ¿meses? Pero, al final, el vértigo del vuelo dio paso al terrible dolor de la caída. Y se vio mendigo de puercos: Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos.

   Decidió volver a casa, y esa decisión salvó su vida. Pero supón que le hubiese vencido el orgullo y hubiese preferido no volver. Míralo muerto entre bestias. Escucha el llanto de su padre, roto de dolor al conocer la noticia… ¿Te atreverás a juzgarlo, como si hubiese condenado a su hijo a la muerte?

   Yo no sé cuántas almas hay en el Infierno. Pero sé que esas almas, las personas que deciden no confesarse y mueren en pecado mortal, le han roto el corazón a Dios. Y no culparé de su castigo a un Dios justiciero y malvado. Lloraré por Dios como lloro por ellas. Porque la única culpa de su condena es la tozudez del hombre que no quiso acogerse a la misericordia de su Padre.

(TC02S)

Cómo tratar con los pecados ajenos

pecados   Cuando el profeta Natán ejemplificó ante David, en forma de parábola, el delito que el rey había cometido contra Urías, David se enfureció y pidió la muerte del culpable, sin saber que el culpable era él. Natán le dijo: Ese hombre eres tú (2S 12,12), y David enrojeció de vergüenza. No obstante, no murió.

   Cuando Jesús ejemplifica ante los sumos sacerdotes y ancianos la crueldad con que éstos le llevarán a la muerte, aquellos hombres se enfurecen ante la parábola: Hará morir de mala muerte a esos malvados. No se daban cuenta de que esos malvados eran ellos. Cuando, al recapacitar, comprendieron que hablaba de ellos, su severidad cambió de signo y se volvió contra el Señor: Buscaban echarle mano. David, al menos, fue más honrado e hizo penitencia.

   ¡Qué «justos» somos ante los pecados ajenos! Pero si esa justicia la aplicase Dios con los nuestros, nos rebelaríamos contra Él igual que hicieron los demonios.

   Recuérdalo cada vez que adviertas un pecado en tu hermano. Y piensa bien, antes de juzgar, si no es tu hermano la parábola con que Dios denuncia tus traiciones. No te apresures a juzgar, no vaya a ser que tu juicio se vuelva contra ti.

(TC02V)

Necesitamos esa sangre

seno de Abrahán   Siempre me ha llamado la atención, en la parábola del pobre Lázaro y el hombre rico (lo de «Epulón» es nombre prestado), una tristeza llena de esperanza. Aún cuando el rico es condenado y el pobre es considerado digno de consuelo, ninguno de los dos se salva.

   Se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de tormentos… No olvidemos que el seno de Abrahán no era el Paraíso. Era un infierno sin tormentos, un estado en que el alma del justo esperaba la llegada del Mesías para ser redimido. Cuando Él llegase, las puertas del Cielo se abrirían, y Abrahán y los suyos podrían finalmente recibir su recompensa. Por eso fue preciso que el Señor descendiera a los infiernos el Sábado Santo. Leed la «Homilía del grande y santo sábado», escrita en el s. II, que se encuentra en el Oficio de Lecturas del Sábado Santo.

   Cristo entregará su vida para limpiar nuestras culpas, pero también para dar a nuestras buenas obras valor de Cielo. Sin esa sangre preciosa derramada en la Cruz, nada vale la pena. Necesitamos esa sangre.

(TC02J)

La gracia está en el fondo de la pena

golgota   Si hace tres días mostraba Jesús a los apóstoles su gloria en el Tabor, hoy dibuja para ellos el primer crucifijo, y les anuncia: El Hijo del hombre va a ser entregado, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen. Si en el Tabor lo honraban como a Dios Moisés y Elías, en el Gólgota se burlarán de él gentiles y fariseos. Si en el Tabor su rostro resplandecía como el sol, ese mismo rostro, en el Calvario, se mostrará lienzo de sangre y salivazos, retablo de todos los ultrajes.

   Y, con todo… La misma gloria que brillaba en el Tabor brillará en el Gólgota. No serán rayos de luz y blancura de nieve, sino tinieblas y púrpura de sangre. Pero todo el Amor del Padre se derramará allí sobre los hombres.

   Sí, ya sé… No se vislumbra a primera vista. Es lo que sucede con las tinieblas. Los ojos necesitan tiempo para adaptarse, es preciso que se dilaten las pupilas. Por eso, durante estos día previos a la Pascua, contemplamos absortos el Crucifijo sin retirar de él la mirada. La Cuaresma es tiempo de fe.

(TC02X)

Alturas, bajuras y escaleras

alturas   El vértigo, o miedo a las alturas, es enfermedad poco común en los espíritus. Más bien, la enfermedad es la contraria: el miedo a las «bajuras». Todos queremos reivindicar nuestra altura, e incluso alzarnos sobre tacones para parecer más altos. Si se habla de un asunto que conocemos, aunque sea ligeramente, nos apresuramos a opinar para que todos sepan que somos expertos en la materia. Hace poco se presentó a mí un hombre. Me relató, en tres minutos, todos los logros profesionales de su vida, y culminó con el más digno de los corolarios: «¡Búsqueme, búsqueme en Internet y verá!». Resulta que, ahora, el más alto pedestal de vanidades es la Wikipedia. ¡Estamos perdidos!

   El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Por eso me gusta el sacramento del Perdón. Porque allí el hombre se postra, y, como carta de presentación, muestra sus «bajuras». Y se abaja Dios, y lo recoge y lo ensalza por encima de wikipedias y vanidades para llevarlo a la altura de los hijos.

   ¡Qué duro debe ser un costalazo desde lo alto de la Wikipedia, y qué delicia ser levantado en los brazos misericordiosos con que Dios ensalza al pecador!

(TC02M)

Es Pedro

llaves   Las llaves de casa no se entregan alegremente. Cuando se las das a alguien, le estás otorgando el poder sobre tus cosas, la facultad de entrar y salir, y el privilegio de no tener que llamar al timbre. Por eso, lo normal es reservar ese privilegio a los miembros de la familia.

   Te daré las llaves del reino de los cielos. Es mucho poder para un pecador. Sobre todo, teniendo en cuenta que Jesús no le dio a Pedro las llaves del cielo para su uso exclusivo, sino para que, como cabeza visible de una inmensa prole, abriera y cerrara las puertas de la casa de Dios a todos los miembros de la Iglesia.

   Hay quien dice: «Dios se ha fiado de los hombres». Yo creo que no; Él sabe que ninguno de nosotros somos de fiar. Creo que Dios ha amado a los hombres, y les ha dado, en Pedro, las llaves de su casa, porque se fía de su propio Amor. Por eso, cuando miramos al Papa, no deberíamos fijarnos tanto en sus cualidades humanas como en lo que le ha hecho merecedor del papado: es el hombre amado por Cristo y elegido por Él. Es, simplemente, Pedro.

(2202)

No hay amargura en el Tabor

transfiguración   Cuando estás gozando de un momento dulce, ¿te gusta que te hablen de las penalidades que te reserva la vida? Como si, en tu fiesta de cumpleaños, alguien te recordase que te van a embargar el piso por no pagar la hipoteca.

   Eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. En plena transfiguración, cuando el rostro de Cristo resplandece como el sol y sus vestidos brillan como nieve, cuando Simón dice ¡Qué bien se está aquí!, vienen Moisés y Elías y le recuerdan que va a morir sobre una cruz. ¿Acaso querían amargarle al Señor la transfiguración?

   Sabes que no. Y sabes que, en ese anuncio, reside la grandeza del la transfiguración: bajo la luz que todo lo bañaba, no había malas noticias. Y la misma cruz resplandecía de Amor. Estaban anunciando, no a Jesús, sino a los apóstoles, la inmensa gloria del Calvario, para que el manto de tinieblas que allí se extendería no se lo hiciera olvidar. No olvides tú tampoco, cuando llegue el dolor, que hay mucho Amor de Dios en la Cruz. Así no habrá más mala noticia que el pecado. Dios te libre de cometerlo.

(TCC02)

Esperando respuesta

respuesta   Cuando amas al amigo y aborreces al enemigo, está claro que tu amor espera respuesta, como una de esas carta que finalizan con un «ya me dirás»… Claro, si no te dicen, o si te dicen lo que no deseas oír, no escribes más. ¡Para qué disgustarte más de lo necesario!

   Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Ni el sol ni la lluvia terminan con un «ya me dirás». Y es que Dios no necesita que le digamos, porque Él mismo, en la persona del Hijo, responde al Amor del Padre con ese mismo Amor. Por eso se permite el lujo de regalar sus dones sin esperar respuesta.

   En cuanto a nosotros… ¡Estamos tan necesitados! Por eso esperamos siempre respuesta. Nuestro error consiste en esperarla de los hombres. Hipotecamos nuestro amor.

   Si la respuesta la esperásemos sólo de Dios, amaríamos a todos, amigos y enemigos. En lugar de terminar la carta con un «ya me dirás», lo haríamos con un «no te preocupes; Dios ya me dice».

(TC01S)